La sonrisa de Folial Al maestro Ghelderode. Pulido para gustar a Enrique, Gigi y Pepi. Hay seres que
nacen sin piel, viven
en la nada y
se alimentan de sueños. En la cama del hospital yace don Chema, el
actor demente. El ayer se veía mejor que el hoy en sus facciones.
Era como si el mañana acortase sus instantes para él, como si el tiempo
viviese al enfermo con una totalidad imperceptible para los demás. En aquellos ojos se abría un hueco, cual
rendija a la nada... Él miraba atrás y oculto, dentro. Sus objetivos estaban sensiblemente
más allá de lo real, sin centro. Permanecía tumbado en la cama, en total dejadez
de su persona, apuntando con la mirada al techo, indefinidamente infinito. El hospital se antojaba sumergido en una pausa
del tiempo. Como si las fuentes de la vida estuviesen en suspenso. Fuera, la
noche apacible se encaramaba en las paredes, lamiéndolas con sus tentáculos
de sombras y susurrando una oda
al silencio. En el interior los médicos realizaban su rutina eficaz. Era como
un hormiguero a tiempo, gobernado por un corazón activo. Apenas transcurrían unos minutos del paso de la
enfermera por su cuarto. La atención de quienes trabajaban en el piso del
paciente buscaba la puerta de la habitación del ilustre enfermo. Algunas enfermeras, incapaces de resistirse a
la tentación de verlo, inventaban motivos para ir por ahí y mirar a través de la ventanilla. Dos galenos asoman por el vidrio, comentando: -Hace ya tres meses que lo trajeron. Es difícil
creer que sea el mismo que nos sorprendiera actuando. Lo trajeron con
delirios. Perdió el juicio durante su última función. Llegó despertando gran
curiosidad. Todo mundo fingía pretextos para pasar a mirarlo. Anoche sufrió
una crisis comentada por todos. -Por eso vine a conocerlo. Me dijeron que había
dicho: "Estoy mirándome en todos los que soy atrás." El galeno miraba al enfermo con
sonrisa atenta. -Es extraño- dijo el otro médico, -cuando lo
trajeron estaba en shock, perdido. Ya no vivía en nuestro plano. Esa mirada
suya, que durante sus representaciones nos pareciera estremecedora, vaga,
extraviada. Da la sensación, por las alucinaciones que sufre, que su espíritu
estuviera pasmado entre mil argumentos, en los que vaga diluyéndose en
sucesivos personajes. Es maravilloso cómo viene actuando, en roles progresivos durante estos meses. Creo
que con sus crisis habitaron su mente todos esos personajes que representó en
el escenario ¡para deleite de cuantos tuvimos la suerte de ser los
espectadores! En ese momento el enfermo lanzó su mirada
alerta al techo, ventana a otra vida o gran cinescopio, que exhibía,
simultáneos, los roles de todas sus existencias. ¡El gran actor aguardaba el
momento de abordar una escena definitiva! ¡Su escena de destino! -En la crisis de ayer se agitó más que de
costumbre, comentó uno de los médicos. -Lo poseía una especie de alegría
salvaje. Decía que, al final, retornaba al principio..., que todo se
acomodaba para la escena de su último encuentro. Al decir esto su alma de
artista irradiaba, con nitidez desbordante, un gozo interior que a todos nos
afectaba. Quienes lo atendíamos nos sentimos incómodos. No acertamos rechazar
el contagio cosquilleante de su placer, proyectaba un gozo que resurgía en
nosotros, pegajoso como miel. Lo auténtico de sus impulsos nos llenó de
alegría. Las enfermeras reían, seducidas por el extraño encanto de Don Chema,
que desbordaba incontroladas
risas. El enfermo, ajeno a la charla de los médicos,
seguía con la mirada clavada en el techo, alerta ante el momento de su
entrada a escena. -También yo caí prisionero del juego.
Controlándome, me acerqué al enfermo, buscando con alarma detener
aquello. Las enfermeras lloraban
de risa, cual irresponsables mocosas, reían y algunas palmoteaban de entusiasmo.
