UNA GRAN TARDE
El día amaneció nublado, sobre Orejo nuestro pueblo, grandes nubes amenazaban con descargar agua a raudales, era el mes de junio y en Santander es algo a lo que estamos habituados.
Miguel y yo estabamos en la "cuadra " a la espera de que se desarrollasen los acontecimientos.
Lo teníamos todo preparado, la vieja caña de nuestro padre apoyada en una columna, un buldó con tres mosquitos que estaban pidiendo a gritos ser sustituidos por otros nuevos, el cesto de mimbre de mi padre con un olor rancio a pescado y que había tenido épocas mejores y un paquete de "fortuna" comprado el fin de semana anterior en el bolsillo. No necesitábamos más.
Andaría cerca del mediodía cuando se puso a llover, en ese momento vimos aparecer a "curiro" corriendo por la corralada, las playeras las tenia empapadas y eso nos hizo pensar si esa iba a ser nuestra gran tarde... seguro que su madre le reñía y no le dejaba salir de casa.
Teníamos 14 años y después de varias escapadas al río nuestros padres por fin habían tenido que ceder, y dieron su consentimiento para que fuésemos solos. Era la primera vez que íbamos a pescar truchas hasta el momento solo habíamos pescado anguilas, lisas y cangrejos a mano - pescatas de niños... - Nosotros ya estabamos preparados para pescar algo importante...
Lo primero que pregunto fue si teníamos el tabaco a lo que respondimos que si - después de echar la mano al bolsillo y palparlo - para nosotros era como un tesoro que debíamos mantener escondido y protegido de nuestros padres.
Quedamos para después de comer, nos pasaríamos por su casa y si su madre no se había enfadado mucho partiríamos andando hasta el río.
Teresa nuestra madre apareció con un barreño de ropa que había estado lavando en la " poza" las manos las tenia rojas de frotar contra la piedra y su ropa estaba mojada por la lluvia.
- Si sigue lloviendo no vais a pescar - dijo - y se encamino escaleras arriba hasta la cocina.
Estabamos nerviosos e inquietos por las palabras de nuestra madre.
- Esto cada vez se pone peor, entre la lluvia y la bronca que le espera a "curi" lo llevamos claro - dijo Miguel -
Serian las 13:30 cuando un grito de nuestra madre nos sobresalto ¡ Fernando, Miguel a comer !
Un humeante plato de alubias sobre la mesa aguardaba para ser devorado - en el norte hacemos comidas copiosas sin mirar excesivamente la época del año - mientras... Sonia nuestra hermana no dejaba de berrear poniendo en peligro nuestra aventura. Comimos deprisa y sin hacer muchas carantoñas a nuestra hermana, estaba muy inquieta y podía ser que a mi madre se le ocurriese la idea de que la cuidásemos mientras hacia la faena y aguarnos la tarde.
Afortunadamente... después de comer y cuando bajamos a la "cuadra" la lluvia amainaba. En ese momento llegaba nuestro padre "chiqui el herrador " (apodo por el que era conocido ya que esta fue su profesión durante muchos años, antes de entrar a trabajar en la industria química).
El era el responsable de nuestra pasión por la pesca ya que le gustaba de practicarla y desde niños que nos llevaba de vez en cuando con él. Le explicamos nuestras intenciones para esa tarde, y reflejando en su cara un gesto de orgullo al comprobar que manteníamos esta afición heredada de el, dio su consentimiento.
No perdimos más tiempo, cogimos nuestros bártulos, nos calzamos las "catiuscas" y pegamos un grito para alertar a nuestra madre de la partida. Nos enfilamos hacia la casa de "curi" para salvar el otro escollo importante.
Llamamos a la puerta. Su madre apareció en el umbral y pregunto:
-¿ a que parte del río vais? - a la " curva del malandrón" - respondimos al unísono Miguel y yo -
¡ Tened cuidado! No vayáis a caeros al agua - dijo - a la vez que su hijo asomaba por la puerta.
Durante el camino nuestro amigo nos contó el cabreo que había pillado su madre por la chupa de agua y como después de insistir utilizando el argumento infalible de alguna que otra lagrima esta había accedido para que se marchase y no le diese la tarde.
Después de media hora caminando ya vislumbrábamos la " curva del malandrón "(tramo del río Miera entre los pueblos de Solares y Orejo en Cantabria) aceleramos el paso, y al acercarnos a la poza del río lo hicimos con gran sigilo escondiéndonos detrás de unos matorrales.
¡Allí estaban...! cuatro magníficos ejemplares de trucha común mosqueando ajenas a nuestra presencia, durante largo rato nos quedamos ensimismados disfrutando de esa bella visión que tantas veces habíamos disfrutado, soñando con una de esas grandes truchas prendida de nuestra línea.
Nos retiramos hacia el verde prado que teníamos a nuestras espaldas y nos dispusimos a fumar un cigarro haciendo cábalas sobre la estrategia a seguir (hay que decir que no teníamos experiencia en este tipo de pesca) éramos tres pescadores y una sola caña... decidimos que lanzaríamos por turnos.
El cielo continuaba encapotado amenazando con volver a llover por lo que no perdimos más tiempo, atamos el buldó con los mosquitos a la línea y nos dirigimos a la poza, auscultamos el lugar y decidimos lanzar unos 6 mts por encima de una gran piedra que hay antes de llegar a la curva.
Comenzó Miguel prospectando sistemáticamente. Izquierda, derecha, al centro... pero las truchas se mantenían impasibles ante nuestros viejos mosquitos a pesar de que pasaban rozándolas por delante de sus ojos.
Después de varios lances llega mi turno.Comenzaba a caer un ligero sirimiri, llevaba tres lances cuando en el cuarto vi como la fuerza del agua hacia bajar los mosquitos justo al reverso de la roca. Una de las truchas relampaguea rápida subiendo hasta casi la superficie. Cerca de la roca el agua ha formado unos débiles remolinos.
- ¡ Hostias... ! Miguel, "curi" venid la he clavado - dije gritando -
Se acercan corriendo atolondradamente nerviosos y con la voz temblorosa
- ¡ joder es verdad! ¡ Hostia! Ten cuidado... tranquilo no se te escape - exclama Miguel -
La lluvia en ese momento comienza a arreciar como si quisiera impedir la culminación de nuestro sueño.
La trucha se dirige aguas abajo en busca desesperada de una defensa entrando y saliendo a la superficie con furia y rabia.
Recojo sedal... con emoción y el corazón en un puño, viene directa hacia mí.
¡ Ya la veo! - Dice Miguel - ¡acércamela! yo me meto en el agua y la cojo, tranquilo...
Miguel se metió en el agua sin preocuparse de sí se mojaba o no, estaba más nervioso que yo, la tenia cerca al alcance de su mano... cuando se disponía a cogerla nuestro bello ejemplar sacude su elegante y endemoniada cabeza al aire y consigue librase de aquel mosquito con alma de acero que le quemaba la garganta.
Silencio... nos retiramos de la orilla.
La escena no ha durado ni cuatro minutos y si embargo ha llenado un gran espacio en nuestra vida. El recuerdo de una gran tarde, imborrable y perenne.
AUTOR:
FERNANDO GARCIA CRUZ