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EL NEGRO A mis tres hijos -UNO- Me pregunto si Rico y
yo llegaremos a entendernos finalmente. ¡Que desesperación
vivir solos estos años los
tres: yo, Rico y su mujer, ¡y
ni pelarnos! Bueno, entre ellos
veo que si hablaban; pero lo que es conmigo 0 de 0 en comunicación. Si no es
que hasta les da por patearme como si yo fuera un animal inferior que ellos. Hemos tenido época
buenas y malas.. Durante el tiempo que
esta familia tiene la fortuna de
contar conmigo, las épocas más
difíciles de sobrellevar van del quinto al séptimo año de mi vida. Lo bueno de los años
es que corren, quedan como
recuerdos en experiencias hechas de soledad . Desde que Kuki se fue
pasé brutalmente de la luz a la soledad, ¡porque vivir fue extrañarla a
ella!, ¡y a mi Toy y al Checo!;
¡los tres fueron el oficio de todos mis sueños! Y esto a pesar de que de
mucho tiempo atrás ya no estaban en la casa ya a su cada vez más escasas manifestaciones de amor, que ya me
traían bastante agobiado antes de que ella partiera. Ya vivía en la calle.
Solo antes de casarse es que se pasó unos días en casa. Y entonces me
acariciaba poco. Partiendo Kuki fue el infierno entendernos con Rico;
cada uno atrincherado en su dolor. Con su mujer ni se diga: trabamos de
origen una guerra. Ella decía que prefería un hogar sin animales y yo que me
caía gordísima. Era de mirarnos
a la cara con rencor y hartazgo, escupiéndonos nuestros silencios a gritos de soledad. Aunque... a efecto de
la soledad y los años creo que
Rico logró al fin entender que él no era el centro del universo y que
sí tenía que darme mi lugar en
el universo. Le sirvió la
soledad del abandono de sus hijos para entender que su oficio es entenderme y
atender mis necesidades de
criatura doméstica. El caso es que hace
como dos años, al vernos solos uno ante otro y mi necesidad de comer, al fin
le cayó el veinte de que me había heredado. Lucho como loco consigo mismo,
buscando negar la herencia de mi persona, imaginando que yo no existía; pero
mis mauchillidos lo volvían a la cruda realidad de mi existencia. Así que no
le quedó sino ir al super a buscar mis croquetas y mis guiscas y darme de
comer en la mañana y en la noche en que no está la señora que nos ayuda. Con los días de
tratarnos, a fuerza de que me tenía que dar de comer, nos empezamos a
comprender, porque al fin entendió
que es a él a quien toca
entenderme a mi, ¡porque tal es la ley natural de la existencia entre los
animales del mundo!: “los hombres deben entender y chiquear a sus gatos y
estos deben dejarse querer”.
Dentro de mi larga
vida de 9 años en esta familia,
los dos siglos, -cada cual de doce meses -que corren del quinto a
séptimos año de mi vida aquí, fueron
infernales. Llegamos a extremos
tales de desprecio que de plano decidimos declararnos cara a cara que nos
caíamos mal: el me decía gato
odioso y pediche chillón, ¡ya cállate ca...! Y yo chillaba cada vez más
fuerte, con fuerza de mentadas. Dos años después,
ahora, a los nueve cumplidos de tratarnos, ya no reñimos sino que él es totalmente dócil a su deber de
servirme, con una receta chiqueadota
pero indiferente conmigo. Con total abulia
lleva nuestras relaciones diariamente, ausente de todo cariño llena mi
escudilla, obligado a ello solo por el temor a una mala reacción de sus
ausentes hijos.Nunca me mira a los ojos o acaricia...¡Bueno!, al menos no me
dice ya palabrotas, ni me trata como a un perro; ¡d e f i n i t i v a m e n t
e si ya me da mi lugar como amo
gato! Aunque realmente no
se cual lugar me toca como gato.