Tomé firme al paciente de un brazo y le dije: -Don José... Don José,
reaccione, contrólese. No se pierda. -Él, apartándose un instante de su regocijo
desbordado, miró hacia mí, concentrándose. Me interrogó desde el fondo de sus
ojos y, hecho una mueca, musitó: -¿Quién eres? Me sentí absurdo. Perdí la visión de mi papel
profesional ante aquella mirada. Y no supe responder. No acudían a mi cerebro
más palabras que mi nombre. Y no
acertaba a comprender qué significado podría tener para el enfermo. A quien, por
primera vez desde que llegara, lo sentía conmigo, mirándome. Coordinando mi
cerebro respondí: -Soy el médico que le atiende. -¿A mí?-, me interrogó extrañado el actor. -¿Y
quién soy yo? Aprovechando la pregunta quise saber qué
personaje pasaba por su mente y le exigí una respuesta a su duda,
inquiriéndole a mi vez con su misma interrogante: -¿Usted? ¿Quién es usted?
¡Dígame! Me miró extrañado de que yo no supiera quién era y, mientras se
dibujaba una demacrada sonrisa en el semblante, respondió: -¿Quién soy yo? ¡Y quien más podría ser yo que
el payaso real? Soy Folial, el
bufón real, ¡naturalmente! -Al decir esto iluminó su rostro con una mueca,
tan cómica, que desde el fondo de mi corazón emergió una carcajada alegre,
para extenderse por mi cuerpo con gozo delirante y un escalofrío. Al sonido
de mi risa el actor reflexionó y, como si hubiera decidido algo, con una gran
firmeza nos demandó a todos silencio, indignado, para luego exigirnos
abandonar su aposento, con un gesto que no admitía réplicas. Todos, sorprendidos y casi
avergonzados ante su figura formidable, obedecimos cual tiernas criaturas. Cuando todos salieron él se tumbó en la cama,
dejando huir nuevamente su mirada hacia sus planos personales, tras la nada. Interrumpe la conversación una enfermera, quien
trae la cena del enfermo en una charola junto con un periódico, que mostró al
más experto de los galenos. -Aquí está el diario que me encargó, doctor.
Tenía razón, sí lo publicaron... El aludido extendió el ejemplar, buscó y leyó
con avidez el siguiente artículo: "¿Qué es de José María Trueva? Tres meses
hace ya que el primer valor de nuestra escena sufriera su crisis nerviosa.
Representaba el papel de Folial en esa obra con la que tantos éxitos
alcanzara esta última temporada teatral. Seguramente los que gustan del
teatro recuerdan en su última obra a José María. Representaba el papel de un
bufón, Folial, amante de una reina frustrada, en una corte cruel e irreal,
gobernada por un monarca loco de impotencia y enfermo de celos. "Todos recordamos aquella noche en la que
José María perdió el sentido durante la escena culminante del drama. Se
hundió en una pausa, un silencio espectante. Sus compañeros no acertaron
volverlo. Recuerdo al gran Chema de aquella última función perdida en pausa. El desconcierto invadió la
sala entre comentarios y sorpresa. La función fue interrumpida. Recuerdo a
José María llevado al hospital psiquiátrico. "Estuve ahí, en contacto con su locura,
escuchando para entenderlo. Lo único que puedo decir es que José Maria vive
con fe su locura; cree en cuanto sueña tanto como cuando dio alma a sus
personajes: con total vivencia. Dicen quienes lo atienden que nuestro José
María cambia regularmente de nombre. Vive personalidades diversas a las que
se entrega de mente a acciones imaginarias. Cuando agota uno de sus
personajes cae en crisis. Tras éstas viene un cambio en el campo ideal de su
ser. Por su vida mental es otro. Yo me pregunto, ¿cuál de todos esos
personajes es el actor? "¿Dónde quedó él y dónde su personalidad?
