MONÓLOGOS

 

 

UNO

Me quedé viendo la mano porque me asustó ver sus arrugas. “¿Cómo que esta es mi mano?” –me dije espantado-: “¿tan arrugadísima?” “¿Cómo vino a pasarme esto?”, “¿porqué?” –interrogué  compulso ante mis manos.

 

Pensé: “es  que entonces..., ¿ son estas las consecuencias de la vida? ¿Vivir termina es tamañas arrugas?”

 

Voy a mirarme al espejo para ver en mi cara porqué está así mi mano, -me dije y caminé por el corredor.  -Ya estoy cerca del baño. “¿Pero cómo es que no recuerdo mi cara?”, me interrogo caminando y exclamo: “¡No la recuerdo!”

 

-¡Claro que la recuerdas! –me respondo- ; ¡como no vas a recordarlo! Lo que pasa es que no recuerdas tener una cara acorde a como te viste de avejentada la mano.

 

-Pero es que:  Si cuando me rasuro, y bajo la quijada cerrando la boca, buscando estirar la piel de mi cara al máximo, ¡me veo aún lisito!- exclamo.

 

Entro en el baño. Aquí está el espejo. Me veo: ¡Chín!;  ¿quién es ese cuate?. ¿De donde sale?

 

-¿Cómo de donde sale baboso? ¿De donde crees que va a salir? ¡Ese eres tú!- me dice sarcástica una voz interna.

 

Y yo aún le  alego: -Pero si cuando estiro la cara bajando la mandíbula se me pone lisita la piel...

 

Siento su mirada burlona encima de mi: -¡Como te gusta hacerte tonto hijo mío! –dice en tono intolerante. Eres bien mamón. Te fascina el autoengaño. Te encantan las chaquetas mentales... Anda pues, estira la cara y mira que te pasa, hijo mío.

 

-¡Chin!, ¡mi cara!¡ Mi hermosa carita!, ¡¿qué te pasó, bien mío?! -le digo a mi cara: - ¿A dónde fue la determinación de tus gestos, la belleza de tus expresiones. ¿Dónde está la seducción de tu mirada y el lustre de tu cabello?

 

Ella me contempla tan azorada como yo, sin acertar a responderme nada.

 

Con desconsuelo clamo -¿porqué ya no se me pone lisita mi piel, por mas que la estiro extendiendo la quijada, amado rostro?  ¿Cómo es que me vino a pasar esto?...- Y sollozo por el tiempo que cargo en mi rostro sin atreverme a mirar que envejezco.

 

¿Cómo estuvo que me fueron pasando tantas cosas como mi rostro muestra,  grabadas con tantas arrugas y manchas? ¿Porqué?, ¿cuando?

 

Dentro de mi han vivido todas las preguntas. En nosotros moran todas las respuestas. Preguntas en respuesta, para quien clama a todos los  vientos de la memoria en que escucha.

 

Me pregunto a mi mismo donde me perdí que no recuerdo mi envejecimiento. El recuerdo de mi identidad se oculta tras una juventud que nunca penetró su misterio natural: envejecer.

 

Entonces, una voz enorme, ilumina mi corazón diciendo:

 

-¿En qué momento dejaste de verte en el espejo?

 

¡En efecto!, reflexiono: -¡Al menos cuando me rasuro debería haber notado algo! -me digo- Aunque..., ¡ahora recuerdo y caigo en conciencia que llevo añales tratando de no verme cuando me rasuro!; ¡claro!  Es cierto: hace quinquenios que dejé de mirarme en los espejos. ¡Jamás  miro mi cara!

 

Deje simplemente de fijarme en mi mismo. No recuerdo mi mirada, ni las búsquedas que acostumbraba hacer en cada uno de los detalles por mi rostro. No me ocupo ya de acicalar mi nariz de su pelambre, o recortarme las cejas.

 

Desde que Lupita, mi peluquera, cada vez que me pela corta todos los pelitos faciales y subnasales yo simplemente olvide la costumbre de checarme las cejas, o los pelos de la nariz.

 

Antes de dejar de verme recuerdo solo que  estiraba y estiraba la cara para ponerme lisito al rasurarme. Mentía a mi ego: No te fijes me decía a mi mismo.. Mientras me jalaba con la mano la piel desde las mejillas para abajo, buscando deshacer las arrugas de las ojeras y patitas de gallo que se me hicieron por reír.

