Morir

 

es el momento del miedo, porque llegamos vacíos, sin méritos

y poseídos, porque no sabemos reposar en el suelo, desnudos.

 

 

Deberíamos prepararnos para enfrentar la muerte con valores en mano,

sin tantas dudas, sabedores de que portamos principios cumplidos como testimonio;

porque entregamos vida por aquello que esperábamos contar para después de irnos.

 

 

Tememos porque el mundo nos posee en deseos sin significado, nos devora

en lo que amamos y deseamos sin hacer vida y cultura interior,

                                                                                                     tememos por  no ver,

por nos haber comprado valores para la vida eterna. Así nos acercamos al viaje

sin  acumular para comprar el boleto a un destino trascendentemente deseable.

 

 

Y es que, ante lo irremediable, el temor es quien  nos condena,

sumergiéndonos en el dolor y la desesperanza ciega, incapaces

de ver la alegría que llega a quién parte de aquí con fe, porque dio.

 

 

Llegar al gran viaje sin haber juntado un  itacate de méritos es caer,

precipitarse en la vorágine de todos nuestros remordimientos,

para convertir en dolor la verdad,  de la vida eterna en Dios.