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  2. La mujer sin nombre
  3. ¿Cómo se llegó a la identificación? (Tema actual)
Próximos capítulos:
  1. Y la mujer de Lc 7, 36ss ¿era una prostituta?
  2. María Magdalena en el santoral y en la liturgia
  3. María Magdalena, ¿la "canónica" versus la "gnóstica"?
      
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La primera de las siete "espirituales"
obras de misericordia

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ENSEÑAR A LEONARDO BOFF...

Y todos serán enseñados por Dios
Jn 6, 45

             
Se deja tocar y ungir los pies
por una conocida prostituta, Magdalena.

(Lc 7,36-50).
Las mujeres en la vida de Jesús
y su compañera Miriam de Magdala

Su artículo semanal del 02.03.2018
Si lo queréis leer...

¿Cómo se llegó a la identifricación?

Hemos de agradecer al evangelista Lucas que, a regañadientes, nos haya conservado esta noticia (Lc 8, 1-3) sobre las mujeres que "seguían a Jesús desde Galilea". Y digo "a regañadientes" porque se siente obligado a relacionarlas con "los espíritus malignos" (avpo. pneuma,twn ponhrw/n) y, en el caso concreto de María Magdalena con "los siete demonios" (daimo,nia e`pta.).

Los siete demonios
Un texto de Susan Haskins

Es cierto que en el evangelio de Lucas se mantienen bien diferenciadas las tres mujeres: la pecadora de Lc 7, 37; María, la hermana de Marta, de Lc 10, 39, y María Magdalena de Lc 8,2 i 24,10. Pero, con "los siete demonios", abría unos caminos que conducirían a la basílica de San Clemente de Roma, donde el viernes posterior a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), muy posiblemente del año 591, el Papa Gregorio el Magno, en su homilía XXXIII sobre el evangelio de Lucas, identificaba, en una misma mujer, la pecadora de Lucas, la María de Betania de Jn 12, 3 y a la María Magdalena de Lc 8, 2. Y en su sermón [XXV] del jueves de la semana de Pascua, sobre Jn 20, 11-18 (aparición de Jesús a María Magdalena), pronunciado en la basílica de San Juan de Letrán, volvía a identificarla con la que "había sido una pecadora pública".

El sermón XXXIII del papa Gregorio:
Pensamos que aquella a la cual Lucas denomina "la pecadora" (Lc 7, 36) [la de la comida en casa de un fariseo] y que Juan llama "Mariaí (Jn 12, 3) [la de la cena en Betania] designa a aquella María [Magdalena] de quien, según Marcos, fueron expulsados siete demonios (Mc 16, 9; Lc 8, 2). Y qué significaban estos "siete dimonios" sino todos los vicios? [...] Convirtió todos sus crímenes en virtudes a fin de servir a Dios completamente, por medio de la penitencia de la misma medida en que había despreciado a Dios.
En el sermón XXV:
María Magdalena, que había sido en la ciudad una pecadora, amando la verdad lavó con lágrimas las manchas del pecado. Y la voz de la Verdad se cumple al decir: "Le son perdonados muchos pecados porque ha amado mucho"... La que antes permanecía frígida pecando, después ardía fuertemente amando. La que del sepulcro del Señor, habiéndose alejado los discípulos, no se alejaba. Buscaba a quien no encontraba; lloraba buscando y encendida por el fuego de su amor ardía por el deseo de aquel que creía robaddo. Y así sucedió que a él solamente lo vio quien había permanecido buscándolo, porque ciertamente la virtud es la perseverancia en la buena obra.

Maria Magdalene, quae fuerat in civitate peccatrix, amando veritatem, lavit lacrimis maculas criminis; et vox Veritatis impletur, qua dicitur: Dimissa sunt ei peccata multa, quia dilexit multum. Quae enim prius frigida peccando remanserat, postmodum amando fortiter ardebat. Quae a monumento Domini, etiam discipulis recedentibus, non recedebat. Exquirebat quem non invenerat; flebat inquirendo, et amoris sui igne succensa, eius, quem ablatum credidit, ardebat desiderio. Unde contigit, ut eum sola tunc videret, quae remanserat ut quaereret; quia nimirum virtus boni operis perseverantia est.