 

No puedo negar que en los últimos tiempos la vida se acumula en mis piernas.  Dejé de correr, de brincar para desplazar mi cuerpo con ligereza. En lo que siento llevo el peso de toda mi vida. Y noto que envejezco. Y, sin embargo, hasta ahora es que caigo en que mis manos y mi cara han envejecido.

 

Primero fue la tiesura en la espalda cada vez que llovía o hacía frío, la incapacidad de levantar la pierna que quedaba en el piso cuando me subía en el conche, teniendo que jalarla con las dos manos adentro. Luego, esa perdida de agilidad en las piernas, con las caídas intentando realizar algo que antes hacía  por costumbre y que, de pronto, ya no me salía tan automático como creía o recordaba. Fue cambiar todos los recuerdos de mi. La imágenes de cómo me supusiera. Como con la panza, que me crece y crece sin que la controle.

 

En las tarde me cuesta cada vez mas trabajo hacer el mismo quehacer. Salgo mas tarde de la chamba para alcanzar a terminar lo que antes  hacía y me sobraba tiempo.

 

-Y yo ¿qué?-clama una voz internamente.

 

-¿He?

 

-Si, si. ¿Y yo qué? –insiste.

 

-¿Cómo?; ¿quién? –me preocupo.

 

-Aquí, en ti,  -me indica la voz-  estoy dentro de ti como las otras voces que escuchas, yo soy tu mismo. Digamos, para que me entiendas, que soy tu yo erótico, o Tezcatlipoca rojo. Soy tu reacción sensual a los actos que te provoca vivir.

 

-¿O sea que por la edad termina uno hablando consigo mismo?- pregunto algo asustado a la voz.

 

-Lo que pasa –me dice esta voz con ternura- es que, conforme envejeces, algo aprendes sobre como escucharte a ti mismo.  Tus desengaños y dolores logran desinvolucrarte de tus impulsos y pensamientos de ciclos anteriores de tu vida, y aprendes a no dejarte llevar por ellos. Con el tiempo conoces suficientemente tus mentiras y sus consecuencias, al menos  si lo suficiente como para no seguirte engañando a ti mismo.

 

Añadiendo: -Cuando joven te dejabas llevar por mi y suponías ser tu mismo, solo que cachondo. Conforme la edad ha vencido tu virilidad no te quedó mas remedio que despegarte de mi. Tanto que ahora estamos, como quien dice platicando bien a gusto. ¿Cómo la vez?

 

-Mal. –respondí: -porque, amen de ponerme a platicar con mi voz interior de puro viejo, resulta que además lo hago con mi ego sexual, quien me informa que ya no la hago y por eso tengo el privilegio de hablar con mi aspecto erótico.

 

-¡Excelente forma de decirlo en verdad! –exclamó.

 

-¡Que humillación!; ¡que tristeza...! –me condolí.

 

-Es la vida que concluye con la muerte del cuerpo a ser aquí... –dijo como tratando de consolarme mi aspecto erótico.

 

-Entonces es por eso que mi amado miembro ya perdió tanto su alegría como su vigor, pasando a la mitad de su tamaño, con gran dolor de mi ego y como advertencia de su futuro escaso.

 

-¡Claro que es por eso!; ¿pos qué creías? –preguntó mi Eros.

 

-Pues, no se, creí que era como una enfermedad que pasaría; ¡que el viagra!; ¡o alguna de las magias de la medicina moderna...! -respondí.

 

-¡Conforme al propio síntoma de no mirarte en el espejo! ¡En fin!: ¡no debo pedir peras al olmo! –se dijo, como dándose un coscorrón, mi Tánatos.

 

-Que pesado es el camino de la vejez. -me quejé.

 

- Pesado y no; porque bien que te agrada como te tratan tus compañeros en el trabajo, en tus lugares de socializar. No hay guerra entre tus familiares; y en estos tiempos eso es ya un logro de los más importante. En tu trabajo convives de maravilla con tus compañeros, subordinados y jefes; entre quienes tienes una reputación de cumplidor y mas o menos eficaz. ¿Qué mas quieres? –clamó una nueva voz interna que no reconocí.

 

-¿Y ahora que? ¿Quién? Sonaba como voz de mujer, ¿no? –pregunté.

 

-En efecto, así suena para ti cuando te habla la súper conciencia, camino de la cual se llega desde lo que llamas subconsciente –me dijo Eros.

 

-¿...?