Ya que, pensándolo bien, a cualquier
humano tiene que resultarle difícil identificarme cien por ciento como
gato, dado que yo soy un gato sin madre, que nunca aprendió a ronronear ni a maullar. ¿Y cómo carambas
quieren que aprendiera yo a maullar si mi madre-nodriza no maullaba?:
¡hablaba! A los cuatro días de
haber yo nacido, a ella le tocó luchar para que sobreviviera. Me colocó en una cuna de muñecas y me
animaba con dulces razones a batallar por mi supervivencia. Me cantaba
tiernas canciones infantiles, me alentaba con palabra de apoyo a chupar para
salir adelante e inyectaba
de su ánimo en mi alma,
convenciéndome para esforzarme a
la succión, a jalar mi leche de aquel biberón de una muñeca de Kuki, mi
madre. Yo le respondía con grititos de emoción. Los cuales,
conforme logré subsistir, se fueron transformando en emociones grito-articuladas, expresadas como
respuestas a un lenguaje de palabras íntimas, contestando a mi madre humana. -DOS- Mi madre en este
mundo fue Kuki. Tendría ella
como 18 años cuando me recogió. Era una chica muy amiguera y sensible que
estudiaba el principio de una carrera como licenciada en algo. A su tierna
edad había sufrido ya las consecuencias -en dolor- que deja el poner en este
mundo el corazón antes que la
inteligencia, o entregarse a la bondad sin la
sabiduría. Kuki se comportaba
conmigo como protegiéndome siempre, me daba besitos y me acariciaba electro
placentera deliciosamente. Resultó ser mi mamá de lo amorosa y comprensiva
que era conmigo, ayudándome a hacer la vida por mí mismo, encantado por sus
caricias. Solo que, por esas fechas a Kuki le
atraía muchísimo la calle: sus amigas eran lo máximo. ¿Y los
chicos?...¡mmmmmm!; ¡los lugares nuevos!, ¡los antros! Así que a pesar de
todo el amor que Kuki me daba cada vez la vi menos y con menos afecto hacia
mi. Lo cual me entregó a la depresión total. Los gatos exigimos amor para
vivir. Como mi madre Kuki
tenía una hermana menor de 16 años, Toy, esta resultó mi segunda madre. Tenía carácter decidido y
una mirada de miel en remolino, tras una cara definitivamente extranjera: tal
cual ella se comportaba: como si
no fuera de aquí, sino extranjera. Felina en sus
movimientos daba el gatazo de off border`s por que estaba muy blanca, güerita cara tipo Da Vinci, con
su cabello nogal salpicado de luces, -antes peinado siempre con trencitas
paradas a los lados,- y ahora tomado en larga trenza, o
suelto, desplomado sobre el
cuerpo. Definitivamente tal
criatura venía a vivir con un carácter gatuno co-natural con sus dos hijos
felinos adoptivos. Yo caí en sus
garras inmediatamente, cautivo
de amor. Veo la forma vulgar
en que ahora, de viejo, me trata su madre,- la tal Yayo-; ¡tras nueve años de distinguirlos con
mi presencia! Y no me queda sino añorar el cobijo perdido con Toy, al ver que
tengo que soportar la indiferencia y desprecio cotidiano de Rico. ¡Añoro las acariciadas de Toy, los besos y
halagos con que me saturaba de amor!
Ahora estoy viejo y
solo, sin que a nadie le interesé nutrirme magnéticamente con sus caricias,
sin que absolutamente a ningún
humano me permita extraer el
calor cósmico de sus piernas, o dormir a los pies de sus camas. Me
enoja en extremo la falta de categoría con que se me trata, así como la ciega
indiferencia a lo que me acontece. ¡Donde que hace
días le dio a Yayo por gritarme
como a cualquier animal!; ¡con
el tiempo que llevamos de conocernos y lo orgulloso que soy! Rico dejó de
acariciarme en los últimos dos de los nueve años que llevo junto a él. Es
curioso pero, conforme
aprendimos a darnos nuestro
lugar Rico empezó
tratarme como lo que soy. Pregunten a quien
sepa de mininos cómo es y quién es
un gato con nueve años de
vida. Lo mínimo que merezco son ciertas consideraciones y el debido respeto a mi edad. A mi ya nada me
importan las gatas; ¡mientras no invadan mi territorio o quieran tragarse la
comida sin mi consentimiento! El sofá es la nave
espacial por la que emprendo viajes cósmicos que ni yo me entiendo. Mi oficio actual es
descansar en el sofá grande de la sala, al que he adoptado por propiedad,
para proceder a nombrarlo base
central de mis operaciones hipnófilas a todas las camas y lugares acojinados
de la residencia. Desde mi base viajo a múltiples sub-bases, o bien salgo, de
vez en vez, por el barrio de la noche,
a revisar los lugares de mis antiguas glorias. Soy un gato viejo
pero aun puedo saltar a la ventanilla tras del escusado del baño chico de
debajo de la casa. Aun nadie invade mi territorio por las noches sin que yo
salga a defenderlo; ¡aun ahora que no tengo dientes! Rico inunda las croquetas con agua del garrafón y procede a
dejarlas reposar en un tupper
weare horas antes de dármelas; y deshace con un tenedor las
croquetas, pre-suavizadas por el
agua, y procede a mezclarlas con la cuarta parte de una latita de guiscas
variadas. Sé que muy en el
fondo me quiere; pero también me golpea la fuerza del momento en que
siento como le estoy cayendo
gordo al escuchar mi concierto para que me sirva a mis sagrados alimentos.
