Morir
es el momento del miedo, porque llegamos
vacíos, sin méritos y poseídos, porque no sabemos reposar en el
suelo, desnudos. Deberíamos prepararnos para enfrentar la muerte
con valores en mano, sin tantas dudas, sabedores de que portamos
principios cumplidos como testimonio; porque entregamos vida por aquello que
esperábamos contar para después de irnos. Tememos porque el mundo nos posee en deseos sin
significado, nos devora en lo que amamos y deseamos sin hacer vida y
cultura interior, tememos
por no ver, por nos haber comprado valores para la vida
eterna. Así nos acercamos al viaje sin
acumular para comprar el boleto a un destino trascendentemente
deseable. Y es que, ante lo irremediable, el temor es
quien nos condena, sumergiéndonos en el dolor y la desesperanza
ciega, incapaces de ver la alegría que llega a quién parte de
aquí con fe, porque dio. Llegar al gran viaje sin haber juntado un itacate de méritos es caer, precipitarse en la vorágine de todos nuestros
remordimientos, para convertir en dolor la verdad, de la vida eterna en Dios. |