AUTORRETRATO
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Amanecido en un espacio gris, de campos yermos y piedras blancas, devine aprendiz de Hombre. Y como tal tengo vertebrado el cuerpo con amores y el interior bruñido por las penas. Sin embargo, he practicado mucho. Hoy puedo simular la risa: imitar un torcimiento de labios y sonidos; puedo además jugar y permito, en ocasiones, ser jugado.
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Como todos, tengo dos redondas cavidades en el rostro, dos plenitudes de claridad; con ellas peino la vida, la visto de domingo y la llevo a pasear a deshoras de la noche. Luego hacemos el amor: yo aspiro sus humedades con esta larga nariz que me fue dada, y ella ríe, con esa risa plena, sinfónica, una risa que asciende y recrea estruendos hasta conjurar todos los vientos del naufragio infinito; tempestad que nos azota, aturde, ilumina, rompe, estalla y disuelve las espumas en el alba.
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Yo que nací bajo un sol inagotable llevo la piel iluminada, y salpicados de lunares tengo dos brazos, una cara y, en ella, una boca que igual me sirve para comer la noche a gritos, humedecer un cuerpo de mujer o redimir la historia de mi pueblo. Tengo, por último, unas manos, pequeñas y entristecidas, que no acertando a definir la ausencia, divagan lunas, paisajes solos, amores inexorables. 
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