Momento este que a veces es la única parte del día en que nos vemos. Siendo el golpe de su
fastidio y más le grito. Le exijo y re-grito-pido. Me encanta su fastidio,
porque me doy cuenta que a Rico le recuerdo con dolor a los hijos que ha
tiempo dejaron el hogar, y se
que subconscientemente me rechaza por ello. Así que cada vez que
me toca comer empiezo a fregarlo desde una hora antes, chillando, exigiendo
cronométricamente con intensidad y duración creciente, en reclamos-chillidos,
de tal forma que a la hora de aguante Yaya terminase enloquecida,
regularmente correteándome a escobazos por la casa y obligándome a escapar por la angosta y alta ventanita de atrás del baño de abajo. Los problemas de
rechazo que Rico padece contra mí empezaron cuando se fue Toy. Cuando partió Checo quedaron peor.
Pero entramos en crisis cuando se casó Kuki y quedamos solos los tres; como
tres pedazos de toda la familia sin centro, partidos por la partida de todos los
hijos....; ¡éramos sus restos!
Recuerdo que cuando todos
se fueron empecé a deambular por las camas vacías, invirtiendo las noches en
acordarme de ellos. Nos quedamos solos
yo, Yayo y Rico, en esta casa sin juegos, dormida en el silencio al faltarle
la caricia del desmadre y la alegría natural de los muchachos, sin las variadas broncas de las etapas
maravillosas de su crecimiento. Yo me quedé en
posesión de todos los cojines, sillones e hipno lugares de esta casa, que
empezó a envejecer conmigo, llenándonos ella y yo con nuestros pelambres y
sueños. -TRES- Soy un gato que
comunica a gritos lo que requiero o me acontece: Y esto se debe a que jamás
aprendí a maullar ni a
ronronear. Durante los tres primeros años grité a como sentía. Y por siglos
de meses escuché –haciéndolo por mi- el poderoso ronroneo de mi hermano Max..
El gato preferido de Toy. El ronroneaba por horas y yo estaba de acuerdo en
ello. Así que nunca encontré
ocasión de maullar por mí mismo. A la larga no encontré sentido
utilitario al acto de ronronear; supongo que por eso carezco de sus
beneficios. Lo cual no me preocupa en lo más mínimo porque la desconozco. Eso de aprender
a comunicarse con el humano
asignado por la vida es cosa
difícil. Para empezar no teníamos, ni él ni yo, la madurez ni los años
suficientes como para captarnos. Amen de que tanto él como yo andábamos en
nuestras propias ondas; ¡imposible entendernos sin asomarnos uno al
otro.! Recuerdo cómo se me
quedaba mirando estúpidamente mientras yo hacía lo mismo a mi modo y maullaba
horribles gritos. Aunque no es que me
quede quejarme. Estoy ahora mucho mejor de lo que estuve hace dos o tres
años. Antes Rico de plano no entendía nada de lo que me pasaba o se me
ofrecía. Ambos teníamos mucho
camino por recorrer en eso de tener paciencia y tratar de captar lo que
siente aquél con quien se quiere uno comunicar. Ya hemos avanzado en cuanto a la paciencia que practicamos
uno con otro.. Aunque a estos
humanos les da por suponer que nosotros los gatos usamos los elementos que
ellos usan para pensarse a sí mismos y comunicarse entre sí. Quieren que pensemos como ellos, ¡que nosotros
los gatos los entendamos a ellos!; ¡cuando todo mundo en su sano juicio sabe que son los humanos
quienes tienen la obligación de
entender a sus gatos! De entrada suponen
que son inteligentes por el arte de razonar, ya que dicen que el hombre fue
quien inventó la razón. Por ello desde luego se suponen superiores y se
sienten de lo más inteligentes. ¡Quién lo dijera...!,
con toda su inteligencia están destruyendo la naturaleza a base de inventos,
empeñados en el consumismo. ¿Y tienen el descaro de proclamarse superiores a
cualquier animal? ¿De qué les sirve
tanta razón si están haciendo todo lo posible para extinguirse? Mejor sería
que funcionaran mentalmente como nosotros los felinos, percibiendo y
recordando. Cualquier gato viejo
sabe que la vida es el arte de captar y
recordar, de acomodar e introducirse dentro de todo lo que sabemos y