Gregorio Magno, según Susan Haskins
María Magdalena. Mito y metáfora (Extractos)

Gregorio (ca. 540-604), bajo cuyo pontificado Inglaterra se convirtió al cristianismo y dio su nombre a la música compuesta para la liturgia, fue un hombre profundamente devoto y un predicador muy popular cuyas palabras, según los historiadores, hechizaban a las masas, y cuyos temas favoritos, entre otros, eran el advenimiento del juicio final y el arrepentimiento. Ofreció, como ejemplo de la conversión, una figura de María Magdalena al pueblo romano acosado por el hambre, las plagas y la guerra, a fin de que cada individuo reflexionara sobre sus propios pecados y buscara su salvación.

Los sermones de Gregorio sobre María Magdalena establecieron su fama al ser asimilados por las liturgias de la Semana Santa y la Resurrección. Su homiliario fue muy popular durante los siglos VIII y IX, más utilizado incluso que el de san Agustín, y su formulación de la Magdalena híbrida vino a formar parte de la literatura homilética para convertirse en repertorio durante el medievo.

Así, la transfiguración de María Magdalena había tocado a su fin. De "apóstol de los apóstoles" pasó a convertirse en la ramera arrepentida y en el modelo de arrepentimiento del cristianismo, una figura maleable y controlable, y un arma eficaz como instrumento de propaganda contra su propio sexo. Es evidente que la identificación de Gregorio de las tres figuras era "exegéticamente insostenible", por lo cual este proceso sólo puede explicarse como resultado de una interpretación deliberada destinada a favorecer los propósitos de una iglesia ascética. Como modelo de arrepentimiento y de conversión, María Magdalena queda absorbida por las antiguas imágenes bíblicas del pecado, adoptando así el símbolo de las prostitutas del Antiguo Testamento, tales como Gómer, la esposa infiel del profeta Oseas que pronosticó la infidelidad de Israel hacia Dios.

En términos de la Nueva Alianza, representaba el mundo pagano y gentil convertido a la fe cristiana, y en calidad de paradigma moral, representaba el alma que arrepentida volvía a Dios. Pero, mientras que la imagen de la prostitución bíblica es una alegoría de la infidelidad del pueblo hacia Yahvé, el pecado de María Magdalena -la fornicación- adquiere un matiz más literal y, por ende, mayor importancia: por su papel como segunda Eva y símbolo del arrepentimiento representa, junto con la Virgen María, el rechazo de lo que la iglesia más temía y aborrecía encarnado en el cuerpo de una mujer: su sexualidad.

¿Y antes de Gregorio Magno?

Las identidades de María Magdalena y de otros personajes femeninos del Nuevo Testamento que vinieron a ser asociados con ella continuaron provocando gran fascinación en el interior de la iglesia dando lugar a la ingenuidad de los primeros comentaristas. Como ya mencionamos, el juicio opuesto de los Padres de oriente y de occidente sobre las tres mujeres resultaba de dos tradiciones enteramente distintas: la oriental distinguía entre ellas, la occidental las fue confundiendo progresivamente hasta que las tres se vieron fundidas en una sola persona.

Aparte el comentario de Hipólito, los escritores cristianos del siglo III que hablaron de María Magdalena fueron escasos y cuando lo hacían se trataba de una simple alusión.

Se ha sugerido que esta reticencia pudo haberse debido a la extraordinaria importancia que le otorgaban los gnósticos durante el siglo II y cuyos escritos fueron ocultados en el siglo IV por su contenido herético.

Hipólito de Roma (ca. 170 - ca. 235)

Obispo de Roma, heresiólogo y acérrimo defensor de la fe por la que moriría.

En su comentario -primera exposición cristiana de este tipo que ha llegado hasta nosotros- del Cantar de los cantares (la antigua alegoría atribuida a Salomón y a su amada la Sulamita), la novia o sulamita que busca a su novio era Maria Magdalena, la portadora de mirra, que buscaba a Cristo en el huerto para embalsamarlo. Extrañamente. Hipólito la llama Marta y Maria, pero es obvio, por el contexto, que se refiere al personaje de María Magdalena.

Hipólito introduce el tema de las mujeres junto al sepulcro, a las que denomina Marta y María (figura de la "sinagoga entusiasta"), con las palabras de la Sulamita pertenecientes a las primeras frases del tercer cántico en el que la novia busca al novio.

