VOLVER

 

Volver es el más humano de los actos humanos. El más dramático. Volver en tiempos diferentes es convertirse en ectoplasma. Transparencia súbita que nada altera. Fantasma en espacios conocidos que se niegan a coincidir con la memoria. Inoportuna presencia que cierra el paso de la luz. La displicencia mira a través indiferente, mientras la memoria audita sus propiedades. Allá una acacia en rojo resistida. Y aquí mi casa. Blanca todavía. La desafinada techumbre casi es piso. Hueco. Mirador. Y el fino azul del sócalo perdura desvaído. Como una lentificada despedida. Desde el medio de la calle, polvorienta, con apelmazada acumulación de inviernos en sus márgenes, la invade mi memoria ¿Quién es? ¡Gente de paz! Qué paz. Demasiada. ¡Pase adelante! El patio. Pequeño. Apretado. Suficiente. La cocina humosa. Residual. Necesaria. Tibia todavía de mi última cena. La sala con el carboncillo del padre en sepia lejanía. Y el cuarto de soñar a colores con partir. Partir. Partir. Escapar del tedio. Del amodorrado segundero. Del laberinto descifrado. Del calco calcado. Del sabor repetido. Y repetido. Gris. Blanco. Blanco. Blanco. Blanco. Negro. Luto. Gris. Medioluto. Morado. Gris. Gris. Algún marrón en lontananza. ¿Azul? El cielo. ¿Rojo? En las acacias. Cian, el sócalo y la puerta de mi casa. Gracias madre, que purgaste mis pecados, por el detalle. Siempre supiste que me ahogaba en blancos y grises en este monótono deshojar de la intemperie que me llenaba las manos de minutos bostezantes. Horas. Qué largas las horas en la nada. Despertar. Rutina. Rutina. Rutina. Comer. Rutina. Rutina. Dormir. Rutina. Noria. Noria. Noria. Molienda. Bostezo. ¡Existe el fucsia! Pero allá. Afuera. Lejos. Que corta sonaba a mis apresurados anhelos la palabra lejos. Hay fucsia. Hay caminos. ¡Hay caminos!  Por fin supe lo que era un camino y para qué. Un camino es la distancia entre la certeza y la esperanza. Para huir de la inexorabilidad de la condena manifiesta en el nacer en un lugar solo apto para volver. No hay caminos para volver. Solo rutas. Vías. Espacio entre dos certezas. Allá quedaba el río. ¡¿Y el río?! ¿Cómo puede evaporarse un río tan orgulloso de ser el río? Alto pastizal cubre su estrecho lecho sedentario. Verde serpentear de utilería. Río de la memoria que en ausencia de oleaje mueve las crinejas de sus hierbas al ritmo caprichoso de la brisa compasiva. Por costumbre. Para consolarlo de su sed insatisfecha. Río para quien agua es un vocablo ininteligible. Así de perdida la memoria. Risas. Las risas suenan a otras risas. Son risas usurpadoras. Pero qué calidez recorre el epitelio al escucharlas. Las voces imitan voces que encienden la nostalgia. Intangibles sobresaltan vacíos en el vacío. En un rincón agoniza un recuerdo de saludo pesaroso. Moribundo. Los afectos recogidos. Enclaustrados. Encriptados. Codificados. Estrella y cruz. Para siempre. ¿Los nombres? Espera. ¿Quién? Debo identificarme conmigo a cada paso. ¿Quién soy? Lo que quedó cuando partimos es arena surcada de viento. Lo que queda cuando volvemos es viento surcado de arena. El aroma permanece. No sé si en el paisaje o en la memoria. Pero el aroma es. Hay ocre donde verde hubiera. Pero en el ocre se adivina el verde. ¡Y qué verde! O qué verdes. ¡Cuántos verdes! Azulosos. Rojizos, Amarillentos.  Verdiverdes. Verdipúrpuras. Verdioros. Claros. Oscuros. Brillantes. Apagados. Salpicados. Matizados. Lujuriosos. Pudibundos. ¡El color de Dios! En verdes tapizado el paisaje vigoriza su acuarela desplegada. En la memoria. Amplificados por la espesura del silencio los sonidos. Grillos. Grillos. Grillos. Trinos. Trinos. Trinos. El viento aletea. Murmura. Refrescante dulcedumbre. Y en cada trino la memoria. Mansa. Dócil. Apacible. Domesticada. Ensuavecida. Conmovida. Gira. Gira. Gira. Todo se ha achicado. Derruidos espacios anochecidos, cortinados de arañales, cobran vida y vuelven a morir a nuestra espalda.  