recordamos, para desde ahí pronosticar nuevas reacciones del instante, en un
hacer con intuición de puma. Sólo Los niños llegan
a comunicarse con nosotros. Pero conforme crecen pierden la capacidad de
sentir y amar sobre todas las cosas, con lo que van ocluyendo la comunicación
con el entorno. Poseídos por la
razón con sus intereses por el mundo. Si no razonas con tu
humano, ¡olvídate que podrás comunicarte con él!, por lo cual, encima, se va
a disgustar muchísimo contigo. -CUATRO- Yo no fui creado por
una madre gata. Éramos cuatro hermanos los nacidos en el hogar de Magnolia,
una amiga actriz que tenía Kuki. A nuestra mamá la atropelló un carro al día
siguiente que nacimos. Y Magnolia, la amiga de Kuki, no vio la
hora de deshacerse de nosotros. Como Kuki fuera a
visitar a Magnolia, y ésta sabía
de su buen corazón, rápidamente la envolvió con uno de los gatitos,
argumentando que le iba a encantar a Toy, ya que todas las amiga de Kuki sabían que a su
hermana Toy hacía unos meses le
habían desparecido un gato negro muy tenorio que ella adoraba. Así fue como Kuki llegó conmigo a esta casa, encantada de poder resolver la
tristeza de su hermana conmigo; pero en cuanto me Toy me vio, -encuerado de
pelo- rosa y pellejudo, diminuto acurrucado en la palma de
la mano de Kuki, frunció la boca pensando que ésta se estaba burlando de
ella. -Ah, pues fíjate que
el Boris ya me dio un gato de angora. Solo que apenas tiene días y no quieren todavía
destetarlo. Pero gracias. –dijo Toy a Kuki. Así que a Kuki no le
quedó más que darme de comer cada tres horas con un biberón de una de sus
antiguas muñecas. Labor en la que doña Gugu –la eterna secretaria doméstica
de esta casa- ayudaba mientras
estaba en el hogar. Entre Kuki y doña Gugu lograron sacarme adelante,
cuidándome amorosamente durante semanas. Hasta que aprendí a beber mi leche de la escudilla. Pronto llegó Max, el
famoso gato de angora que le regalara el Boris a Toy. Era un gato enorme, que ejerció sobre
mí un poder inmenso, al no tener yo un padre sino un gatazo rubio con café
oscuro por hermano mayor. No
obstante que teóricamente nacimos
con días de diferencia juntos nos veíamos contrastados. Él ya desde
entonces tenía un maullido ronco y malmodiento, que en mucho reflejaba lo que
sería su carácter y su vida. Como era un gato
guapo a todos enamoraba. ¡Que gato tan fino!, decían. En
cambio cuando me miraban a mí exclamaban: pobre gatillo de la calle. -CINCO- Max aprendió a
quererme, a pelear por mi y a hasta a dejarme comer de su escudilla. Él, para
mi, fue como mi padre. Mi mamá era Toy, mi padre, hermano mayor y modelo de
gato era Max. Solo que yo jamás pude aprender a maullar como Max. Rico dice que lo que
a mi me pasa es que siempre quise hablar, no maullar, y como no pude, me
volví un quejido que se comunica a grititos. Y no es cierto que sea yo
quejumbroso ni “El chillón”,
como empezaron a decirme por segundo apelativo; lo que pasa es que así es como yo me comunico. En cambio Max
dominaba el arte de maullar, ronco y seco lo hacía con autoridad. Juntos
asaltamos la calle desde ser gatos de meses. Igualmente fuimos descubriendo
las azoteas y los cuartos
traseros, las bardar y las ventanas abiertas, que conducen a sobras y
escudillas de otros gatos descuidados o
poco celosos de su territorio. Cuando teníamos un
año era algo grande contemplarnos a los dos: jóvenes y juguetones, uno ñango
negro, como erizo cenizo, y el otro fornido dorado en un café
gris elegante. Solíamos tendernos a tomar el sol en el pequeño jardín que
está frente a la casa y los vecinos que pasaban comentaban de nuestras
apariencias. Hagan de cuenta parecíamos como el primer y tercer mundo
retozando creídos de que son hermanos.. Max era un
peleonero. Siempre lo fue. Eso
lo llevaría a enfrentar su propia muerte. ¡Cómo si se pudiese uno pelear con
la muerte! El caso es que yo siempre me peleaba atrasito de él. Cuando eran
más de dos gatos contra nosotros a mi no me daba miedo porque sabia que Max