 

-La súper conciencia es lo que tu percibes como tu superyo freudiano. -Aclaró una tercera voz, masculina.

 

-¿Y ahora? ¿Otro? – Me dije alarmado, pensando que estaba enloqueciendo.

 

-¡Claro!; ¡nada mas yo te faltaba!; ¿a poco crees que te iba a fallar? Yo soy tu Tezcatlipoca Negro o ser guerrero, el que te hace triunfar en los negocios y deportes. Así como tu yo erótico nace de tus deseos yo nazco del ejercicio, en el espíritu de competencia y tras el interés del poder.

 

-¿O sea que si hablo contigo es porque tampoco la hago ya en el aspecto guerrero, de los negocios y los deportes...? –pregunté angustiándome.

 

-Ciertamente ya has perdido bastante el interés por obtener, de atacar para ganar, de prevalecer sobre. De no ser así ni sueñes que ahora estaríamos platicando. Aunque, por otro lado, si no la hicieras en los deportes ya estarías enfermo de algo. Y si no la hicieras en los negocios no te estaría yendo bien conmigo –dijo Tánatos-, por que yo soy el demonio que te hace triunfar empresarialmente, en la guerra de mercados. 

 

Me dije: -¿Estará bien esto de que me ponga a platicar conmigo mismo? ¿No estaré volviendome senil? – me dije sumamente preocupado.

 

-Despreocúpate. Es un privilegio que puedas charlar con nosotros. La gran mayoría de los humanos no logran hablar consigo mismo tan claramente a como nosotros lo hacemos contigo. –comentó Eros.

 

-Es que, el hecho de platicar con ustedes, revela que estoy acabado. –me quejé.

 

EROS.- Yo miro que aun te regodeas cínicamente mirando las piernas, caderas y pechos de cuanta mujer guapa  se cruza en tu camino. Aún inventas fiestas para conquistar a tu mujer y ambos comen a satisfacerse. ¿A qué vienen eso de acabado, entonces?

 

TANATOS.-  Eres un teatrero, porque en el trabajo y los deportes sigues siendo muy competitivo. Y tu sentido del humor aun es bueno.

 

-Pero ya son sesenta  y tantos años. Y un costal de detalles físicos y mentales. –volví a quejarme.

 

-Aligera de manías tu ánimo, porque si ahora, que tienes sesenta y pico, no empiezas a incrementar tu buen humor y tu sabiduría sobre la vida y el ser,  cuando lleguen los setenta u ochenta terminarás por aniquilarte a ti mismo. –Nuevamente resonó la voz femenina desde mi subconciencia.

 

-Ahí está de nuevo ella, muchachos. ¿Cómo hago para hablarle?

 

-No es ella tarado, eres tu mismo –dijo riéndose Tánatos: -lo que pasa es que el superyo tiene voz femenina.

 

-¿O sea que es la parte femenina de mi ser?

 

-La parte femenina de tu ser está en mi, en tu parte sexual –me dijo Eros:  -La super conciencia viene del espíritu a nosotros, y tanto es yin como yan. Yo puedo hacerte mas o menos masculino o femenil. Todo está en tus propias tendencias.

 

-¡Ah! –exclamé sin entender nada.

 

-Es lo mismo que yo, tu fuerza bélica,-me dijo Tánatos- puedo ser aplicada para crear o destruir, según tus propias tendencias.

 

-¿Y porque no puedo hablar como con ustedes con la señora?

 

-¿Cuál señora?

 

-La dama de la voz.

 

-La dama de la voz eres tu mismo. Es tu alter ego, animal. –Gritó un tanto descomportándose Tánatos.

 

-¿Y porqué no puedo hablar con ella como con ustedes dos?

 

-Porque esta es la única parte de ti que no depende de ti mismo. La super conciencia,  superyo o alter ego está en ti, como voz de la conciencia universal que se te da desde un origen desconocido para ti mismo. Suena y te orienta, te recrimina y rebate; pero no obstante que está en ti, como cualquiera de tus otros pensamientos, llega de otra parte superior.

 

-Misterios.  No se en que momento empecé a envejecer mentalmente.

 

-Fue cuando decidiste que estabas ya muy crecido como para aún estudiar; para investigar cosas. Ya no te inquietaba lo que no sabías, o al menos tanto como antes. –sentenció Tánatos, agregando:

 

-Creíste que tenías derecho para olvidar las cosas, que ya no tenía caso expandir tu cultura universal. Sabías que ya pasabas de los cincuenta y que la cuenta seguía. Poco a poco dejaste de proyectarte a ti mismo. Ya no consultabas en el diccionario las palabras nuevas que salían. Dejaste de hacer cosas por flojera y veías la necesidad sin acomedirme.