De noche, sobre mi cama,
buscaba al amor de mi alma.
Lo busqué, pero no lo hallé.

Me levanté y recorrí la ciudad,
por las calles y las plazas,
buscando al amor de mi alma"
Lo busqué, pero no lo hallé.

Me encontré con los guardias que rondan la ciudad,
"¿Habéis visto al amor de mi alma?"

Pero apenas los pasé,
hallé al amor de mi alma.
Lo agarré y ya no lo soltaré,
hasta meterlo en la casa de mi madre,
en la alcoba de la que me concibió.

In lectulo meo per noctes quaesivi quem diligit anima mea. Quaesivi illum et non inveni

Surgam et circuibo civitatem: per vicos et plateas quaeram quem diligit anima mea.
Quaesivi illum et non inveni

Invenerunt me vigiles qui custodiunt civitatem. Num quem dilexit anima mea vidistis?

Paululum cum pertransissem eos inveni quem diligit anima mea.
Tenui eum nec dimittam donec introducam illum in domum matris meae et in cubiculum genetricis meae.

Se desconoce la razón por la que, en su elaboración polifacética, y a menudo muy complicada, del bello poema del Antiguo Testamento, Hipólito introduce a Marta en estas escenas, pero es evidente que Marta y María también representan la sinagoga, es decir, la iglesia de los judíos, y son asimismo las primeras testigos de la iglesia de Cristo. En términos cristianos, buscan la verdad en el jardín de Getsemaní.

Hipólito superpone el encuentro entre Cristo y las dos Marías (Mt), y la escena del reconocimiento en el huerto entre Cristo y María Magdalena (Jn).

Y en un paralelismo que cobrará cada vez mayor importancia, habiendo encontrado a Jesús en el huerto, María Magdalena se convierte en la Nueva Eva: habiendo encontrado a Cristo, María Magdalena/Marta-María se aferran apasionadamente al árbol de la vida en el jardín de Pascua donde la vida surge otra vez.

Gracias a Hipólito, aparece probablemente por vez primera el titulo que reconoce la importancia del papel desempeñado por María Magdalena (o Marta-María al anunciarles la resurrección a los apóstoles: por haberle traído la esperanza de la vida eterna a la humanidad y por haber compensado el primer pecado de Eva, la Nueva Eva se convierte en "apóstol de los apóstoles".

Hipólito y el título de apóstol
Un texto de Susan Haskins

Y para que los apóstoles [mujeres] no dudaran de los ángeles, Cristo se les apareció en persona, de modo que las mujeres son los apóstoles de Cristo y remedian, mediante la obediencia, el pecado de la primera Eva […] Eva se ha convertido en apóstol […] Para que las mujeres no se mostraran como mentirosas, sino como portadoras de la verdad, Cristo se apareció a los apóstoles [hombres] y les dijo: En verdad soy el que se apareció a estas mujeres y deseo mandároslas como apóstoles.

Pese a que los comentaristas posteriores alabaron a Maria Magdalena como "apóstol de los apóstoles", este título quedaría relegado al olvido, a pesar de su breve resurgimiento durante el medievo, dando lugar a la nueva apelación de Nueva o Segunda Eva, y recalcando su papel posterior como símbolo de penitencia.

La asociación de Hipólito, forjada en el siglo III, de la novia del Cantar de los cantares con María Magdalena ha perdurado hasta nuestros días: un verso del Cantar (ya mencionado) forma parte de la liturgia (In I Nocturno) que conmemora el santo de María Magdalena el 22 de julio.

El comentario de Hipólito estableció algunas ideas sobre María Magdalena que se convertirían en tradición. Quizás la más importante de ellas fuera considerarla como la novia de Cristo y símbolo de la Iglesia, dos títulos que frecuentemente fueron asociados con la Virgen María. No obstante, el efecto del comentario ha perdurado dejando su huella en el elemento erótico que siempre ha formado parte de la supuesta relación mística entre Cristo y María Magdalena.