peleaba de mi lado. Tenía gran seguridad en si mismo y tanta
capacidad de acecho que sus zarpazos eran siempre los más sabios y certeros. Esa capacidad de puma
que siempre tuvo, su elegante estampa, su maullido mundano y áspero lo
volvieron leyenda entre las
gatas del barrio. Venían a verlo por las noches, se metían por la ventanita
del baño de abajo y andaban de ofrecidas con el Max, quien a todas atendía a
placer. Al día siguiente por
las mañanas se la pasaba tendido al sol en el jardín, por la tarde dormitaba
en este sillón grande de la sala, área esta estrictamente de su propiedad, a
donde yo bien sabía que no debía subirme. Max tenía
perfectamente delimitadas sus áreas y pertenencias. Poseía su propia
escudilla para comer, porque generalmente no le daba la gana compartir su
comida conmigo. Así que tenía su propia escudilla. En ella se acababa su ración y venía a completarse con lo
que yo aún no me hubiere comido. Así que yo aprendí a comer como de rayo. -SEIS- Contrariamente a Max
yo tenía que salir a conseguir mis propias gatas, usaba la escudilla más fea
y era el menos acariciado. Aunque mi mamá oficial fue Kuki, Toy –su hermana-
es una mujer gato, por eso estudió química y se dedica a la alquimia moderna.
Le es natural a Toy porque ella
es en si un gato, cosa que –desde luego- ella no sabe. Lo que si sabe es que
adora a los gatos, con ellos se creó y con ellos se compenetra en coloidal
simbiosis mental. Así que, aunque Kuki
es muy linda y de buen corazón, Toy me fue conquistando con su amor natural
por mí. Porque los gatos no sólo sabemos quién nos ama o no, sino que a todo mundo le llegamos
lanzando la onda de amor. La respuesta que recibimos es lo que nos revela
quien en cada quien. Toy nos dejaba dormir
a los dos en su cama, nos acariciaba por igual a ambos. Yo sabía que Max era
su hijo oficial pero no vi jamás que le diese más besos que a mi. Con ambos
platicaba, mirándonos a los ojos mientras nos sostenía levantados frente a
ella con ambas manos. Nos cantaba canciones para gatos de lo más arrulladoras y, he aquí lo más
importante, vigilaba que se nos compraran latas de comida molida para
mezclarlas con las mini croquetas de marca guiscas. Esto porque si no
eran guiscas las croquetas Max
prefería irse a tragar la comida de otras gatos que dignarse a comer aquello.
Todo lo cual a mi me caía de pelos porque me daba la oportunidad de tragarme
la comida de Max.. Tardé más de tres
años en volverme un gato guapo, porque los primeros dos años –mínimo- era yo
un gato enjuto y de pelos crespos y sin lustre. Aprender a ser macho
para un deslustrado gato como yo no es sólo cosa de conquista, sino de pelea,
triunfo y conquista. Eso me hizo duro. Tras cada experiencia sexual salía yo
hábil, brioso, sagaz y sumamente taimado. Donde que de los dos a los tres
años me dio por gustarme aquello de la oposición sexual. Y fue que me volví
casi tan famoso entre las damas gatas como Max. Entonces fue que mi
pelo se fue alisando y adquiriendo su lustre azabache. Y yo me volví un gato
señorón, como Max. -SIETE- Llevábamos tan solo
dos años toda la familia junta cuando Toy terminó la preparatoria y se
marchó. A los dos años se fue Checo, el hijo menor, a México, a la UNAM. Desde que se fue
Toy yo sé cuándo va a llegar a
la casa, porque el amor no tiene distancia y la capto desde que ella se
empieza a emocionar pensando que vamos a vernos. Y cada vez que me llega su
vibra me siento a esperarla en la puerta de la casa. Cuando veo que tarda mucho en llegar y
sigue la vibra dentro de mí me desespero y me pongo a maullar. Lo cual hace que Yayo -la
esposa de Rico- se ponga odiosa, batiéndome las palmas como si fuera yo un
burro y diciendo “sáquese”, “sáquese”. A veces pienso que
ella cree que el hombre es superior al gato. Lo cual es una jalada fenomenal
que -desde luego- no se le puede
ocurrir más que a un ser humano. Todo felino o gato -con masa corporal
proporcional a la humana- fácilmente se traga a cualquier hombre. ¡Y punto!