 

Interrumpió Eros: -En algún momento te diste cuenta que ya no estabas guapo. Y tu vanidad empezó a encajarte ese puñal que se hunde cada vez que te miras al espejo.

 

Por mas que tu mujer te diga “papasote” solo para levantarme el ánimo, tu estas bien enterado de que las mujeres en la calle te tratan como a un viejito. Y te mueres de rabia. – dijo, como si  ello le fuera muy divertido Tánatos; agregando luego:

 

-Por otro lado, te percataste cada vez mas de que se te olvidaba el sermón del padre al terminarlo,  que no recordabas en los comerciales que programa estabas viendo, o bien lo que habías comido o leías en los periódicos. Y perdiste el interés por las noticias del mundo, arrullándote con  ellas para dormirte cada noche.

 

Y siguió agrediéndome Tánatos: -te concretaste a resolver tus problemas al menor costo posible. Y perdiste el interés por el prójimo. Caíste  en el vicio espiritual de soltar la imaginación a nadar en el consumo continuo de satisfactores mentales. 

 

Tánatos ametralló mi conciencia:  -Cuando no es la tele  es la copa, el cine o los cuates quienes devoran toda utilidad a tus instantes.  Paseas por el mundo consumiendo satisfactores mentales, que crearon en ti un sentido de la realidad aparente. Y en la medida en que envejeces todas estas diversiones empiezan a perder sentido.

 

Escuchando aquello, y con las evidencias de mi edad en la frente, un vacío empezó a crecer dentro de mi corazón.

 

EROS.- Con la falta de concentración bajó tu pasión por las cosas, con la capacidad para retener lo que aprendías, así como los nombres de las personas que te presentaban, que vivían el día con día conmigo. No recordabas lo que habías dicho a fulano ni lo que tenías que decirle  a sutanito.

 

-Cuando mi sexo declinó en una libido poco eréctil me pegó un sentimiento que aun arrastro conmigo. –Apunté: -Creo que en ese momento dejé de mirarme en el espejo, dolido porque  cuando miraba una muchacha guapa me sentía su abuelo. – Y agregué:

 

¿Cómo pude olvidar que estoy envejeciendo si todo esto que cuento me viene pasando desde hace años? ¡Y cada vez mas intensamente!

 

-Porque estableciste un pacto contigo mismo, de no verte en el espejo, para poder olvidar tu envejecimiento. – comentó Tánatos.

 

-¿Yo?

 

-¡Naturalmente! En tu subconsciente, desde luego. – dijo cariñosamente eros.

 

-¡Ah, si!;  ¡desde luego...! :   ¡En mi subconsciente!...  ¿En mi subconsciente?; ¿pero cómo? – clamé.

 

-Tu mismo decides que, de aquello que sabes y conoces, mandas al recuerdo y cuanto al subconsciente. –Aclaró Eros, explicando: - Tu estás siempre en ambos planos. En ellos guardas tus conocimientos, haces pactos y estableces la idea, sus pautas de pensamiento y conducta.

 

-¿Yo? Pos no vas a creer que no me di cuenta en que momento establecí tal pacto, ni realice tal conducta  mi querido Eros, ¿crees?

 

-En ello está que eres humano y te dejas llevar al ser por nosotros. –Intervino Tánatos, agregando:  -Es decir, nosotros somos en ti por que te confundes y hablas, o actúas, llevado por cualquiera de nosotros cuatro. Esto es llevado por nosotros tres y tú egoísmo natural.

 

EROS.- En ti mismo llevas tu naturaleza animal, y su idea llamada egoísmo, como la naturaleza divina y su idea, llamada dios.

 

TANATOS: No hablas por ti mismo porque no te conoces, ¿ves?

 

-No compliquen tanto las cosas que me va a espantar a los lectores. –advertí. Agregando:  Primero explíqueme eso de que  establecí un pacto subconsciente para negar mi envejecimiento. Y luego me explica eso de que me confundo y me dejo llevar por ustedes cuatro. Porque yo creí que existían el super yo,  el  Eros y el Tánatos del Ello.

 

-¿Y tu? –preguntó Eros.

 

-¿Y yo? –inquirí.

