LA MUJER QUE AMÓ A JOSHUA BEN JOSEPH

 

 

Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, y Joshua Ben Joseph (Jesús el hijo de José) no iba a ser la excepción. Hombre en plena juventud y forma atlética, con apenas 33 años, de unos 77 kilos de peso y 1.75 de estatura, hombros anchos y brazos delgados pero fuertes, como toda su musculatura, debido la vida de nómada que llevaba y a las largas caminatas; de mediterránea tez morena acentuada por el sol del desierto, de barba cerrada, poblados bigotes lacios y pelo negro largo, que le enmarcaba las facciones cuadradas de barbilla recia, le tapaba triangularmente la frente y le protegía la nuca de los mortales rayos solares durante las frecuentes travesías por la aridez de aquellas desolaciones; ojos negros, más bien pequeños pero de mirada segura y penetrante, nariz de caballete pronunciado, boca grande de labios delgados, y de elocuente hablar pausado y elegante acompañado de una suave gestualidad enfática que obligaba al oyente a fijar la vista en sus manos de hijo predilecto de un carpintero cuyo oficio le procuraba holgura económica; de hábitos monásticos y alimentación frugal basada en pescado, pan ácimo (sin levadura), verduras, cordero hervido o asado, higos y vino rojo exprimido a las tercas uvas Syrah, que maduran gozosas succionando vida de aquellas resequedades desde edades inmemoriales; amante de la música del laud y del sonido triste de la flauta de los pastores que desde una roca cuidaban a sus ovejas en las montañas, y de las hermosas voces de las jóvenes campesinas de Palestina, con algo de  poeta y mucho de soñador como buen heredero del trono de David, y líder de un grupo de hombres de distintas edades y condiciones que lo llamaban Maestro con la reverencia acostumbrada a la senectud. Así era el galileo de quien se enamoró Mariam, la de Magdala, así llamada por haber nacido en el poblado de ese nombre a orilla del mar de Tiberíades, cercano a Cafarnaúm, poblado al que se retiró Joshua cuando se enteró de la prisión de Juan el Bautista, que sería decapitado por Herodes en esos días, y donde Mariam, la de Magdala lo vio por primera vez y la deslumbró el aura de autoridad y la majestad de porte que irradiaba el joven profeta. Y Mariam, la de Magdala dejó a Joshua sumido en el desconcierto de sus grandes ojos bellos y el aspecto juvenil de su figura, con sus facciones delicadas, nariz perfecta, boca de niña, expresión dulce y pacífica, sorprendiéndolo la madrugada despierto con una extraña en sus sueños, como la estrella de mar que traduce su nombre, recordando los versos de su antepasado, el rey Salomón: “Lindas son tus mejillas/ así como de tortolita/ tu cuello como si estuviera adornado/ de collares de perlas. ¡Oh, y qué hermosa eres, amiga mía!/ ¡Cuán bella eres!/ Son tus ojos vivos y brillantes como los de las palomas”. Joshua, que se había preparado física y espiritualmente durante veinte años para su misión, derrotando todas las tentaciones de Satán, no comprendía que el amor lo hubiera trastornado de esa manera tan sensible, sintiendo un dolor físico en el bajo costillar derecho cuando no la veía y una especie de galopar de su sangre por sus venas cuando se reflejaba en sus ojos, hasta que reflexionó que su Padre lo había enviado a vivir como los hombres, y él, Jeshua Ben Joseph, era un hombre con alma que podía perfectamente amar la belleza sin poseerla.  Mariam, la de Magdala lloró a raudales aquel día, cuando Joshua, haciéndola sentir brevemente el calor de su pasión, tomándola en sus brazos y estrechándola con suavidad contra su pecho, correspondiendo a su amor intenso, le susurró al oído: “Mí reino no es de este mundo”, convirtiendo su amor terrenal en divina devoción. Mariam, la de Magdala, enamorada, entonces frente a él, de rodillas, descalzó de sus sandalias de cuero de cordero los polvorientos pies cansados del peregrinar de Joshua y los lavó cuidadosamente y los secó con sus largos cabellos que Joshua había descubierto y besado aquella tarde, los masajeó largamente con aceite de almendras y derramó sobe ellos trescientos denarios de esencia de nardos lo que llenó la estancia con la exquisita fragancia del perfume y soliviantó la envidia de los intolerantes discípulos. Y desde entonces y para siempre, Mariam, la de Magdala quedó uncida a la caravana del