UNA
RIDÍCULA CARTA DE AMOR
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Ciudad
de México, lluviosa e íntima, uno más de esos días
que faltas.
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Mujer,
amadísima:
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Desde
el quinto cielo, que tú ya conoces, me dispongo a escribir unas
líneas para tus ojos, una ridícula carta de amor. Porque,
como diría Pessoa: "Las cartas de amor, si hay amor, tienen que
ser ridículas." Por eso te escribo -¡Oh, frase gastada!- con
el corazón, ese dulce barquillo, contenedor de mis afectos.
Ahora
llueve. Por la ventana pasan las gotas finas y se les oye como un murmullo.
A ratos parece que quieren hablar, entrar a la habitación, platicar
conmigo y, no se, quizá contigo, aunque no estés. Quién
puede saberlo, los deseos del agua son inescrutables.
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De
cualquier forma he abierto la ventana. Acaso decidan, en algún momento
de titubeo, tomar por asalto mi pecho y descansar en él, humedeciendo
aquel rincón, asilo de tus besos, oquedad de mis temores, tan maltrecho.
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Allá
lejos, las luces de las casas se van prendiendo una a una, cual luciérnagas
poblando la noche, como si un ejercito sitiara mi ciudad. Entonces me siento
preso, amenazado de ti, de los recuerdos. Escucho tu respirar y mi mano
imagina la humedad de tu entrepierna. Toco el espacio, vacío ya,
donde estuviste y mi rodilla adivina tu rodilla.
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Pero
afuera llueve. Las gotas golpean mi ventana y algunas se cuelan mojando
mis papeles. Una lágrima contribuye a sus esfuerzos. Y en mi corazón
-albergue de mis dudas, arcón de mis deseos- el hogar está
dispuesto para alojarte a ti, mujer de mis dos lechos.
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