Rosa

 

Le asustó tanta incertidumbre como sintió aguardaba por él para el día siguiente. Le pesaba asumir la tarea que le exigiría el mañana, con su labor sin destino, en donde caminaría esa insatisfacción por sí mismo en que vivía sin tener idea que hacía, trabajando solo para dar  algo a Pepy, que lo mantenía.

 

Dudando de sí mismo sintió por primera vez el peso de toda su derrota, impotente de cuanto en el mañana haría. Y se refugió, con el dolor de no pensarse nada, en el desamor a sí mismo.

 

Buscó el  sentido de su vida, divagando de pronto en los siete meses que  llevaba en su viaje, poniendo bajo la lente de ese instante todas las experiencias que lo llevaban hasta estar ahí, en Barcelona, ¡desnudo de todo lo que supuso ser!, para vivir  abandonando su mito de origen y desintegrar su persona de todo lo que la supuso, para enfrentarse a su propia incertidumbre vital, buscando y buscándose.

 

Pensaba a partir de dudarse. Desde que tomó el avión algo vino a empequeñecerle continuamente, conforme transcurría este viaje, viajando por Europa para descubrir ser cero. Este viaje fue la consecuencia de la desilusión con el sistema capitalista de pensarse a sí mismo.

 

Los últimos acontecimientos lo desnudaron de toda inocencia, le confirmaron que ni la conciencia ni la sabiduría histórica llevan las riendas de la civilización, que ni el estado ni la religión logran armonizar la distribución del producto del movimiento económico.

 

Dudo del destino ante la ética practicada bajo el influjo de los intereses económicos y sus mercados y medios, en los que él era parte formal por su trabajo, así que decidió que tenía que huir a Europa, para buscar algo diferente que lo liberara de esa obra diaria en que se entregaba a sí mismo, cumpliendo con todas las obligaciones y deberes de los que vivía.

 

 Vivía en el trabajo o en el descanso del mismo, capturando breves tiempos para sobrevivir como él mismo. Así que se fue a Aeroméxico y compró un boleto para la ciudad de sus sueños: Londres. Todo fue aprendizaje desde que empezara el viaje, creció ante la nueva civilización que se le desplegó, en la arquitectura y los transeúntes de noble grandeza. Él admiraba su protagonismo generador en la ciencia y el modernismo.  Por lo que al llegar a la gran capital de todo cuanto admiraba sintió pobre su larvaria cultura.

 

 Desde que salió de su casa rumbo a Londres se desarrolló un mundo siempre nuevo, en donde él aprendió que podía existir otra realidad, sin tanto trabajo y complicaciones, donde el tiempo no significase una telaraña de asuntos, donde él pudiera pensarse para vivir conforme a lo realmente era,   creando una realidad libre, realmente nueva,  donde nada conocía y todo resultaba interesante. Tal era su viaje a Europa.

 

Sentía una sensación rara al estar en otro continente por primera vez, tenía la sensación de que le esperaba todo en un ambiente en que nadie lo conocía; y eso le excitaba.  ¡Algo  le sugería que caminaba espacios, tiempos diferentes a todos los que viviera antes de salir de México.

 

Desde que estuvo en Europa sintió otra presencia como entorno. Tanto  que por las noches le pesaba la sensación de haber cruzado  a otra dimensión para despertaba en otra realidad, con la sensación de realizar un gran viaje de renovación.

 

El venía, de ser un ocupado ejecutivo de una editorial de altos vuelos, tras una dolorosa toma de conciencia de ser algo determinado por la vida y no por él mismo. Llegaba a esa realidad del viaje para buscar otra realidad a la que le impuso su trabajo, para vivir consumiendo circunstancias,  como respuesta al diario quehacer impuesto por la vida y en una ciudad enajenante a la que ya no deseaba pertenecer.

 

A la mañana siguiente debía pintar los dos cuadros para la pared sur del nuevo cuarto de huéspedes de la casa que construía Pepy en La Forja 44, a dos calles de la casa de hospedaje en que vivía hacia ya más de cuatro meses. Solo pudo pagar la renta de dos de los  meses. Porque fue cuando se le terminó todo lo que tuviera de liquidez para el viaje a Europa.

