A Ana Julia.

 

           Para Gigi.

 

Eres rosa que nació de un sueño,

deseada quimera encarnada niña.

 

Brotas a esta la tierra preñada de futuro, heredera

forjadora, escondida nueve meses

para aparecer desde dentro de tu madre.

 

Angustia que sueña hasta  que tú asomaste,

en llantos, provocándonos

a no se que dar para calmarte, para resignarte

a ser aquí, como persona sin historia,

en nueva conciencia que aprende a vivir llorando.

Y enseñándonos a darnos para que pudieras vivir.

 

Tu desconsuelo motivó nuestro ingenio, inventando

travesuras para entretenerte y provocar tu risa.

 

Al recibirte como tus padres

               renació en nosotros la ternura

como una forma natural de mirarte y ver.

 

Ser tu esclava fue el oficio de tu madre.

Yo me afanaba por llegar a casa

               y seguir admirado al mirarte.

 

Te amo y te admiro por cuanto nos transformas,

apoderándote con tu gracia de nuestros actos

e iniciándonos en el oficio de crear hijos, a la vez

que nos transformarnos en función de ellos.

 

Y fuimos convertidos en otros en función de ti.

 

Porque tú eres mi gran educadora para ser padre,

llegaste

para enseñarnos a renunciar a nosotros mismos

y arribas

requiriendo de ambos para subsistir, uniéndonos

en el trabajo de apoyarte, sintiendo

un tri amor que nos transforma en uno.

 

Ahora se que amar es ser todos y cada cual uno,

por la capacidad de darse

              -que me enseñas al tenerte-

con total entrega.

 

Naciste para que aprendiese a entregarme,

                                             por amor a ti.