predicador de la vida eterna; lo acompañó en su búsqueda de los iguales por las orillas del mar de Galilea y estuvo a su lado cuando le dijo a los hermanos Simón y Andrés, que echaban redes al mar: “Seguidme a mí y os haré pescadores de hombres”. Igual que con Juan y Santiago, lo hijos de Zebedeo, que con ella fueron los primeros cinco apóstoles. Y Jesús caminaba por pueblos y aldeas,  y Mariam, la de Magdala lo seguía con la fidelidad que sólo el amor es capaz de estimular. Y mientras Joshua Ben Joseph predicaba en sinagogas y en el campo y la montaña, Mariam, la de Magdala, recolectó panes y pescados para el milagro de la multiplicación. Organizó en filas interminables a los enfermos para que la liturgia sanadora del maestro les insuflara esperanzas. Escuchó con paciencia a los ciegos, tullidos, desahuciados que iban en pos del Maestro y le llevaba los mensajes de los más desesperados. Pero además, se ocupaba de cribar el trigo y procesarlo para hacerle el pan. Iba al mercado a escoger los mejores higos y el más fresco de los pescados o el mejor trozo de carnero. Y no permitía que nadie más que ella le cocinara. Incluso en el medio del desierto cuando descansaban a la sombra de una palmera en un ojo de agua, era ella la que recogía y servía los dátiles al Maestro. Y todas las noches con un peine de nácar desenredaba los cabellos de Joshua anudados por el viento, mientras el Elegido la iniciaba en los secretos del Padre Eterno, como jamás lo hiciera con los demás discípulos, con una voz cálida distinta que llegaba primero a su alma y luego irradiaba por cada nervio de su cuerpo ovillando su mente y disponiendo su piel para la mutua posesión por ella ambicionada. Una entrega total de dos almas entrelazadas por una forma de amor sublime solamente al alcance de los elegidos. Amor de hombre y amor de mujer, amor terrenal, pero tan grande, que sólo podía expresarse realmente en la dolorosa renuncia de la carne. Y luego, mientras Joshua dormía, a la luz de la luna lavaba la túnica de lana fina que ella había confeccionado con el hilo hilado en ruecas de arcilla por los pastores de las montañas mientras vigilaban a sus ovejas, para que en la mañana no se notaran las huellas de las extenuantes jornadas entre la multitud de peregrinos de toda Siria, de Galilea y de Decápolis y de Judea y de Jerusalén que la tocaban llenos de Fe, desde que aquella mujer tocó su ruedo y quedó curada. Y fue la única de los presentes a quien no asustó la Transfiguración, como a Pedro, a Santiago y a Juan, que por estar durmiendo no la lograron ver sino cuando ya una nube cubría el acto sobrenatural. Ella, Mariam, la de Magdala, sí la vio. Presenció como la túnica que ella había hecho con sus manos, se tornaba refulgente y como toda la figura de Joshua irradiaba luz celestial. Y no se asustó porque así lo veían sus ojos de mujer enamorada cotidianamente. Presenció la llegada de Moisés y de Elías. Y aunque nada oyó pudo presentir la gravedad de la conversación. Pero lo que sí oyó claramente fue la voz que les decía. “Éste es el hijo mío querido, escuchadle”. Desde ese día su amor se le refugió en el espíritu, aunque no podía evitar el estremecimiento cada vez que Joshua, accidentalmente, tocaba su piel. Entonces sentía un temblor recorrer sus muslos y las pupilas se le contraían y se abrían las esclusas de su ser sexual. Jamás pudo acostumbrarse totalmente a la desolada intimidad que el amor de Joshua le ofrecía. Su alma de mujer enamorada se imponía a veces, sólo a veces, sobre sus votos que al fin siempre triunfaban. Porque Mariam, la de Magdala aprendió a través de la renuncia a la pasión humana, a amar devocionalmente, con amor idealizado, oblativo, al hombre que le estremecía la rotundidez de su esencialidad de mujer. Y así, Mariam, la de Magdala, para cumplir con la tradición, con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza cubierta con su manto y a diez pasos detrás, cuidando de no pisar la sombra de Jeshua Ben Joseph que el mediodía dibujaba en la calle, entró a Jerusalén en aquella Pascua anunciada por las Escrituras, y se llenó de júbilo presenciando como lo recibía el pueblo, el mismo que luego lo  condenaría, con ramos de palma, gritando “¡Hosanna!, bendito sea el que viene en nombre del Señor”. Estuvo sentada a su lado en la mesa, cortando el pan y trozos