 

-Tu egoísmo. –Dijo Tánatos- Tu egoísmo es la voz misma del alma que se supone cuerpo en tu conciencia. Tu ego  es una tendencia natural de supervivencia que te hace pensar en ti, en sobre vivir y ser único.

 

EROS: Yo hablo  para que  desees unirte, hacer el amor a lo que quieres. Para lo cual despierto en ti deseos de ser bello, atractivo.

 

TÁNATOS:  Eres el Ego, Tánatos y Eros. Estas tres fuerzas, con el afán de lo divino, constituyen las cuatro impulsos que mueven a los seres humanos. Tu yo propiamente viene a ser lo que tu llamas egoísmo.

 

EROS: El egoísmo es tu necesidad primera de ser, es la idea que toma conciencia de ser desde tu cuerpo para proyectarse a si misma en el mundo.

 

-Por fuerza de la vida que te rodea, por tu naturaleza corporal en el mundo debes ser un egoísta genial para triunfar en él. –dijo la voz femenina.

 

Tánatos.- Eso eres tu. Pero el problema está en que nuestro ser no termina ahí.

 

-Como tampoco terminará tras irnos el ser –dijo Eros.

 

-Y ahí está el problema a resolver.  La vida del mundo termina con el cuerpo; pero la vida del hombre aún tiene que seguir. Debe dirigirse a un lugar de consecuencias. –Sentenció Tánatos.

 

-¡Uta...! ¡Neta que no entendí nada! –me dije. 

 

 

 

DOS

Lo anterior fue algo que escribí hace como ocho o diez días. Los mismos que tengo de querer seguirle y no poder agregar nada a lo escrito.

 

Recuerdo que al momento de concebirlo vi el tema inagotable. Su revelación liberó impulsos, quejas, gritos de aspectos que vivo. Pensé que escribiría cientos de capítulos. Y aún no se como empezar el segundo.

 

Orgulloso al empezara a crear mi primer monólogo, contemplando que vendrían más y más de ellos, empecé, (cosa totalmente inusual), desde el titulo: le puse Monólogos porque pensé que llegarían a cuarenta, o treinta de menos. El tema daba para mucho: para una cadena de interminables monólogos.

 

Supuse llegaría a crear un cordel desde y entre voces internas, dilucidando mi camino a la decrepitud.

 

Así que diez días hace que trato de empezar a seguirle con el monólogo dos y simplemente nada ocurre. Estoy seco de decir. Como que requiero descansar un tiempo de mi libro; o al menos si de estos escritos.

 

Esto me da conciencia de que aquel monólogo fue algo único, fue algo que simplemente me pasó escribirlo, como que fue el brote de un volcán que me devoraba, vomitando un afán de quejas convertidas en respuesta de mi mismo a mis obsesiones, a la congoja que agota mi existencia actual.

 

Me agobiaba la visión de mi inmediato futuro mundano, me pesaba la carga de mi camino a la ancianidad. Ante la inminencia de enfrentar mi vejez hube de poner en entredicho mis espejos y máscaras mundanos, así como los valores que, mientras ascendía en el gobierno de mi y en el manejo profesional del mundo, regían mis intereses, mis gustos y decisiones al vivir, al inventarme, al imaginarme a mismo.

 

Por eso es que aún deseo escribir esta supuesta serie de monólogos conmigo, para revelar los impulsos que me han regido y  aun hoy me inventan.

 

TÁNATOS: Me agrada te des cuenta que eres un invento de ti mismo. Mas bien eres lo que nosotros te llevamos hace. Desde luego cada vez que te dejas llevar por nosotros, cuando, vestidos en tus propios pensamientos, te llevamos a decidir por nosotros; y no por ti mismo.

 

EROS:  El problema es que la falta de desapego convierten a los hombres en esclavos de sus propios pensamientos. Y entre deseos, sentimientos e impulsos generamos pensamientos de lo que apetecemos. Este proceso identifica tu humanidad, confecciona el paradigma y valida tus prototipos del mundo, por ellos dialogas contigo mismo, en fusión de pensarte ideas del mundo como tu ser real.

 

-A lo al cual llamaremos mentalidad del sistema del mundo, -dijo la voz de arriba, interviniendo.

 

-Mente en reacción al mundo y desde el mundo a él. –Concluyó Tánatos; mi Tezcatlipoca Negro.

 

A esto la superyo sentenció: “Todo un pastelote del mundo este; en el cual por cierto no está tu ser trascendente”.

