Amiga:

 

 

Recién descubrí algo y quiero revelártelo, amiga.

Resulta que la vida es una trampa

                    que nos entregó al pecado

por querer.

 

Por desearnos unos a otros  con egoísmo

pasamos del amor al rencor, al silencio y la revancha.

Empezamos por  poseernos,  para apoderarnos y usurparnos.

 

La vida es un pecado porque inventó la otredad con el sexo.

                      Y con ello nos dividió eternamente.

 

Eternamente separados avanzamos literalmente ahorcándonos.

                   Con nuestras culebras, ideas-persona en lucha,

cachondeamos nuestras desnudeses hasta que saciamos todas las dudas.

Publicamos nuestras confesiones de hartazgo,

revelando todos nuestros instantes y lugares secretos.

 

Ahora sé, amiga,

por qué nuestra amistad es más grande que todas las separaciones.

Nuestro vínculo lo es todo, hasta sexual sin un significado físico.

Y esto es extraordinario

                                       en el sentido       

que resultas ser una ventana,

                               a la que     suelo asomarme

para verme en ti;

para descubrirme en todo lo que te mueve.

 

Contigo   la palabra aprende a platicar,

a interconectarse de significados. Impulsos tejidos

en charla, para rajar el zumbido de ronroneos con amor sincero.

 

Platicando a tu silencio encuentro mi libertad,

olvidando el cómo me pensé

para recabarme de ti y renovarme en palabras

                                            sabiendo que escuchas.

Pude renovar mi voz en ti, escuchándote,

descubriéndome verbo, en ti, con un fondo igual al mío.

 

Ahora soy así porque me abandoné a encontrarte,

me precipité lanzándome hacia ti; ¡para recordarme,

para repensarme con todo cuanto en ti me descubro!