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Amiga: Recién descubrí algo y
quiero revelártelo, amiga. Resulta que la vida es
una trampa que nos entregó al pecado por querer. Por desearnos unos a
otros con egoísmo pasamos del amor al rencor, al
silencio y la revancha. Empezamos por poseernos,
para apoderarnos y usurparnos. La vida es un pecado
porque inventó la otredad con el sexo. Y con ello nos dividió
eternamente. Eternamente separados
avanzamos literalmente ahorcándonos. Con nuestras culebras,
ideas-persona en lucha, cachondeamos nuestras desnudeses
hasta que saciamos todas las dudas. Publicamos nuestras
confesiones de hartazgo, revelando todos nuestros
instantes y lugares secretos. Ahora sé, amiga, por qué nuestra amistad es
más grande que todas las separaciones. Nuestro vínculo lo es
todo, hasta sexual sin un significado físico. Y esto es
extraordinario en el
sentido que resultas ser una
ventana, a la que suelo asomarme para verme en ti; para descubrirme en todo lo
que te mueve. Contigo la palabra aprende a platicar, a interconectarse de
significados. Impulsos tejidos en charla, para rajar el
zumbido de ronroneos con amor sincero. Platicando a tu
silencio encuentro mi libertad, olvidando el cómo me
pensé para recabarme de ti y
renovarme en palabras sabiendo que escuchas. Pude renovar mi voz en
ti, escuchándote, descubriéndome verbo, en ti, con un
fondo igual al mío. Ahora soy así porque me
abandoné a encontrarte, me precipité lanzándome
hacia ti; ¡para recordarme, para repensarme con todo
cuanto en ti me descubro! |