Esto sin mencionar cualidades tales como la percepción a distancia del
felino, su visión de ruta, el
cálculo infinitesimal intuitivo de su ataque y la capacidad de desplazamiento
y caza. Todo humano supone
superadas estas pequeñas diferencias diciendo que la razón es lo que lo
distingue. Y puede que tenga razón;
¡pero que desgracia! Gracias a Dios soy gato y no hombre. Yo digo una cosa:
“¿Proporcionalmente, no hay muchísimos más hombres pobres y hambrientos que
gatos con hambre?” “¿Cuándo ha visto un gato pordiosero?” Además de que a
nosotros nos vale poco acumular, como no sucede con ustedes. Somos presumidos
sin andar buscando como ustedes cómo lucirnos, o ir a los mejores
restaurantes. Si la sobra a conquistar es un manjar, sin inconvenientes vamos
a degustarla en un basurero, o
bien dejamos en la escudilla de plata latas de comida para gato que resultan
inadecuadas para nuestro sofisticado gusto. Kuki es mi madre de
crianza; pero fue Toy quien me puso mi verdadero nombre, Nani. El cual
es muy independiente de los
desagradables apelativos con que
se dirigen a mi las diferentes gentes. Actualmente sólo escucho mi nombre en
las muy escasas ocasiones en que Toy viene a visitarnos. Ella si me dice
Nani. De ella en fuera ya nadie
me llama así. Actualmente Toy va a
cumplir siete años de que se fue, dos años después partió Checo y dos
después Kuki. Desde entonces
vivo solo con quienes le dije, Rico y Yayo. Ella me dice “ese cochino gato” y
Él me dice “El Negro” Así que entre uno y otro apelativo yo mismo he decidido
quedarme con el de El Negro. -OCHO- Para mi que cuando
le faltó Max a Toy ésta se fue
porque ya no quería estar en la casa paterna. Yo sentía como que no se entendía muy bien ya con sus
padres. Con el único que se
comunicaba un poco era con su hermano Checo; aunque entonces éste se pasaba más y más tiempo en la
calle con sus cuates. Por las tardes la casa se sentía vacía. A Toy yo ya nunca la
veía, tenía sus amigos y sus lugares preferidos, dejándome solo en la casa
con Yayo, cose y cose. Porque a Yayo le dio por coser en la medida en que los
muchachos dejaron de necesitarla para cuidar que hicieran lo que se debe
hacer si eres humano, esto es lavarte las manos, no desordenar o hacer la tarea. Yayo se metió a una
academia de corte y se iba por
las tardes. Por esas fechas fue que mataron a Max, como a las siete de la
tarde. Llegaron como ocho o nueve perros de la Avenida Lázaro Cárdenas.
Entre ellos venía el pinto, famoso de tanto gato asesinado por él. Se
sabía que era demoníaco y sanguinario, se les dejaba ir a los pobres felinos
que se descuidaban, para clavarles sus babosos colmillos en el cuello. Llegaron al trote los nueve canes, babeando su eterno ha, ha ,
ha, y olfateando el entorno.
Doblaron hacia nuestra calle en el momento en que Max y yo salíamos de
una reunión felina en la azotea de la casa de enfrente a la nuestra. Ciertamente fue Max el primero que captó la situación que se
armaba ante nosotros. Una vibración magnética recorrió su pelambre desde la
cara a la punta de la cola. Lo que llamó mi atención hacia los nueve
invasores, que pronto se apoderaron del ancho de la calle. Al vernos se le
iluminaron los colmillos al pinto, deteniéndose en seco para clavar sus patas
delanteras en el pavimento, pelando a gruñidos los dientes asesinos. Una descarga recorrió mi cuerpo y salí disparado para mi casa,
que estaba enfrente. Solo pensaba en llegar a la ventanita del baño de abajo
y lanzarme hacia la seguridad del interior. Pero a medio camino me esperaba
el pinto, salvaje, encendido por la alegría de poder matarme. De pronto el
Max ya estaba clavando sus veinte uñas en el cuello del pinto, quien, al
sentir los aguijonazos de la fiera en su cuerpo, se tiró al suelo rabioso,
para estrellar al gato contra el suelo. Yo entré volando por la ventana del baño, aterricé en la cocina y
ahí me puse a ordenar la mente, recordé a Max y me dirigí a la ventana de la
sala para ver hacia fuera. Los perros estaban encima del pinto y el Max, y
este giraba arañando hocicos. Pero el amontonamiento de perros me impedía ver el centro de
acción, donde Max, estaba así que me fui al balcón del piso de arriba de la
casa. Cuando me asomé vi como peleaba mi hermano contra nueve animales
volcánicos. Era un rehilete de furia.
