La comensalía abierta
John Dominic Crossan

¡Vaya un comilón y un borracho, amigo de recaudadores y descreídos! (Lc 7,34)

¿Por qué come con recaudadores y descreídos (Mc 2,16; Mt 9,11 = Lc 5 30).

Recaudadores y descreídos solían acercarse en masa para escucharlo. Los fariseos y los letrados lo criticaban diciendo: Ese acoge a los descreídos y come con ellos (Lc 15,1-2).

¿Cuáles eran las obras de Jesús que permitían acusarlo de glotonería, ebriedad y malas compañías?

En la parábola de1 Banquete (Lc 7,15-24 = Mt 22,1-10) hay, una vez que los primeros invitados rehúsan acudir al banquete, una doble invitación:

En el siglo I, lo mismo que en el XX, siempre habría cabido celebrar un banquete para los parias de la sociedad. Semejante hecho resultaría comprensible incluso en el marco ideológico basado en los conceptos de honra y deshonra propio de la sociedad mediterránea, o, mejor dicho, quizá resultaría comprensible especialmente en este tipo de sociedad. Semejante invitación podría entenderse como un acto de beneficencia deliberadamente ostentoso.

El hecho de invitar a los parias de la sociedad a un banquete extraordinario es en el fondo un gesto menos radical, desde el punto de vista social, que el hecho de invitar al primer desconocido que se encuentre uno en la calle. Es precisamente ese "desconocido" el que niega la función social del banquete, concretamente, la función de establecer una jerarquización social en virtud de la cual uno come con quien quiere y con quien quiere. El rasgo más llamativo de la cena celebrada en esta parábola es la comensalía abierta y dejada al azar. En una situación semejante, cabría encontrarse con una mezcla absoluta de clases, sexos, rangos, grados…

Precisamente en el desafío social que supone esta comensalía igualitaria radica la amenaza del panorama presentado por 1a parábola. Se trata de un cuento, desde luego, pero es un cuento que lanza su reto igualitario fundamentalmente al espejo mesocósmico de la sociedad, a la mesa entendida como lugar en el que los cuerpos se reúnen para comer. E inmediatamente esta comensalía abierta es objeto de una acusación: Jesús es un comilón, un borrachuzo, amigo de publicanos y pecadores. En otras palabras: no establece 1as distinciones y discriminaciones que debería. No tiene vergüenza. Está deshonrado. Esa es precisamente la acusación de que es objeto Jesús.

Este ideal de una comensalía abierta e igualitaria niega rotundamente la distinción y discriminación jerárquica de los hombres y mujeres, pobres y ricos, gentiles y judíos. Y, de hecho, eso es lo que significa a un nivel que supondría un ataque a las leyes rituales de cualquier sociedad civilizada. Ese es precisamente el reto que supone.

Y otro comentario, aún más importante. ¿Supone todo esto una simple proyección anacrónica a la actuación del Jesús histórico de cierto idealismo democrático contemporáneo? Deseo poner particularmente de relieve que ese igualitarismo procede no sólo del judaísmo campesino, sino también, e incluso con más profundidad, de la propia sociedad campesina como tal. La cultura y la religión de los campesinos constituyen en realidad una anticu1tura, que pone coto a las elites religiosas y políticas que los oprimen.

La religión popular y la cultura de los campesinos en una sociedad compleja comportan de forma casi ineludible la simiente de un universo simbólico alternativo. Todo este simbolismo radical sólo puede explicarse en buena parte como una reacción cultural ante la situación del campesinado en cuanto clase. De hecho, esta oposición simbólica representa en las sociedades agrarias preindustriales lo más aproximado que cabe imaginar a la conciencia de clase. Es como si los que se encuentran en la zona más baja del conjunto de la sociedad desarrollaran unas formas culturales que les prometen la dignidad, el respeto y el desarrollo económico de los que carecen en el mundo real. Un modelo real de explotación produce dialécticamente su propia imagen simbólica en el marco de la cultura popular.

La anterior cita está sacada de un interesantísimo estudio de James Scout (Protest and Profanation: Agrarian Revolt and the Little Traditionen [1977]) el que se señala cuál es la reacción común, desde Europa al sureste asiático, de la Pequeña Tradición ante disparates tan grandes de la Gran Tradición como el cristianismo, el budismo, el Islam, y en el que se defiende de forma harto persuasiva la teoría de que la cultura y la religión de los campesinos constituyen en realidad una anti-cultura, que pone coto a las elites religiosas y políticas que los oprimen. Se trata, de hecho, de una inversión reflexiva y reactiva del modelo de explotación común a todo el campesinado como tal.

Afirmo -continúa diciendo este autor- que es posible definir algunos rasgos comunes de este simbolismo reflexivo. Casi siempre implica la creación de una sociedad o hermandad en la que no existen ni ricos ni pobres, en la que no se dan diferencias de categoría ni de status (excepto la división entre creyentes y no creyentes). Cuando se tiene la sensación de que las instituciones religiosas justifican las injusticias, la abolición de las diversas categorías y status puede suponer perfectamente la eliminación de la jerarquía religiosa a favor de nuevas comunidades de creyentes iguales entre sí. Es típica también, aunque no siempre se de el caso, la obligación de compartir y mantener las propiedades en común. Queda abolido, por ser considerado injusto, el cobro de impuestos, rentas o tributos de cualquier tipo.

La comensalía era una estrategia destinada a construir o reconstruir la comunidad campesina sobre unos principios radicalmentee distintos de los conceptos de honra y deshonra, o patrocinio y clientela. Debía basarse en la participación igualitaria en el poder material y espiritual al nivel más popular imaginable.

John Dominic Crossan
Jesús: Vida de un campesino judío

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