Solo el sol sigue. Radical. Dogmático. Fanático. Trazando sombras al capricho espadachín de su paso. Absolutista. Autocrático. Marcando. Marcando. Marcando. Sembrador de distancias. Vencedor de vanidades. Iluminando vida nueva que no encajo y no percibo. Un gato cruza indolente. ¿Un gato? A esta hora no debe haber gatos. Es hora de perros. Vagabundos. Exploradores. Arqueólogos. Excavadores. Antropólogos. Revuelvelatas. Olisqueaperras. Patasarribas. Revueltavueltas. De perros. No de gatos. Prefiero al insolente gato iconoclasta al perro adulante. Incondicional. Sumiso. Faldero. Lamesuelas. Despreciable. ¿Qué defiende el perro? ¿Al amo? ¿O al ser sin merecerlo? ¿Es un sueño? Suelen ser negros los gatos de los sueños. Y de ojos verdes. Y este gato pasea su irreverente grisitud de hirsuta cola alzada acariciando con sus huellas la dureza. Indolente. Indiferente. Sinuosa travesía cruzando transparencias. Elegante parsimonia importamepoco. Medalomismo. ¿Y qué? No hay asombro. El asombro es ignorancia. Tañen las campanas. Como entonces. La misma metálica congoja. Hacia fuera. Hacia dentro. Hacia fuera. Hacia dentro. Hacia fuera hacia dentro. Melancolía. Badajo voceador de oxidadas liturgias. En cada sacudida se adelgaza la tradición. Redundancia monocorde que puebla las calles de férreas ausencias. Ritos. Escucho mi nombre. Súbito surco en la quietud. Giro. Ilusionado. La sonrisa renuncia. Nadie. ¿Nadie? ¿Reconocimiento de alguna ventana enmudecida? ¿Soltó amarras algún sobresalto?  ¿Travesura del yo que se quedó? Es fantasma quien invade espacios conocidos en tiempos diferentes. Todo menos yo proyecta sombra. ¿Seré solo un recuerdo que se escapó de mi nostalgia y cree estar aquí, en esta poblada soledad donde no soy? A pesar de estar. Una algarabía juvenil escenifica. Absorto. Identifico. Éramos nosotros. ¡Éramos nosotros! Se deshace el espejismo en flotante niebla. Espesa. Jirones rarefactos. Palpables. Pero pude atrapar en la alegría que se deshace al yo que se quedó. ¡Que soberbio acto humano el volver!  Y qué drama en el volver. No son ganas de despetalar  arrepentimientos. Son deseos de lloverme. De empaparme de lo que pudo ser. De vivir esta historia. De no ser este alucinado traslúcido. Sino el otro. El que no partió jamás.  Arena. Viento. Acacia. Soledad. Este es mi hogar. ¡¡¡¡Éste-es-mi-ho-gar!!! Mi prisa y el azar concurrente me lo vedaron. Partícula. Brizna. Diáspora. Y partí sin mí. Escindido. Qué drama en el volver. En esa esquina estoy. O mejor dicho está yo. Y está yo a la sombra predecible de aquel árbol. Que es menos árbol de cuerpo presente. Y está yo en aquella plaza. Sentado en la forja de ese banco con los libros al lado y un cigarrillo entre los dedos. Furtivo. Mirando impaciente el lento reloj de la torre. Que hoy no es torre ni es reloj.  Solo lentitud. ¿O conforme gravitar sobre la sepultura de las esperanzas? ¿Puede tener esperanzas quién no busca? ¿En serio puede tener esperanzas quien espera? ¿Esperanza deriva de esperar o de buscar? ¿Por qué no hay jardines en mis recuerdos? Pero sí hay ternura. La ternura es una forma de jardín. Con más color. Y más calor. Y allá está yo. En aquel nombre de mujer susurrado desde mis ignoradas posibilidades. Y allá está yo. En el callejón donde una tarde descubrí que los sueños son realidades presentidas. ¿Por qué las tardes serán tan… las tardes? Y está yo en el sonrojo del amor descubierto por la infidencia de la ingenuidad. Y está yo en aquel muro de saltos premonitorios. Y está yo en el estridente imposible del verano. Y está yo en la tristeza aferrada a la renuncia que la lluvia impone. Y está yo en esa música que germina por las grietas de las inarmónicas paredes. De las aceras reventadas. Crujientes. De las laminadas techumbres cimbradas de reflejos. De los rostros que le van quedando flojos a la piel. En esa calle de recuerdos largos está yo. Y está yo en aquella que no lleva sino trae. Sí, está yo. Que conmoción saber que en el volver está yo. Inmutable. Inalterable. Estoico. No le fue posible envejecer al yo que se quedó. Envejece el que se fue. Y el que vuelve. Por eso es tan humano el acto de volver.