Al principio, pues, los comentaristas occidentales separaron a María Magdalena, María de Betania y la pecadora de Lucas. No obstante, a partir del siglo IV, María Magdalena, la pecadora de Lucas y María de Betania se convirtieron en el objeto de un meticuloso escrutinio por parte de los escritores ortodoxos. En la mayoría de los casos, los atributos de María Magdalena se acaban concordando con los de las otras mujeres y sobre todo con los de la pecadora de Lucas, originándose una gran confusión sobre sus identidades, debida sobre todo al incienso y al llanto que compartían.

Ambrosio de Milán (ca. 340 - 4 de abril de 397)

Ambrosio enunció la pregunta en el siglo IV: "¿Quién estaba: María, la hermana de Lázaro, y María Magdalena, o más gente?", pero para obtener una respuesta categórica hubo de esperar todavía doscientos años. Indicó asimismo la débil fe de María Magdalena junto al sepulcro, pero habiendo alterado la historia un tanto. "Asimismo se la envía a buscar aquellos más fuertes que ella para que prediquen la resurrección y con su ejemplo aprenda a creer". En su comentario sobre Lc 10, Ambrosio da lugar a la posibilidad de un vínculo existente entre María Magdalena y María de Betania, y al igual que Hipólito, asocia a Eva con María Magdalena.

Agustín de Hipona (13 de noviembre de 354 - 28 de agosto de 430)

Para Agustín, la pecadora de Lucas pudo haber sido la María de Betania que perfumó a Cristo en dos ocasiones,

Existe en mi opinión una única interpretación válida de esta cuestión. No obstante, no es la de suponer que la mujer que aparece en Mateo [26, 7], fuera una persona enteramente distinta a la mujer que se acercó a Jesús en aquella ocasión, en calidad de pecadora pública [Lc 7, 37]

Pero mi teoría es que fue la misma María la que actuó de esta manera en dos ocasiones distintas […] Pues también Juan […] menciona al menos el hecho, destacando a María apenas comienza a relatar el suceso de la resurrección de Lázaro. [Jn 11, 2]

Pero sus tremendas dudas son evidentes cuando utiliza su teoría para hacer resaltar un aspecto del comentario de Juan:

Mirad, la hermana de Lázaro (si en realidad fue ella la que perfumó los pies del Señor con el ungüento, y secó con su cabello lo que había lavado con sus lágrimas) fue resucitada de entre los muertos en mayor medida que su hermano porque fue liberada del peso de sus malos hábitos […] Y de ella se ha dicho: "pues era una mujer pecadora pública".

No obstante, no asoció a María Magdalena con la pecadora de Lucas. A su parecer, María Magdalena sobresalía entre todas las mujeres ("amaba con más pasión que esas otras mujeres que habían servido al Señor"). Agustín respeta asimismo el vínculo que establecía Hipólito entre Eva y María Magdalena, pero creando sus propios paralelismos… Por encima de todo, Agustín consideraba que María Magdalena era un símbolo de la iglesia que había creído en Cristo cuando subió a su Padre, pero en ninguna ocasión reúne las tres mujeres en una.

Hasta finales del siglo VI no existía una tradición establecida en cuanto a la unidad o la pluralidad de las mujeres. Que su naturaleza intrigara a los comentaristas es indiscutible: ¿quiénes eran? ¿qué representaban?, su importancia y la relación que mantenían entre sí y, sobre todo, su relación con Cristo eran los temas más discutidos.

Algunos identificaron a María Magdalena con la pecadora de Lucas, otros con María de Betania; unos terceros identificaron a las dos últimas entre sí, pero no con María Magdalena. Estos últimos se encontraban entre aquellos que, como Ambrosio, eran incapaces de tomar una decisión.

Otros fragmentos de Susan Haskins
La desaparición de la testigo
Los enigmas de un cambio
De "testigo" a prostituta

Dejemos la palabra a John P. Meier:

No debe ser identificada [María Magdalena] con la "pecadora" de Lc 7, 36-50 ni con la María de Betania de que habla la tradición joánica (Jn 11-12). Esta es ya una interpretación habitual hoy día: de hecho, no ha constituido ninguna novedad en la exégesis católica a lo largo del siglo XX.

John P. Meier,
Un judío marginal,
II/II, pag 776, nota57.

Próximo capítulo

Y la mujer de Lc 7, ¿era una prostituta?

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Miquel Sunyol

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12 mayo 2018
Última actualización: agosto 2018
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