Sus zarpas volaban como hélices, tintas en la sangre de todos sus
verdugos.
Una sola mordida paró todo aquello porque, tras ella Max soltó su
cuerpo. Y entre sus fauces los nueve canes lo
desgarraron, para desparramar sus restos por todo la calle. No venían por hambre sino por lo cabrones que eran. -NUEVE- Max tenía un año con nueve meses cuando se le ocurrió pelearse
con el pinto y toda su corte. Toy lloró por meses pero finalmente me entregó a mi todo su amor. Y
disfruté unos meses exquisitos y breves, porque decidió irse a estudiar a la
UNAM. De esto hace siete años. Cuando se fue Toy, sin Max, mi vida empezó a aficionarse a esta
soledad en la que ahora vivo. Checo fue entonces mi único consuelo. Siempre
estaba para darme mis cariñadas cuando me hacían mucha falta. Estuviera donde
estuviera yo brincaba a sus piernas y él empezaba a acariciarme con sus
suaves manos, hundiendo sus largos y sabrosos dedos al correrlos por todo mi
pelo, como él sabía. Kuki se había distanciado en tal manera que yo la veía ya como
uno más de la familia. Hasta el momento de su partida para mí fue un hecho
que mi adoración era Toy. Kuki
se había enrolado de tal forma en su carrera de licenciada que se la pasaba
estudiando en casa de sus compañeras. Cuando llegaba en las noches yo estaba
acostado en la cama de Checo o Toy. Iba a recibirla y ella me alzaba en sus
brazos un rato, me rascaba detrás de la orejita como a ella le gusta hacerme¡
y ya!; ni siquiera cenaba conmigo sino que iba a encerrarse a su recámara,
cortándome gachamente con la puerta. Qué inhumano es el humano cuando le da la gana. Y con los gatos
es peor. Me duele que me desprecien cuando me les acerco a embarrarles el
cuerpo, o cuando husmeando froto
mis bigotes en sus narices. Hay días en que Rico está solo en su cama viendo la tele y
-aprovechando que no está Yayo-
me subo a la cama de un brinco. -¡No! –Es lo primero que oigo de Rico. Pero a mí esto me vale. Estoy acostumbrado a los escobazos
de Yayo, no voy a intimidarme con un no de Rico. Así que me hago como que
ando buscando algo en la colcha y me voy a echar en una esquinita. Y desde ahí me lo cazo fingiendo que
duermo. Cuando me doy cuenta que
está contento o se ríe por lo que está viendo, me le voy acercando hasta que
llego a su mano y froto mi cabeza en sus dedos para que me acaricie. ¿Y ustedes creen que me acaricia? Mete las dos manos debajo de los sobacos y me repite:
¡no!, ¡no! , ¡no...! Y eso que él es quien me da de comer y es el único con el que
medio me comunico. ¿Cómo creen que es mi vida aquí? Por eso me da por dormir, para ser libre de esta odiosa
falta de amor de cada día. Dormir es escapar de esta realidad inhumana que
terminé en vivir. Vida de gato. ¿Qué alternativa tenemos? No vamos a ser estrellas
de cine, como algunos perros, dizque
heroicos. ¿Se imaginan un gato héroe rescatando a un bebé, como hace
Lasy? Los gatos somos para dormir y guerrear por nuestro territorio, para soñar en caricias, existiendo
como fieras; percibiendo a los demás según el rebote de nuestras propias
vibraciones ronroneo. Pero, sobre todo,
los gatos somos para que nos amen, porque ostensiblemente pertenecerle a
alguien es un deleite que con nuestras vidas damos a los animales superiores, a pesar de cómo nos
traten. Puedo afirmar que Checo me dio más amor que Kuki en esos dos años
antes de que Checo se fuera. El nunca me buscaba, como Toy, ni me llamaba
diciéndome: gatito, gatito, mi Nani, ven hermoso, a que acaricie coquetamente
tu cabecita y alise tu espalda. Checo siempre andaba en lo suyo, le
encantaban los cuchillos, los mecanos, la bicicleta y irse con sus cuates a
escalar los cerros. Como era el más chico de la familia, Checo siempre se dejó querer
de todos nosotros; pero él, de por si, no era dado a manifestarse. Así que
nunca me buscaba; pero ni a mi o a Max jamás nos despreció. Al contrario, nos
peinaba con sus dedos cariñosamente, soportándonos encima de él por el tiempo
que nosotros estimábamos correcto. Así que cuando él ya no llegó a dormir a la casa, incierto en su
cama yo no acertaba entender que pasaba. ¿Y Checo? -DIEZ- Quedábamos cuatro de los siete que fuimos en casa. ¡Dios, como
pesa la soledad progresiva en que nos dejan los hijos al partir uno a uno! Qué solo queda el hogar
cuando lo habitan recuerdos...
