Ciertamente la categoría
foránea de indio, cuyo origen se debió a un error geográfico
de Colón, no tendría para nosotros ninguna connotación
ofensiva, como no la tiene para los habitantes de la India, si no se le
hubiera cargado de los sentidos negativos que la sociedad colonial le dio
en los 500 años.
Porque, de hecho, indio ha
llegado a ser, en nuestro medio, sinónimo de no-hombre, no-persona,
no-pueblo, no-creyente, es decir, alguien a quien se le ha negado absolutamente
sus derechos humanos, civiles, políticos y religiosos. Una categoría
así evidentemente resulta repugnante para quienes tomamos conciencia
de todo lo que implica. Ya que ni nuestros antepasados ni nosotros somos
o queremos ser eso que la sociedad colonial nos impone.
De modo
que es perfectamente entendible que muchos hermanos indígenas se
resistan a ser llamados indios y prefieran hurgar en su historia para rescatar
los nombres originales de sus pueblos y comunidades. Nombres que hablan
de la vocación sublime que heredamos de Dios y de los antepasados,
y que hacen énfasis tanto en lo que nos hermana con todos los seres
humanos, como en los rasgos específicos que nos hacen diferentes.
Seguir
aceptando acríticamente que otros nos pongan nombre es renunciar
a nuestro derecho de existir por nosotros mismos, de ser nosotros mismos.
En cambio llamarnos con los nombres que vienen de nuestro caminar milenario
es rescatar nuestro proyecto de vida, que nos da identidad propia. Es empezar
a ejercer nuestro derecho a la autodeterminación, elemento fundamental
para la autonomía.
Sin embargo, al mismo tiempo
que afirmamos lo anterior, también sostenemos que aceptar la nomenclatura
globalizante de indio no conlleva necesariamente conformarse con la opresión.
Es también tomar conciencia de una realidad dada que, precisamente
porque nos duele, debe movernos al compromiso de cambiarla. Aceptar ser
indios es también una manera de asumir la realidad de negación,
que se nos impuso, para transformarla en afirmación de nuestro ser,
uniendo esfuerzos con todos los hermanos que sufren lo misma situación.
Ser indios nos hace hermanos de todos los descendientes de los pueblos
originarios de América.
En base
a la experiencia hemos llegado a la convicción de que no es posible
rescatar hoy nuestros nombres originales si antes no pasamos por el proceso
de purificación de nuestro ser indio. Tienen razón quienes
señalaron que "si con la palabra indio nos oprimieron, con la palabra
indio nos liberaremos".
Hoy por
hoy para llegar a ser mayas (identidad cultural específica, que
nos viene de nuestra pertenencia étnica), debemos pasar primero
por ser indios (identidad sociológica genérica, que proviene
de nuestra situación de clase social oprimida).
¿Podemos
encontrar hoy día las teologías originarias? (Pag xvii-xix)
Además la categoría
indio cubre una etapa larga de la historia de nuestros pueblos que, querámoslo
o no, ha marcado profundamente nuestro ser original. No es posible cerrar
los ojos a este hecho como si pudiéramos borrar de un plumazo 500
años de historia. Bien que mal ese medio milenio ya forma parte
de nuestro ser indígena. Nuestras culturas ya no existen en estado
puro, como en el pasado, sino que se han transformado recibiendo y ofreciendo
influencias de otras culturas. Nuestro ser actual es resultado de las interacciones
que el pueblo hizo con el mundo exterior durante el tiempo colonial y el
moderno.
Aún
cuando hubo pueblos que totalmente fueron marginados o se marginaron por
sí mismos del contacto colonial, el hecho mayor es que las culturas
indígenas de hoy se indianizaron, es decir, se ajustaron a las condiciones
reales de reproducción que les permitió la sociedad colonial.
Se hicieron culturas indias tanto por la presión del exterior como
por la interiorización, hecha por el pueblo de muchos elementos
venidos de la sociedad colonial.
En ese
sentido, no es exacto decir que las culturas indígenas resistieron
a la obra colonizadora poniéndose pasivamente en estado de hibernación,
es decir, creando mecanismos de aislamiento y protección, al margen
de la influencia externa; sino que muchas se relacionaron activamente con
la sociedad colonial y asumieron conscientemente los aportes de ella y,
en consecuencia, reformularon en distintos grados todo su mundo cultural
propio. Los frutos de esta transformación son las expresiones culturales
que actualmente tenemos en nuestras comunidades. Con ellas nos damos identidad
y con ellas hemos de afrontar los problemas de la vida.
En el espacio religioso
es donde mayormente se ha dado la reformulación. Por eso lo que
tenemos ahora ya no son las teologías originarias, por más
que ellas se hallen en la base y sea necesario explicitarlas, sino teologías
indias, es decir, repensamientos teológicos hechos estando dentro
de la sociedad envolvente. De modo que pretender un retorno acrítico
al pasado, sin tomar en cuenta la elaboración hecha creativamente
durante los 500 años, es atentar contra nuestra propia integridad,
es negarnos a la riqueza creada por nuestros pueblos en ese tiempo, es
pensar que nuestros ellos y nosotros dejamos de ser creativos durante medio
milenio.
