Tres

 

Tal es el punto que vivo que me siento a mí mismo

recuerdo y discurso discurriendo; hecho pasos

en los que capto camino,

creciendo con la carga y de la brega

                                                  al vivir.

 

Soy un cargador de vida

que camina su discurso y toma su carga.

Camino y conforme acumulo vida

me cargo de recuerdos y siento

que tanto vivir

acumulando el tiempo como peso en la espalda

nos obliga a cargar nuestra propia vida.

Esto termina por encorvarnos.

Y de tanto cargar

maduramos que morir

                          resulta un alivio.

 

Saber vivir es no temer la muerte pero prevenirla,

pues mientras vivimos siempre ésta se aproxima.

Sentirla cerca no debe meternos  miedo o angustia.

 

Se ve otra la vida al saberme más al final que al principio.

 

El tiempo acumulado por la sabiduría del bien y el mal en el árbol de mi vida,

los sucesos y acontecimientos, dolores, remordimientos y pecados,

duelen en mi conciencia y pesan en mi vida mucho más que mis futuros.

 

Esto lo sé. Y saberlo me hace ver la vida diferente a como la viera antes.

Así que lucho ahora no por obtener

como dando a otros

               para ganar

en ese futuro en que ya no seré del mundo.

 

Si somos honestos y maduramos al vivir,

por alcanzada cierta edad aprenderemos a ceder,

a dar y complacer.

 

Somos cada vez más nuestros recuerdos,

en ideales y valores espirituales,

más la raíz que el tallo o las ramas,

más las penas y dolores que los deseos de placer o poder.

 

Declina el afán de bienes y satisfactores con la edad que tenemos.

 

A mayor edad deberíamos dar más, atesorar menos.

 

Con la edad debemos reconocer que construimos,

amén de con la vida a lo vivido,

                                 a nuestra propia muerte...

 

Hay que saber bien emplear la vida

en edificar nuestra muerte

para irnos satisfechos

de haber construido atrás de ésta y no adelante.

 

De aceptar que la consecuencia de vivir

es prepararnos naturalmente para hacernos libres,

con morir

surge la sabiduría        

                               humilde,

al aceptar que la vida no es nuestra.

 

Nosotros le pertenecemos a la vida.

Por ello lo mismo podemos ser de ella que no serlo.

 

Quien sabe morir aprende a verse a sí mismo.

 

Sólo matando al egoísmo

accedemos a esa verdad que, aunque por eterna incomprensible

para el hombre, transporta a quien se entrega

                                                                         ¡y lo hace de ella!