 

-¡Perdón!, ¿mi qué? –interrogué extrañado.

 

EROS: Tu yo trascendente es aquel que fue antes de que naciera tu cuerpo a este mundo.

 

-Lo que será cuando el destino que llevas en tu cuerpo cumpla su legado en obra –dijo Tánatos,

-como la acción de tu persona sobre la vida social.

 

-En la visión moral de tu eternidad al ejecutar tu obra. . -Concluyó la voz que viene de lo alto.

 

-Si pues, ¿verdad? –comente tratando de concentrarme para que no se notará que no entendía muy bien lo que escuchaba.

 

Entonces volví a fijarme en mis manos, muñonudas. Pensé en la artritis que me habían heredado dos de las mujeres que mas he amado en el universo, mi madre y hermana, ambas artríticas. Yo me salvé hasta el día en que cumplí sesenta años. Al día siguiente empecé con ese dolorcito en los muñones ¡y el entiesamiento de las manos al despertar por las mañanas! Al llegar la luz mis  manitas habían perdido toda su juventud, en una noche. El sol las sorprendía engarrotadas, tiesas y duras de mover. El día se tornaba en ejercicios de abrir y cerrar las manos, sin parar y rechinando los dientes. Y luego los dolores, que me doblaban cuando un fortachón me apretaba la mano saludándome en la calle, sin piedad a mi artritis. Yo me hincaba en el suelo gimiendo, doblado ante ante un apretón desolador; para levantarme mentándole la madre al apretador de manos.

 

-¿Con todos esos indicios, como la artritis, cómo es que no captabas que la vida te arrugaba también, de vivir? ¡Joven ya no eras! Tus facultades eran menores aunque te engañaras a ti mismo no pelando el espejo; o al rasurarte haciéndolo mas por intuición que fijándote.  ¡Tenía que envejecer! –clamó Tánatos.

 

Me di cuenta de que como jugué conmigo mentalmente. Y me dió mucha vergüenza.

 

-No te avergüences, tu amor a los demás, lo que les diste y germinó, todo cuanto cada día buscaste dar o entender,  -olvidándote de ti para entregarte a comprender a quienes te rodean- es lo que te hace sentir como si fueras joven. – Observó Eros.

 

A lo que Tánatos agregó: -Cada cual tiene la edad que va decidiendo dejar de luchar por tener. Aunque te duela el cuello, o la cintura, o estés imposibilitado para subirte o bajar del auto, algo dentro de ti aún funciona haciéndote sentir que eres joven; crees en ti; tienes cosas que hacer.

 

-¡Pues si!; ¡es cierto! – dije: - No estoy del todo viejo aún; pero apenas empiezo a estarlo y llevo ya susto por lo que vendrá. Realmente ahorita me asombra como no me di cuenta de que se me venía el tiempo encima,  acumulando la edad sobre mis huesos.

 

-La vida es un camino –dijo Tánatos-y el tiempo se acumula mas bien en tus piernas que en los huesos.  En ellos está la esencia de tus hechos. –Y agregó-: porque el camino de la vida es un cansancio, que se carga en las piernas de tanto andar.  –Concluyendo -conforme envejecemos perdemos habilidades de caminantes y nos cuesta mas trabajo avanzar.

 

Agregó Tezca negro.- Porque en los huesos la naturaleza, con la vida de los seres, construye radares personales de cada quien. Los huesos son la antena sideral, por medio de los cuales detectamos en nuestro propio cuerpo lo que llamamos destino; ellos denuncian todas las experiencia que se recrean en nuestros recuerdos cerebrales, en acumulación de datos y entre el deterioro de nosotros mismos.

 

-¿...  ¿? -. Yo.

 

-Además están tus nietos, para compensarte las limitaciones y carencia que impone gradualmente la vida. Piensa que tus nietos llegan para demostrarte que seguirás renaciendo en otros, de tus hijos a nietos y etcétera. – me animó  Eros, agregando: “tu habrás de irte, para que otros vengan”.

 

- Serás eterno porque hay un eslabón del todo en ti. Cristo te lo dijo. Lo pago con cruz, en el acto supremo de  dar: la entrega a cada cual; como camino a un todo hecho en cada uno de nosotros mismo a él. – Apuntó filosóficamente mi subconsciente-, como adoctrinándome maternalmente.