de carne con sus manos para dárselos en la boca y manteniendo con vino su grial de bronce, durante la Última Cena, que ella meticulosamente preparó siguiendo sus instrucciones, siempre con los mejore higos, que gustaban tanto a Joshua que una vez llegó a maldecir una higuera porque era temporada y no tenía frutos, y la higuera se secó. Y dispuso el banquete con pan recién hecho y con un lustroso cordero pascual bañado en miel y asado a la brasa y jarras de buen vino tinto; y en el que Joshua, como ella lo había hecho con él, se arrodillo frente a ella, descalzó sus hermosos pies, los lavó, los secó cuidadosamente con el borde de su túnica y se los besó con infinita ternura, esparciendo en el ambiente un misterioso aroma de nardos, mientras la calidez de su amor recorría toda la arquitectura de su cuerpo. Por eso sintió que le estallaba el corazón cuando el Mesías predijo: “Uno de ustedes me venderá”. Mariam, la de Magdala, veló de rodillas en el Monte de los Olivos mientras Joshua hablaba con su Padre y le pedía que, de poder hacerlo, apartara de sí ese cáliz. Y cuando Judas llegó con los soldados a hacerlo prisionero por crímenes contra Roma, mientras los demás paralizaban su acción,  Mariam, la de Magdala estrelló su miedo contra los petos de los soldados extendiendo su mano desesperadamente abierta a través de los escudos para transmitirle su amor inconmensurable. Y mientras Pedro lo negaba y lloraba su arrepentimiento al canto del gallo, y los demás apóstoles trataban de pasar desapercibidos ante la cólera de los fariseos que patrullaban las calles, confundida entre la multitud que pedía delirante a Pilatos la absolución de Barrabás y la crucifixión del Justo, Mariam, la de Magdala perdió la voz de tanto gritar, en solitario, su nombre en vano. Y cuando Pilatos lavó sus manos, señalando a los jerosolimitanos que la sangre del inocente caería sobre sus cabezas, Mariam, la de Magdala, tirada en el medio de la calle, echaba tierra sobre su rostro transido de dolor recordando que el hombre que adoraba le había dicho que, por mandato de su Padre, debía morir crucificado para lavar los pecados del mundo. Inmenso sacrificio que no podía ser comprendido por la angustia de Mariam, la de Magdala que  recorrió paso a paso, inundada del más acervo sufrimiento, el suplicio inhumano soportado estoicamente por Joshua trasmutado ya en el Ungido. Y se quedó paralizada de horror cuando contempló las espaldas sanguinolentas del Redentor, desgarradas a latigazos, sobre las que burlonamente colocaron un manto púrpura. Y cuando lo vio coronado de espinas, cubierto de sangre su rostro, con las manos atadas, cayó, sollozante, de rodillas, implorando piedad al cielo indiferente. Y recorrió tras él las estaciones de su amargura. Enfrentando al populacho que injuriaba “al rey de los judíos” que arrastraba una pesada cruz de cedro del Líbano. Y a cada caída corría enloquecida hacía él y era rechazada por los despiadados centuriones. Y, agradecida, besó y llenó de lágrimas las manos de Simón el Cirineo por haber tenido el gesto de socorrer a Joshua en tan difícil trance. Y fue en un recodo de ese calvario cuando Mariam, la de Magdala se encontró cara a cara con la embozada figura suplicante de la otra Mariam, la madre de Joshua que seguía a su hijo en el drama que lo elevaría a la vida eterna que tanto predicó. Y juntas recorrieron el final del infinito camino hacia el martirio. Y cada golpe del martillo hundiendo cruelmente los clavos sobre las carnes del mártir del Gólgota repercutía en angustia sobre ambos corazones. Y aquella tarde que jamás olvidaría, Mariam, la de Magdala  oyó claramente la voz del Cristo moribundo abrir un postigo en el firmamento: “Padre, Padre, hoy estaré en la pre alba de tu presencia”. Y fue tan límpido el amor que Mariam, la de Magdala le tributara al Hijo de Dios durante su tránsito humano como Joshua Ben Joseph, que fue a ella a la primera que se le apareció en su resurrección. Y Mariam, la de Magdala, que lloraba frente al sepulcro abierto la nueva pena por la desaparición de su cadáver, con el llanto silencioso e inagotable de los que  mucho aman, no lo reconoció hasta que él con su voz de poeta, con la misma voz con la que le hablaba en parábolas en la intimidad nocturna de su amor platónico, le dijera: ¡Amor mío!... ¿no me reconoces?