 

Realmente siempre quiso pintar. Ahora lo obligaba la necesidad a dedicarse a ello. Al  no tener, por estar sin existir al no tener dinero, vagando desolado por las calles de aquella alucinante urbe.  Aprovechando que Pepy montaba una casa de huéspedes se ofreció a ayudarla como decorador y pintor. Cosa que –quepa decir-  antes no había hecho. En cuanto a pintar si tenía talento pero sin adiestramiento, porque sabía que le temblaba la mano

 

Su oficio de lector corrector, articulista y formador de revistas, siempre le entusiasmó sin gozo, sin realmente ejercerlo con pasión. Lo hacía porque tenía facultades para ello. Sin que esto no impidiera en ningún momento  su costumbre de cargar un lápiz HB y un carbón de dibujo en el bolsillo, atacando con ellos todas las servilletas de papel que encontraba. 

 

Realmente vivir en México se tornó en restaurantes y tráfico desesperante, en ser un conocido indispensable pero amigo de nadie. En no tener un ideal romántico de mujer, sino un satisfactorio y conveniente negocio erótico por  esporádicos deseos mutuos.

 

Cuando salió de México sintió un vació. Mientras cruzaba el Atlántico con las rodillas en el pecho por lo cercano de los asientos, sentía como si se alejase de un amor que le sirvió de cobijo.

 

Todo se transformó en descubrimiento y sorpresa por la tarde, desde que llegara al aeropuerto de Londres. En el taxi sentía el placer de estar cautivo del entorno, perdido en soñar expectativas al mirar acercarse a la estupenda urbe, mientras el  típico vehículo lo transportada desde el aeropuerto a la hipnótica metrópoli.

 

Recordó como fue que llegó a la calle de Earls Court Roud, buscando un lugar para mudarse a vivir con Rosa, la bella y abusada Rosa, la niña que tuvo que vivir el rapto del hogar por decreto paterno, como matrimonio, para acomodar, desde su esforzado corazón, sus amargas experiencias en tempranas arrugas.

 

A Rosa la conoció en el hotelito del centro de Londres  al que llegó. Todo empezó en la mañana del día siguiente de su llegada

 

Él se levantó como a las ocho, con el cansancio estacionado en todos sus músculos; sintiéndose despierto con sueño y sin poder dormir más, estaba satisfecho tras diez horas de dormir, aunque con sobresaltos. Auque él siempre dormía bien y mucho. Dormir siempre fue su vicio preferido. Tenía un sofá en donde atendía a sus compañeros de trabajo y se echaba sus pistitos de 10 o 15 minutos. Para él dormir no era cosa que le costara trabajo; amén que lo hacía con enorme gusto.

 

Pensó en hacerse del periódico del día, para leer por primera vez en su vida el periódico en la ciudad del universo en que siempre había soñado estar.

 

Su admiración por los ingleses era algo que creció con él. Amaba su papel en la historia, se admiraba de la fuerza de su  filosofía, que la llevó a crear este estado de ciencia como sistema que llamamos modernismo.

 

Escuchó en el cuarto contiguo el ruido de la aspiradora  y salió al pasillo del hotel a darse una asomadita. Y vio a Rosa, quien aspiradora en mano limpiaba la alfombra del pasillo. Era una mujer atractiva, menuda, bien formada y delgada. Al verlo le dijo:

 

-Ay, perdone. Creí que estaba vacía esa habitación. Apagaré la máquina. ¡Disculpe!

 

Él se quedó , mirándola  sin sorpresa, buscando una explicación para sus palabra correctamente  pronunciada en un español dulce, delicado.

 

-No, no, déjelo, realmente no importa. Lo que quisiera es el periódico del día. – dijo con cierto embarazo, deseando en el fondo obtener una explicación de aquella mujer.

 

-¿Honestamente?, ¿puedo seguir?

 

-¿Eee?,sí. , ¡claro!

 

-Bien. –Dijo para retomar la aspiradora. Pareció detenerse a pensarlo un poco y luego dijo: ¿Quiere que le preste mi periódico? Yo leo el Times, me hace estudiar las formas de hablar bien estructuradas y me ayuda mucho a expresarme en inglés. ¿Quiere?

 

Aceptó y aquello los llevó a una conversación en donde él quedo prendado de ella y ella se aferró a él como a un sueño. Desde chica soñaba con que debería existir un hombre ideal, tal  como ella los pensara antes ser negociada por sus padres con Daniel, su posesivo marido, quien la sacara de su campirano hogar desde los trece años, para imponerle trece años de  servidumbre al egoísmo de su marido.

 

Esa mañana Rosa y él quedaron de verse en la noche para cenar en un el restauran donde empezaran su alucinante carrera Los Beatles, en Picadilly  Circus.