¿Quién es dentro de los personajes que ahora lo poseen?" La enfermera llega al lecho del paciente. Le
dice: -Señor Folial. Señor Folial, don Chemita, soy Cuca. Le traigo su cena. -Cené dolor en el lecho mortuorio de mi reina-,
le respondió una voz ronca, cansada, harta de su amargura. -No sea así, Don Chemita, ya ve que se le
quiere. Tómese este atolito. No me salga con que se me va a morir por no
comer. El enfermo estira sus pupilas y la ve como mira
un loco a quien inventa una máxima acertada. Él sabe aquella mujer hace todo por su bien. Y
que lo trata de ayudar. Pero ya no cabe en él aquella realidad, aquella
estéril fantasía del consumo de lo real como libertad. Además, bien sabía él, Folial, que la obra
estaba representándose mientras esperaba por él, para la escena de su último
encuentro con el rey. -Cené la agonía de vivir la muerte de mi
reina-, gruñó molesto. Y borró sabiamente a las enfermeras para recluirse en
su interno. Ahí tornó al gran salón del trono, en donde el rey aguardaba... Toda la enfermedad de la reina y ahora, con la
gravedad, su majestad imperial se mostraba inestable, retraído, desatento a
sus farsas y muecas. Pareciera odiarlo. Exigió su presencia urgentemente. Folial presentía
lo peor. Rodríguez, quien por desgracia conociera de sus relaciones con la
reina, lame ahora el plato del favorito del monarca, bajo la mirada
complacida de éste. Desde que Rodríguez intima tanto, el rey olvido la
sonrisa malévola tras una mueca de dolor. Ya es imposible arrancarle una
sonrisa. Aún hilvanando ocurrencias con estupideces nada le divierte. Ni
tornando la vida en tropezón, espectáculo o pirueta lograba
entretenerlo. ¡El rey no ríe!
¡Algo muy serio está ocurriendo!
Ya estaba frente a la puerta del salón. Dentro
dormía pesadamente un silencio que le abrazó el corazón. No había luz. Bien
sabía lo que esto significaba en el ánimo del monarca. Tomó el picaporte,
giró y fue dentro. Una sensación malvada, que le había estado
aguardando, lo invadió en silencio. -¿Señor? -¡Entra, amigo mío, queridísimo gusano!-, silbó
desde su garganta el rey, lento, en un oscuro rincón del trono. -¡Ay, mi señor!... Me pesa veros tierno y
alegre el día de la muerte. Aunque temo no estar de humor para entretener
reyezuelos. Mi humor es pésimo esta noche. Créame vuestra demencia, mi único
consuelo sería divertir a un rey de vivos y no de muertos, esclavos de la
locura. No crea sire, la muerte
es, después de todo, la última sonrisa con que entregamos la vida. Puede ser
algo bello, como la libertad de nosotros mismo... La muerte es sonrisa del
mal sobre la vida. -¿La muerte?... ¡Ah! Qué
inspirado vienes. ¡Bravo! Así que, ¿qué es pues tu muerte,
amado Folial? El monarca clava la mirada en el cerebro de
Folial. -Es la última sonrisa de su vida, monseñor. -¡Bien, bien, bravo!, ¡hurra!, sí, sí, sí....
Porque ahora tú vas a hacer que
yo ría, vas a convertirme en carcajada, en catarata de alegría, hijo mío.
¡Qué bello es ser malo! ¡Como amo la venganza! Porque al fin vas a liquidar mi agonía. Hazme reír ahora tú a mí. Libérame de mis
dolores Folial. -¿Por última vez, señor? -Como siempre tienes razón, caro. Aunque esta
vez, oficialmente, al auténtico bufón de la corte le toca ser el rey; ¡al
fin...! Yo aquí termino de ejecutar mi dolor; ¡gozando el espectáculo de tu
última sonrisa, mono erótico! ¿Conoces a Rodríguez? -¿Os referís al falsario y merodeador de
fortunas que últimamente tanto os divierte? -Me refiero al delator del juego conocido. Hablo
del interés que desenmascaró las sonrisas de la noche, de la corte;
precipitando mi ridículo en
estéril denuncia. ¡Y venir hacerlo ahora, ante a la muerte de quien
tanto amo en su pecado? ¿Vos... luego, ¿conocíais? -¡Siempre!, ¡desde el primer aliento que no
tuve!, padeciendo el filo de cada detalle, destrozándome. Ahora la reina ha
muerto, querido. ¿Ves qué fácil?
Para ella fue siempre
así: "fácil". Mi oficio en cambio es arduo, lento, corrosivo. Morí
entre secretos y sonrisas, reventado de tragar murmullos. Soporté las
sonrisas de la corte como verduguillos. ¡Mira! Se me ocurre que hasta en esto
me vas a sacar ventaja tu a mi: tu muerte va a ser algo simple y rápido. Será
aún más rápida que la de ella.
