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Toño Chico A elebro.net Mientras manejaba hacia la empresa, a cumplir
con sacar adelante los retos y problemas de cada día, pensaba como cambió su
vida desde la muerte de su padre, hacía cinco años. Recordó el desconcierto en que quedó su mamá.
Quien al fin fue libre para ser ella misma y no supo que hacer, al sentirse
sin la vota de las antiguas costumbres
mestizas, herederas en el modo de pensar de Antonio, su marido, mestizo mexicano que se vengaba de ser un
segundón abusando de su mujer. Al faltar su padre, Elena su mamá se encontró
en un laberinto, al frente de un hogar al que estaba acostumbrada a asear,
dar de comer, ser la responsable de
cada uno de sus hijos, procurando todo lo que requerían para el día
siguiente. Pero también estaba acostumbrada a hacer todo
lo que mandaba su marido, pues para ella, el matrimonio fue como un
instrumento de compra: como mujer dejó de tener la obligación de ser ella
misma, para convertirse en esclava del marido y en servicio del hogar que él
generaba en hijos y ella cargaba. Pensó en el día, hacía diez años, en que su
padre se peleó con su hermano mayor, Enrique, quien tenía dieciocho y era igual de orgulloso que su padre. Desde entonces, hacía 120 meses él, Toño Chico, hubo de convertirse en el defensor de su madre, obligado por honor ante la
tiranía y las exigencias de su padre, quien era un trabajador modelo ante la
sociedad, pero un dictador esclavo de su mentalidad machista en el hogar. Entonces sintió la mole del enorme camión, como
se le vino a golpearlo en el costado de su auto opuesto a él, para dispararlo
brutamente contra el marco metálico de la ventanilla de su lado, produciendo
aquel tronido en su cabeza que lo desconectó, sin ver que se le venía encima
el costado del automóvil. ¿Cuándo dura la vida? ¿Comparada con qué? ¿Cuanto estuvo desconectado? Fueron minutos o
siglos de abismos que transcurrieron por su conciencia, que no recordaba el
cuerpo pero que no dejaban de participar en los cósmicos acontecimientos que vivía
simultáneamente en su interior y en el universo todo. De pronto despertó dentro de si mismo. Veía la
cara de los operarios del gato con que trataban de separar la lámina de su
cuerpo para lograr rescatarlo. Un dolor en la nuca lo privó de nuevo. Y nuevamente
sintió una inmensidad que se debatía en su interior, como si su piel pusiera
un límite a millones de galaxias creando espacios, discurriendo para ocupar
todos sus interiores sin lograrlo. La ambulancia devoraba las calles trazando una
estela de sonido. Lo llevaban al hospital a la velocidad de la esperanza,
mientras él procuraba mirarse a si mismo amarrado por aquel tamal protector
en que lo metieron. Por un instante dudó que tuviera cuerpo. ¿Sería un tamal
a punto de morir? -Se nos va- dijo uno de los paramédicos
acercándose al accidentado mientras le tomaba el pulso. La enfermera que lo acompañaba le inyecto un
calor en sus venas que le provocó un mareo, en el cual se recostó a
emborracharse de todo lo que le pasaba. Recordó que venía de dejar a su hermano en la
central de autobuses. Regresaba a Saltillo, donde trabajaba desde hacía diez
años en que se fue del hogar porque odiaba
su padre. Vino al entierro de su madre, quien nunca pudo vivir
tranquila estos cinco años que sobrevivió a su padre. Lo único que pudo conservar fue la casa, por
que el dinero que tenía su padre lo invirtió en inutilidades que siempre había deseado. El primer año de viuda fue para ella una
sorpresa. Su nueva condición resultó al principio un misterio. Al segundo años se sintió dueña de toda la
herencia, con un poder insospechado y maravilloso ante todas las carencias
que le impuso su difunto, ¡y sin tener porqué mantenerlas! Y empezó a gastarse todos los intereses que le
procuraba la herencia de su marido. Una gran satisfacción se apoderó de ella,
sintiendo la libertad de tener con que sin deber de pedir, evitándose el asco
que le producía el pensar en acercársele a su constante ofensor, para pedirle
y poder sacar adelante el hogar. Recordó a su padre, bohemio, egoísta,
mujeriego, y a su madre siempre aguantando, en lucha contra su monstruoso
marido para que no golpeara a sus hijos cuando llegaba tomado. Se miro crecer
junto con su hermano, apoyados uno en otro y ambos por su madre. Teniendo que
luchar por si mismo, siempre junto con su hermano Enrique, esto desde que
tomó conciencia de si mismo en el rumbo de La Merced, vagando con sus cuates
entre los coches. Entonces alcanzó a percatarse de que le
hablaban a él, tanto el paramédico como la enfermera, luchando insistentes
para que no se durmiera. Pero los percibía lejanos. Sus voces semejaban
lucecillas que difícilmente se dejaban ver. Entonces llegaron al hospital, abrieron de
golpe ambas puertas traseras de la
ambulancia y bajaron la camilla con ruedas para correr por los pasillos,
rodando con angustia hacia el quirófano. Y recordó como su madre cumplió con aquello que
se dice de que quien no sabe hacer dinero no sabe conservarlo. Con el tercer,
cuarto y quinto años de su viudez s termino por
dilapidarlo todo. Vestido, viajes a Europa, a Sudamérica, tratando de
conocerlo todo y de estar vestida como toda su vida de casada soñó. Cuando ya
no tuvo nada más que la casa familiar su madre empezó a envejecer; hasta que
decidió morirse, antes que volver a dejar de tener lo que siempre soñó y ella
se había dado en esos tres años. Así que decidió morirse. Nuevamente lo envolvió un silencio,
sumergiéndolo en ese cosmos donde era nada, pasando a existir dentro de lo no
explicable o comprensible. Y en donde, sin embargo, todo lo que acontecía
resultaba ser mucho más importante que toda su vida en este mundo. -Aplastamiento de cráneo doctor, -dijo el
paramédico: No obstante que fue prensado en todo el cuerpo, creo que los
miembros y la caja están bien, es en la cabeza donde veo el problema, se
golpeó en la parte latero posterior, mire usted. Lo pasaron a la plancha de operaciones entre el
paramédico y tres doctores que les estaban esperando. Y sintió el calor de
3000 watts en el rostro. Enseguida un galeno se
inclinó sobre él, hurgando por su
estado de su conciencia, alumbrando el fondo de su pupila con una
linterna de lápiz. Alguien le rasuraba la cabeza con una máquina
eléctrica. Entonces sintió el efecto de la anestesia que amodorraba todo su
cuerpo, mientras él caía en un pozo profundo, infinito, sin retorno. Ahí se
acordó de su madre y se durmió para siempre. |