 

Ahí él descubrió que Rosa era una mujer extraordinaria, a la que los hombres no habían tenido la paciencia indispensable de escuchar y comprender.

 

Como a él le llamara la atención todo lo de Rosa, en aquella cena aprendió a conocerla. Se enteró que su padre era un hombre primitivo, su madre un pan dulce que Rosa siempre chupó para pensarse a sí misma, hasta que fue arrancada de ella  por Daniel.

 

Conforme su marido le imponía con capricho sus costumbre Rosa se prometió a sí misma que algún día se habría de liberarse de aquello. Y se propuso encontrar un camino para hacerlo posible. Lo único que se le ocurrió fue estudiar inglés. Cosa en que impuso a su marido desde el cuarto año de casada.

 

Lo que realmente provocó el divorcio fue que ella siempre se negó a darle hijos. Nunca se preñó porque desde el primer coito se lo propuso. Retrajo todos sus óvulos bajo el mandato de su voluntad sobre el destino.  Y se ordenó  no tener hijos. Cosa que obtuvo por pura voluntad, hasta que su marido, sintiendo que terminaba su vida reproductiva, útil, convino con que se separan porque Rosa no le daba un heredero que creciera su hogar.

 

Su manejo fluido del idioma inglés hizo que se dirigiera a Londres. Llegando no le fue difícil encontrar trabajo porque sabía trabajar en el hogar con gran detallismo y eficiencia.  Y fue directamente a ofrecer sus servicios en los pequeños hoteles. Al día siguiente de su llegada estaba trabajando. Hablaba tan bien el idioma que los gerentes creían que tenía años en Inglaterra. Y ella no les decía que no.

 

Durante los tres años que llevaba en Londres creó un pequeño círculo de amigos a los que visitaba durante los fines de semana.  Entonces lo conoció a él y se enamoró, porque llevaba tres años de acostarse con extraños que resultaban finalmente no querer saber de ella más que los días de citas amorosas y las cotidianas frivolidades, propias del superficial transcurso de los días.

 

Él fue para ella como un micrófono, al que habló sin tregua, hasta vaciarse de años de silencio y soledad. Tras articular en quejas su historia silenció un grito que traía cargando de años, hasta quedar exhausta de hablar. Esto determinó que lo invitara a su departamento a las dos de la mañana, en que terminaron de vagar por la ciudad en la Plaza de Trafalgar. Frente a la National Galery se dieron el primer  beso. Sintió su cuerpo menudo pegado al suyo y su respiración mezclara con su aliento. Al retirase de su abrazo se miraron a los ojos y sus cabezas quedaron magnetizadas entre sí, haciendo imperceptibles bizcos al mirarse.

 

Rosa lo invitó a su pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio grande y oscuro, situado en uno de los barrios medios de la Londres del 1800.  Había que apretar un botón y subir al piso siguiente antes de que expirara el tiempo programado y se apagara la luz. Así piso por piso. En el cuarto piso dejaron que se apagara la luz y se besaron por mucho tiempo, en un beso de entrega y descanso uno en otro. Cuando terminaron Rosa prendió la luz e introdujo la llave en la chapa de la puerta.

 

Su departamento consistía en un cuarto con forma de tira que empezaba en la puerta de entrada y terminaba en una ventana a la calle. En la pared de lado izquierdo, cerca de la ventana, estaba la entrada a un baño diminuto, construido a principios del siglo veinte para convertir aquel caserón de cuatro pisos en departamentos. 

 

Tomados de la maño entraron a la pequeña pero intensamente decorada habitación. Y entonces, sentados en la cama, Rosa lanzó un continente de preguntas deseando saberlo todo sobre él, lo que los llevó a las siete de la mañana en que Rosa se percató que tenía que darse una manita de gato para irse a trabajar al hotel.

 

Al día siguiente él dejó el hotel y se llevó sus maletas al departamento de ella. Esa noche durmió con Rosa en la angosta cama. Y en toda la noche no tuvieron sexo. Ella se recostó a dormir en él, disfrutando del resguardo que ella sentía al tener su cuerpo en  la espalda, abrazándola.  Rosa gozó el placer de reposar en esa noche con todos los sueños que tuvo sobre la existencia de un hombre ideal desde los trece años. ¡Su sueño, hecho real dormía abrazándola, pegado a su espalda. Toda la noche Rosa suspiró de placer.