¡Suertudo! También tú partirás sin llagas, sin padecer la hoguera de
murmuraciones. Te largas sin gustar el amargo brebaje que me corroe,
deformándome con arrugas ¡hasta transformarme en fea máscara! El soberano, dueño total del destino, respira
intensamente antes de dictar sentencia. -Así que... ¡bravo! El bufón de las
murmuraciones ordena la muerte del aprendiz, o bufón oficial, de esta hiena
erótica que fabricó mi ridículo... Al fin respiro ya un aire que me
pertenece. Tu dolor me da el aliento para reír. Me urge dejes de existir hoy
mismo, porque hoy decidí asesinar mi ridículo; a esa fiebre cruel que devoró
mi humor. ¡Ay!, cómo gozaré al ver extinguirse la llama vital de tu cruel
egoísmo. Tú, víbora erótica, ¡acércate! Arrástrate a mí, ¡nauseabundo amante
real!, !mi queridísimo gusano! El rey le acaricia la cara. Y sus dedos sienten
las lágrimas del condenado. -¿Sabes una cosa, caro mío? Resultaste pésimo alumno para sufrir.
Veo que te duele la ausencia de mi reina. ¿Tú qué sabes?, caro. Si sufres, ¡empiezas! Yo culminé ya
todo mi dolor en la sentencia que te espera. ¿No puedes sufrir todo el dolor
que cargo ahora? Cada instante de vuestra pasión impura está clavado en mi
corazón de niño, ¡como agujas!
Durante estos largos años fui menos que el más infeliz de mis súbditos.
Vuestra voluptuosidad me obligó al papel de bufón del reino. Ahora, cuando un
miserable indiscreto forza hacer luz de los murmullos, oficialmente no me
resta, en mi dignidad de rey, sino darme a respetar por enterado, y castigar
tu impudicia ejemplarmente. ¡Anda! ¡Aún pierdo! Mi reina te requiere ahora en
su lecho mortuorio. Corre a morir, anda, ve, porque ya me corresponde a mi
volver a ser el rey; ¡y no
"el bufón de la corte"! El silencio, pesado, cubrió lo tocable. Los
susurros y los gritos del rey aún resonaban en el gran salón, penetrando todo
con la expectación de la sentencia. -Hasta aquí llegó mi dolor. ¡Dios! ¡La muerte
también es un bálsamo para nuestras heridas...! ¡Cómo sufrí esta llaga
insoportable de los celos! Ahora, simbólicamente, te ejecuto con mi dolor.
¡El rey bufón concluye sus bufonadas con tu ejecución! Y ya..., ya está
dictado el futuro, cual bálsamo de olvido, caro. El verdugo ase el cuello de Folial bajo sus
garras de vértigo. -Ahora sí, caro, deja a tu mal consumirse en
risa. Saca a temblar todas tus entrañas, con las angustias que te
encajan a tus deseos de vida. Y
tú, verdugo, cumple tu oficio.
Has de reír, Folial. Libérate del mal de vivir, ríe tu vida hasta morir. Suelta a carcajadas
las cadenas de estar vivo. Y déjate ir en risas. Busca ser la carcajada y
muere; ¡ya déjame vivir a mi! Tu
vida me confundió, me ahogó en envidia. Y aquí, ahora, debe llegar a su fin.
¡Bendita alegría de matarte! Aprieta maldito verdugo, aprieta. Y tú ríe, ríe,
ríe amado Folial. Ríe maldito. -Doctor, doctor, el enfermo ríe frenéticamente.
Su risa a todos contagia. Nos llena de gozo. Suena en todas las salas del
piso. El área psiquiátrica es un circo.
¡Ja, ja, ja!, qué chistoso: "el área psiquiátrica es un
circo", ¡ja , ja ja...! Asustada y aún riendo, tomó al doctor por el
brazo. Temblorosa lo jaló a las escaleras. Por ellas se precipitaron.
Llegando al piso psiquiátrico corrieron al cuarto del actor enfermo, abrieron
la puerta y.... la risa había cesado. Sólo el rostro del actor sonreía. Su mirada hecha cristal se aferraba a un
firmamento convertido en techo, que él imaginaba estrellas, riendo. |