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EL SENTENCIADO Despertó sudando de
aquella horrible pesadilla y se negó a recordarla. Algo interior profundo
rechazó el contenido de aquel maligno sueno, olvidándolo. Y Arturo se levantó
rápido del camastro, como escapando de la muerte. Miró la celda en que
estaba, solo. En toda la noche
no había querido apagar la luz por miedo a lo que llegaría mañana. Le
obsesionaba una idea fija. No podía borrarla del cerebro. En la pared de
enfrente se veían todas las fotografías que le quedaba de lo que algún día fuera
su familia. Don Aurelio, su abuelo estaba sentado en el caballo con que
llevaba la leche todo los días a las colonias periféricas de la ciudad. A la
derecha estaba la foto de bodas de sus papás. Él con su sonrisa de triunfo y
dominio, ella sin que las arrugas del sufrimiento se comieran aún sus ojos y
marchitaran su cara. Estaba él a los
quince años. Cuando probó la mota por primera vez. Luego había una foto de
Rodrigo, quien le llevara a las fiestas para hacerlo gastar hasta que tuvo
que meterse de trafique para pagar la cocaína que tanto le gustaba. Recordó cómo se le
echo encima el monstruo de guardia aquel, que lo obligo a encajarle el puñal
en el estómago para librarse de él cuando se le vino como un animal. Un guardia de cara
sudorosa llegó al frente de su celda y clavó su mirada en lo que Arturo
hacía. El dejó de mirar sus retratos para recordar la terrible verdad: venía
a llevárselo. Esa mañana debían de ejecutarlo en la horca. El guardia lo
aherrojó con finas y fuertes cadenas en los tobillos y las muñecas, para
llevárselo caminando por aquel pasillo de tragaluces, iluminado por el amanecer y los focos de luz de
neón juntamente. Llegaron al recinto
funesto. Las gentes que estaba ahí lo veían, todos y uno a uno. Y él sintió
el peso de todas sus miradas en
el corazón, con pesadumbre por si mismo. Aunque a su corazón propiamente lo
poseía ya el sobresalto. Arrastrando los pies
subió los peldaños de su sentencia, hasta llegar a la plataforma, al centro
de la cual, debía pararse. El guardia, que lo encadenara y condujese a aquel
lugar fúnebre, acomodó sus pies en el lugar exacto en que él deseaba que el
reo los colocara. Y sintió el jalón de
la muerte en su cogote, exprimiendo su existir. Entonces despertó
sudando de aquella horrible pesadilla y se negó a recordarla. Algo interior
profundo rechazó el contenido de aquel maligno sueño, olvidándolo. Y Arturo
se levantó rápido del camastro, como escapando de la muerte. |