 

El hecho de que él no tratase de llevar la situación al terreno erótico tuvo el efecto de hacer que Rosa se prendara de él.  A Rosa la obsesionaba que su marido siempre tuvo como prioritario el erotismo, y luego no dejaba de recordar la suerte de fantoches que habían asaltado sus sueños en sus relaciones eróticas recientes,  llevándola a la cama con diversas técnicas  durante esos tres años en Londres.  Realmente dejó de creer que no hubiese un fin erótico en toda relación hombre mujer.

 

A la noche siguiente, cuando lo dejó dormido en su cama, Rosa se desnudó en el baño para enseguida irse a la cama. Levantó las cobijas y se deslizó a abrazarlo debajo de las  sábanas. Cuando él la sintió lo fue desnudando, sintiendo latir su corazón en sus pechos y, gozando  la sensual caricia de su piel al deslizar por ella sus dedos desnudos.

 

Después de aquella noche decidieron vivir juntos. Él optó por rentar un pequeño sótano amueblado en Earls Court. Era un espacio muy largo, tenía entrada tanto por una escalera que bajaba a el desde dentro del edificio, como por una puerta de entrada directa de la  calle. Ocupaba la cuarta parte de la planta del edificio, que daba de una y a otra calle. Por detrás tenía un jardín sucio, en donde almacenaban botes con la basura de todo el edificio. Ese fue su nido de amor. Todos los días ella se iba a trabajar, mientras él se dedicaba a vagar por la ciudad, visitando museos como disculpa ante sí mismo, justificando el empleo de un tiempo.

 

Y fueron felices por casi dos meses, durante los cuales Rosa lo presentó con todos sus amigos. Un fin de semana lo llevó a Strattfor on  Abbon a conocer la casa de Shakespeare. En otro fin de semana le invitó al hogar en provincia de una amiga catalana como ella, y que tenía un esposo inglés, artesano de ocupación, quien fabricaba piezas de bisutería vaciando resina poliéster con maestría.

 

El caso es que a los dos meses se interpuso entre ellos la neurosis que él sentía al tomar conciencia de que el dinero se terminaría y él no sabría que hacer para mantenerse y financiar la continuidad del paraíso que vivía con Rosa.

 

Un día tuvieron una escena en donde le gritó que era un egoísta por olvidarse de ella y tenerse a  sí mismo tanta lástima. Y es que así se había transformado el carácter de él, ensimismado en sus inseguridades para incapacitarse en su relación con ella.

 

El caso es que él conoció a un amigo que lo convenció de dejar a  Rosa. El  amigo vivía en un “flat” de lujo  situado en un área mas aristócrata y, dado lo espacioso de su departamento, le invitó a compartirlo en una de las camas gemelas que tenía la recámara para ahorrar un poco, ya que amenazaba con terminársele el dinero.

 

Una mañana, sin decir media palabra sobre sus intenciones, él desapareció del departamento de Rosa. Al llegar en la tarde Rosa al departamento y ver que él se había llevado sus cosas pareció volverse loca. Sintió que se le había escapado el sueño de su vida, que la vida no sería ya la misma sin él, sintiendo la sensación de vivir un parte aguas, tras del cual acababan de robarle su pasado inmediato.

 

Pero a él no le importó porque solo pensaba en la cadena de de detalles que lo separaron  de Rosa.  Huyendo de ello tomó un avión para Barcelona con su amigo, a quien finalmente se le terminó el dinero.

 

Ya en Barcelona se enteró que su amigo era un industrial retirado que vivía en el séptimo piso de uno de los barrios más elegante de la Ciudad Condal. Era todo un piso de mármol nogal y cuero, con cuatro recámaras y una sala con vista espectacular sobre la ciudad.

 

Tal lujo de piso fue el sueño de vida de su amigo. Conseguirlo fue el producto de su éxito como industrial, haciendo cocinas integrales para toda Cataluña. Pero en tal lujoso lugar se tenía prohibida la entrada de su amigo, ya que ahí vivía su mujer con su hija.

 

Su amigo y su mujer no podían ni verse. Se casaron en el pueblo de donde era mi amigo, antes de que este se viniera a la ciudad y empezara a tener éxito con su industria. Ahora la trataba como a una extraña, le hablaba de usted. Ella se refugiaba en la cocina, donde comía, veía la tele y estaba plática y plática con su hija de trece años, a quien nunca pudo él conocer.