 

Quise voltear a verla pero en ninguna parte estaba. De hecho estaba yo solo conversando conmigo mismo. Me dije: “Como me dolería si mi cuate Otilio se enterase que estoy hablando solo; le daría chance a pitorrearse de mi por cuarenta siglos”.

 

-En efecto, -corroboró Tánatos.

 

El caso es que tu propia vida, consumirla,  te mantiene tan ocupado que te atreves a creer en tu pacto con el subconsciente de no envejecer.- Me reprochó Eros.

 

Y por Otilio ni te preocupes, -aclaró Tánatos - tu síguele criticando   su máxima cualidad como si fuera un defecto y verás que siempre serás un crítico efectivo. Sigue diciéndole: “Méndigo Otilio, a tus cincuenta y feria años no tener reparo en treparte a la moto, disfrazado con casco y cueros de extraterreno, a ser moto astronauta. Y con tal escusa tirarte a recorrer las carreteras en tu motota Harley de 1200 c.c”. “Tas bien loreto; ¡me cai!”

 

Eros.- ¿Qué tan loreto ha de estar, que además de médico cirujano y partero es pintor,  un ex mister Michoacán y maestro actual de físico constructivismo, dietista y cocinero extraordinario?

 

-Si pues; ¡es verdad! –les dije.¿Y de que estamos hablando ahora concretamente?

 

-Concretamente no estamos hablando de nada –dijo Tánatos- de hecho podríamos decir que estas divagando.  Como aún no comprendes lo que te pasa cuando hablas con las voces que moramos dentro de ti, pues: divagas.

 

Tánatos.- ¿Podrás permitirme hacerte ciertas preguntas de cosas que me inquietan?

 

-¿Eh? -,creo que dije.

 

Tánatos. -Es que no acierto a comprender como es que, con esas verrugas enroscadas tan largas que tienes en ciertas partes de la piel, ¿esto algo no como que te decía?; ¡vamos!  ¿Qué de plano nada te decía que tu cuerpo ya no estaba funcionando, digamos,  muy    bien?;  ¿mmm?

 

No supe que responderle. La verdad es que si me parecía  feo no haberme dado cuenta de que no soy superman, ¡no puedo evitar que mi tiempo de vida se manifieste en mi cuerpo a fuerza de haberlo vivido!

 

Eros.- En tu afición al ordenador lo revelas. Empezaste enamorándote de los programas, para precipitarte en un mar de escritos, de gráficos y composiciones. Luego te das cuenta de lo que te  faculta el internet; de que puedes hacerte una imagen de ti mismo ante todos los demás por la red. Después descubriste las páginas de mujeres desnudas. Para esclavizarte a rescatar sus imágenes, entre el lodo soez y el ero mercantilista, para lograr hacerte de una colección gráfica de mujeres de ensueño que dejó satisfecha tu curiosidad.

 

-¡Si!; es cierto ,-dije recordando donde las tengo guardadas para efectuar un ejercicio de memoria rutinario.

 

Eros.-  Pero hablando de ese ordenador permíteme hacerte ver como cambias con tus protectores de pantalla. En ellos se mira como empezaste a envejecer, por los cambios en tu personalidad.  Primero imágenes de New.  York. , de lugares del mundo en que nunca quizás llegarías a estar. Luego fotos del cosmos, con su respectivo  periodo de vistas del Hubel. De pronto invadieron las monas desnudas que, en protectores diseñados por ti, semanalmente se desvestían,  según tu alucinantes, con modelos nuevas y sensuales.  Cada espacio que robabas al trabajo era para reclinarte, con las manos en la nuca, a ver tus protectores de pantalla.

 

-Me acuerdo. –dije; “aún los pongo de vez en cuando”.

 

Eros.- Después vino la edad de la fotografía, con las ideas de hacer fotos,  de componer con fotografía  la realidad en el ordenador. De eso aún estas enloquecido. Empezaste a escanear fotos especiales de todo el montón juntado por tu familia con los años.  Compraste una cámara antitarados, con zoom 150, y te lanzaste a apoderarte de tu ciudad, atrapándola  en trabes de fotos, por todos sus rincones,  encuadrando sus calles magníficas y plazas portentosas

 

Tánatos.- Ahora, ¿por donde crees tu que andas cuando es que hoy usas varios protectores de pantalla..., todos ellos hechos de fotos con las que compiten  tu yerno y tu, por sacarle a tu nieta las mejores instantáneas?   ¡Tu dirás ahora si te estás haciendo ruco o no!,  ¡tata!