Antes de que la mar existiera privó el fuego.

 

Salimos

de la explosión primigenia que brotó -en espacio- tiempo.

 

Por ello nuestro carácter es de índole variable creciente y explosivo.

 

La paciencia es la conquista suprema del saber: hacer la voluntad del Águila.

 

Y fue que todos salimos entonces del mar, porque la tierra existía.

Y esta fue buena para el hombre y este la llamó paraíso universal.

 

Pero sucede que lo natural es que cada hombre por vivir tenga su culebra.

Tan cierto esa como que nacidos somos herederos de la mente universal.

Y como nos vemos nos creemos y nos hace creer la sociedad, adaptándonos

a si misma y volviéndonos una culebra por la que nos pensamos para vivir.

 

Somos hijos de la vida convertidos a culebras.

El conocimiento es encontrarme a mi mismo y sabiduría es

entender la sociedad en su ser de camino asía la conciencia del otro

                  que –como yo- experimenta y lucha la vida socialmente.

 

El saber y el conocimiento conducen a la eficiencia operativa

                                   o grado de comprensión de los demás

                                   y capacidad de darles.

De darles su lugar a cada cual de los que soy  el otro, en sociedad.

Para luego tomar el propio lugar, con ganancia y sin menoscabo

                                 de mis socios de acción histórica.

La vida social es una simple regla de cortesía regida por el amor al otro.

 

Es que en la conciencia se acumulan en fórmula crítica

                        los conocimientos

para reaccionar entre si

               con carácter mágico extensivo imaginario infinito:

 

Porque todo conocimiento nos lleva a ser otro en cuanto otro

y

en ello

es fascinante transformador,

evolutivo, expectorante operativo

                                      y mágico mutante.

 

Porque nacimos en la mar primero fuimos peces, como lagartos

trepamos la tierra para transformarla -con mutación de búsqueda-

hasta nosotros mismos los hombres del siglo veintiuno.