 

Llegaron al departamento tras recoger su coche porshe del estacionamiento. El portero lo recibió con un saludo que denotaba agrado. Subieron en un amplio elevador con paredes de caoba. Al abrirse la puerta él se impactó por la madera del piso y el lujo de sus muebles y decorado.  Su amigo  lo dejó esperando en la sala, mirando por el ventanal el condal señorío, con la imagen de La Sagrada Familia coronando el urbano espectáculo. Su amigo se fue a abrir la caja fuerte y sacar dinero para seguir lo más posible fuera de ahí.

 

Como su amigo era un hombre de mundo, seis meses atrás se enamoró de su amante en turno, una modelo de casi uno ochenta de estatura, largo pelo castaño y gustos caros y exuberantes.  Aunque su amigo era un garañón a la amante ya no le gustaba y lo despreciaba públicamente, por lo cual a el le daba por llorar durante horas.

 

Después de salir del departamento con el dinero su amigo lo llevó a buscar una casa de huéspedes, fue donde encontraron la casa que manejaba Pepy en la calle de La Forja, entre Montaner  y  Aribau.

 

Con Pepy fue lo mismo que con Rosa, desde que se conocieron se hicieron amigos, porque Pepy era una literata de nacimiento. Hablaban durante horas de sus cosas, ambos contándose cosas que no acostumbran narrar ni los hombres a las mujeres ni estas a aquellos. Entre ellos se burlaban de las costumbres y las mañas de uno y otro género, platicándose sus intimidades con un cosquilleante descaro que los hacía gozar, uno de otro y de su amistad.

 

Y fue que se le terminó el dinero con que contaba para escapar de México, así que se puso a ayudarle a Pepy con la decoración de la otra casa de huéspedes que estaba ella construyendo en el número 44 de esa misma calle de La Forja.

 

Sacó sus carbones y bocetó parte de la decoración, entregándose de lleno a apoyar a Pepy en la parte decorativa de su nueva casa de huéspedes. Aunque Pepy era una mujer bastante atractiva él prefirió prohibirse cualquier exceso romántico, pensando en el síndrome que lo separó de Rosa. Pepy no solo gustaba de la forma de ser y ver el mundo y la vida de él, sino que le atraía eróticamente su bello cuerpo y sus verdes y aterciopelados ojos.

 

Sentían ambos la electricidad que descargaban entre sí cuando se tocaban levemente durante sus convivencias, por lo que procuraban no hacerlo. Ella aprovechaba al máximo las oportunidades que tenía de verlo semidesnudo en su habitación, pero callaba sus impulsos con suspiros.

 

En las noches él recordaba a Rosa, a la que  se auto convenció de haber dejado porque sabía que no tenía para mantenerla. Amén que él notaba las arruguillas de la cara, la celulitis de las piernas y los indicios de flacidez en los músculos de su cuerpo.

 

Pensaba al respirar en la mezcla de sudor y perfume mediano que Rosa emanaba, tumbada con él en la cama a las dos o tres de la mañana. Recordó los almohadazos a que se le dejaba venir por las mañanas, jugando a las guerritas. Añoraba la forma en que se abrazaba a él por las noches o el apretón de su mano al despertar.

 

Rosa siempre estuvo ahí para adorarlo. Hasta que él se sintió empalagado y tuvo que buscar su propio espacio. Cuando ella regresaba del trabajo era para consumirlo, para reinventar en él sus fantasías, gozando intensamente el presente de vivir con él.

 

Al fin realmente comprendió él  por qué la había dejado: porque experimentaba los mismos miedos de entonces, de no ser nadie ni tener ilusión, fe con que generar un hogar, se atormentaba con obsesos pensamientos, comparaba lo que eran otros y lo que era él, desesperado de la falta de perspectiva en que quedaba estando fuera de la Ciudad de México. Le deprimía al grado de la melancolía revivir la situación de Rosa con Pepy.

 

Y ahí comprendió que lo que le pasaba es porque su viaje llegaba a su fin. Se cerraba el espacio maravilloso que se iniciara cuando emprendió su camino por Europa. Supo que a Rosa solo tocaban unos meses de su vida, para terminar un periodo de su vida, a sus 39 años, cumpliendo un ciclo con toparse con sus propios mitos.

 

Lo adoró mientras fue suyo. Hasta que sus miedos y debilidades lo llevaron a enmielarse de ser un dios y  le obligaron a escapar de ella.

 

Lo aceptó: Era que terminaba el viaje, para dejarle clavado en el corazón el recuerdo de Rosa y su asombro ante la persona de Pepy. A la cual él decidió erigir en su propio mito.

 

Entonces escapó a la Ciudad de México.