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Las Madres no aceptamos esta ficción de democracia

 

            Llegan las elecciones, y muchas Madres no vamos a votar. Unas pocas sí.

            Sabemos que nada cambiará. Ninguno de los candidatos dijo algo distinto. En realidad ninguno de los candidatos dijo algo importante y las Madres no aceptamos que se nos obligue a elegir “lo menos malo”.

            Las Madres no aceptamos vivir esta ficción de democracia, donde se le hace creer al pueblo que decide su destino en las urnas mientras todo se resuelve a escondidas. Los gobernadores son títeres corruptos que se reemplazan. Los que mueven los hilos son los empresarios, los financistas, las empresas multinacionales y los banqueros. La política argentina es la que dictan los grandes monopolios, el embajador norteamericano y la “patria financiera”.

            Las Madres tampoco podemos creer en una democracia que se sostiene sobre un ejército mercenario y genocida. La república quedó a merced de fuerzas armadas sanguinarias, cuya única misión es someter al pueblo.

            Las Madres sabemos que los políticos mienten cuando dicen que van a luchar contra la pobreza. Porque no se puede pelear contra la pobreza sin pelear contra la riqueza desproporcionada y obscena. Y los políticos son sólo los personeros de los depredadores del país: los terratenientes, los industriales, los financistas, los empresarios y banqueros.

            Las Madres de Plaza de Mayo jamás negociaremos los principios. Las Madres sentimos que negociar es “transar”, y un pueblo que “transa” se suicida.

            Muchas Madres han muerto en estos años. Algunas luchando. Otras secuestradas y asesinadas. Pero nuestro deseo es que cuando llegue el último día, podamos mirar hacia atrás y encontrar un surco sembrado con amor, con resistencia y regado con nuestras lágrimas…

            Serán otros los que cosechen, serán otros los que retomarán nuestro camino. Pero se nos recordará por no haber mentido, ni transado, ni negociado, ni claudicado.

            Los poderosos asesinaron al pueblo, a los dirigentes gremiales, a los trabajadores, a los estudiantes. Pero no hay cárceles ni tumbas que puedan acallar la voz del pueblo.

            Hoy, los políticos, los militares y los religiosos ofrecen la reconciliación. Ellos van pregonando paz, amor y libertad, sentados cómodamente en el lujo y la opulencia. Pero son palabras vacías. Ninguno de ellos hablaba de la paz cuando ejecutaban a nuestros hijos, cuando violaban y mutilaban a jóvenes y niños. La paz que ellos quieren es la paz de los sepulcros.

            Hace 18 años no nos quedó otro camino que salir a las calles, sólo armadas con nuestro dolor y con la verdad, para enfrentar a la muerte con una esperanza de vida. Nuestra marcha es un grito silencioso que sale de las entrañas del pueblo para traspasar la indiferencia de banqueros, empresarios, industriales y comerciantes. La nuestra es una voz que los poderosos no quieren escuchar, que les molesta, porque se interpone denunciando la verdad.

            Hace 18 años salimos a las calles como madres y mujeres comprometidas con el dolor del pueblo. Dieciocho años después continuamos luchando porque nos duelen la impunidad y la mentira. Porque nos duelen las calles con niños abandonados. Nos duelen esos seres humanos buscando entre los desperdicios un mendrugo de pan. Nos duelen los jóvenes entregados al analfabetismo, la desnutrición y la marginalidad. Nos duele los golpes y la tortura de la policía a los pobres. Nos duelen allanamientos salvajes en las viviendas humildes. Nos duele la opulencia, el lujo y la frivolidad de los gobernantes.

Mientras los políticos reparten promesas y mentiras, las Madres vamos sembrando ideas y verdad. Sabemos que la justicia se gana peleando. Solamente luchando nos podremos liberar.

            El pueblo comienza a comprender que asesinaron 30.000 jóvenes para saquear impunemente el país. Un día no lejano, el pueblo se levantará y nuestra tierra se estremecerá con su clamor señalando a los que asesinaron a mansalva al pueblo desarmado. Ellos, los poderosos, tendrán que darse cuenta de que el pueblo existe y que es capaz de rebelarse cuando se lo empuja a la muerte y a la miseria.

            La mayoría de las Madres no votamos. Las Madres preparamos la tierra para que los jóvenes puedan cosechar la libertad. Regamos cada surco, con lágrimas. Entregamos la vida sin guardarnos nada, porque las cadenas del alma se rompen con el amor. Sembramos ideales para cosechar esperanzas. Ellos pueden comprar diarios, televisiones y revistas, pero no podrán comprar el aire de las calles. No podrán callar nuestra voz ni censurar nuestra marcha. La marcha de las Madres es un grito profundo que surge de las entrañas de un pueblo sometido a la tortura, al hambre, las humillaciones y la marginación.

            Donde exista un hombre, una mujer o un niño que se rebele contra la injusticia, el viento le traerá el agitar de nuestros pañuelos para acompañarlo en la lucha. Mientras la voz de un joven se eleve contra los poderosos, allí estarán las Madres sembrando ideales y entregando la vida.

Mayo 1995                     

   

 


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