memorias ya de lo que fuera
trajín, anécdotas, sinsabores, los delirios y caricias del diario acontecer. Conforme esperaba fui captando que checo no volvería. Y fue que
no supe estar en mí. Vagaba por la casa, por las calles, en azoteas donde
nunca había estado, frecuentando gatas a las que antes ni pelaba, girando a
todos lados a buscar mi cariño diario. Yayo me toleraba por sus hijos, Rico se tornó muy agresivo y
lépero conmigo. Fue cuando no me quedó más remedio que nombrar al sillón
largo de la sala: centro de operaciones de mis diurnos viajes hipnólocos. Rico siempre se había mantenido neutral entre su mujer, que no
quería animales en su casa, y sus hijos, que siempre habían exigido tener
gato antes que nosotros, y que
nos adoraban. Con la partida de Checo ésta varió: Rico le dio por
mirarme con cierto rechazo, como si le recordase desagradablemente a sus
hijos. Y empezó la guerra entre
nosotros. Y es que tras partir Checo ya no hubo quien me
atendiera. Sobre todo culinariamente,
tanto en la mañana como en la noche, porque a medio día estaba doña
Gugu, para darme mis sagrados alimentos. Como que a Rico no terminaba de caerle el veinte de que había sido comisionado por el destino
para proveerme físicamente del diario sustento que requiero como animal
doméstico. Esto vino a solucionarse porque un día le llamo Toy desde México
a Yayo y le preguntó a su mamá
por su Nani. Y como Toy es la adoración
de Yayo, de ahí en delante mi peor enemigo se encargó de estar sobre
de Rico para que se me atienda a mis horas. Nunca mejor que entonces fue mejor aplicada mi técnica de chillar
por mi desayuno o cena desde una hora antes de. Al año de haber partido Checo
nuestras relaciones familiares eran una porquería. Se notaba como el tal Rico hacía aquello de servirme
estrictamente a fuerza. Me lanzaba unas miradas odiositas mientras dejaba caer mi tazón
de plástico con mi cena al suelo. Por sus pistolas me suspendió la leche, que
siempre fue para mí el mas exquisito manjar que existe en este mundo. Obligó a dona Gugu a servirme agua, todos los días. Rico es el culpable de que se me hayan caído los dientes, hasta
hace dos años que se dio cuenta que estaba desdentado, fue que me volvió
servir mi lechita diaria. Y el desastroso
remate de este duro lapso de dos años vino cuando a Kuki se le ocurrió
casarse. Al no estar ella todo amenazaba desastre, era como formarse un
temporal y, sin embargo, al día siguiente de la boda, Rico me sirvió -tanto el desayuno
como la cena- con una sonrisa, como si fuésemos amigos de toda la vida. Tanto él como su mujer cayeron en cuenta que yo era el ser vivo
que les recordaba a sus hijos, amen de ser un intocable, como propiedad
directa de ellos. Así que de pronto se distensionaron las relaciones y los
nubarrones de temor con el trato tan agradable que empecé a disfrutar. De todo lo cual fui aprovechándome mas rápido que inmediatamente.
Empecé a treparme a la cama de Rico por las noches, acercándome tratando de
brincarle a las piernas en cuanto esta solo. El se habrá dejado conquistar; pero jamás me acaricia. Es como si
me aceptara por lo que represento para él, pero no por lo que realmente soy. ¡En fin! Finalmente es mejor cómo me tratan ahora. Yayo ya no me
corretea a escobazos, solo me palmotea las manos y me dice: ¡sáquese!,
¡sáquese! Rico no emplea ya palabrotas cuando anda enojado y se me ocurre
reclamar mis alimentos. Si no fuera porque todos me dicen Negro y no Nani, como es que me
llamo, si no fuera porque aún no aprendo a maullar ni a provocar ronroneo, o
porque nadie me acaricia ni puedo comer lo que quisiera porque no tengo
dientes, se podría decir que soy un viejo gato feliz. |