Entendemos
a los hermanos que hacen planteamientos en el sentido de la pureza étnica
y religiosa, porque sabemos que ellos reaccionan al dolor provocado por
las vejaciones sufridas durante los 500 años. Pero no podemos menos
que llamar la atención sobre el peligro de evasión de la
historia que estas actitudes pueden provocar.
Es cierto
que las teologías originarias deben ser referencia obligada para
los indígenas de hoy, como lo es la Biblia para los cristianos,
porque son fuentes autorizadas de inspiración para nuestro compromiso
actual ante la vida. Pero querer transportarlas de manera fundamentalista
como si aún estuviéramos en el pasado es caer en fanatismos
enajenantes de la historia, que más que ayudarnos a salir adelante
retrasan nuestra liberación. También respecto a los textos
sagrados de nuestros pueblos hay que distinguir el espíritu que
vivifica de la letra que puede llevar a la muerte.
En las teologías
indias de hoy, sobre todo en el caso de los pueblos mayenses o mesoamericanos,
que son de largo contacto con el exterior, están incluidos tanto
elementos prehispánicos como elementos venidos del mundo cristiano.
Y ambos están ensamblados no de un modo accidental o superficial,
sino substancial y profundo. No se puede pensar que lo cristiano es como
una camisa sobrepuesta que puede ser quitada fácilmente. No es así,
ese aporte ya se ha hecho piel y carne de nuestra carne. Porque es resultado
de procesos largos de inculturación llevados a cabo por nuestros
abuelos y abuelas que entraron en contacto con Cristo en el pasado.
En consecuencia
lo que tenemos que hacer hoy, y estamos haciendo en los encuentros de Teología
India, es reconciliarnos con esa síntesis vital hecha por nuestros
pueblos y defenderla como legítima tanto dentro de la Iglesia como
de cara a nuestros demás hermanos indígenas. La Teología
India Cristiana no es simplistamente una traición a lo propio, sino
más bien una recreación del mundo maya en base a diálogos
enriquecedores, donde dimos y recibimos, donde fecundamos y fuimos fecundados.
Pensar las cosas así evitará radicalismos que desarticularían
nuestra integridad espiritual.
Y aquí es preciso recordar que los pueblos
indígenas se pueden ir de la Iglesia, si perciben que ella no les
ofrece un lugar digno para ellos y para su cultura. Es un hecho innegable
que el mundo religioso indígena tiene posibilidades de futuro no
sólo dentro, sino también fuera de la Iglesia. Ya hay indicios
de esto en varios puntos del continente. Existen procesos de Teología
India que son autónomos de la Iglesia y que, seguramente, se irán
consolidando más y más. Con esos procesos desde ahora debemos
aprender a actuar con respeto y comprensión. Con ellos debemos empezar
a hacer un diálogo respetuoso, franco y fraterno como dice Santo
Domingo (SD 248 y 249). (Pag xxii)
El Dios de la Vida, que es el mismo Dios de
Nuestro Señor Jesucristo, y que es Madre y Padre de todos los pueblos,
hará germinar el Sol que no tiene ocaso, y llevará a buen
término la obra buena comenzada por nuestros antepasados desde hace
milenios (Pag xxiii)
Tengo
un fuerte cuestionamiento para todos y para la Iglesia.
Hoy
se invita a Amanda a presentarnos el rito, se nos pide inculturarnos, pero
tengo un problema: si esto se implementa en este mundo en el que el hombre
y los pueblos están desarticulados, donde la Iglesia no realizó
cabal su misión, su pecado recae en ella. Si se asumen estos servicios,
estos ministerios mayas, ¿cómo va a quedar esta Iglesia que
amo? ¿Se va a introducir dentro de los ritos? ¿Habrá
un traslape? ¿Los sacerdotes lo podemos entender? ¿Lo que
la Iglesia desarmonizó, cómo lo podemos armonizar? ¿Qué
hacer con aquellos catequistas que aceptaron una forma de ser de la Iglesia
a radicalidad?
Ante
la ola fuerte de sectas, ¿no habrá mucha gente que se pase
al protestantismo? Y la gente se pregunta: si la Iglesia me formó
así y ahora viene y nos dice esto otro ¿quién tiene
razón? Aquí veo un conflicto. Nosotros respetamos el trabajo
de Amanda, y ella respeta el trabajo nuestro. Tal vez no es ese nuestro
ministerio. No queremos que pase lo que ha sucedido con otros sacerdotes.
Sacerdote
mam.
Diócesis
de Quetzaltenango
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Nota:
Algún documento puede ser un resumen muy personal |
El
diálogo interreligioso
Catequesis
navideña Cosas
de jesuitas
Con
el pretexto de una encuesta
;Spong,
el obispo episcopaliano
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