ENTRE SEGOVIA Y MADRID

(El poeta salió de España, esta, no pudo hacerlo de su poesía….)


Era una mañana fresca

a finales de Diciembre.

Desde Madrid,

la sierra nos invitaba a subir,

cruzarla por Guadarrama

y en Segovia descubrir

esa joya de Castilla

al natural.


Una vez allí,

nubes de impaciencia

peinaban canas

de quietud;

en las sienes de la sierra

entre Segovia y Madrid.


Su cumbre,

pálida y conmovida

por el efecto de la estación,

aparecía dormida

a la vista del pueblo de San Ildefonso.

Este,

robusto de histórica belleza,

se hundía de satisfacción

con nobleza

y lealtad,

al vecino palacio de la Granja.


Por los alrededores… la bruma rondaba,

el aire soplaba,

los árboles desnudos, se quejaban

en silencio,

quizás acomplejados por el eco de supervivientes jardines,

y arquitectura de suntuosidad.


El suelo,

duro cual salpicado de rocío,

pedía a gritos calor;

y se abrigaba con hojas

caídas por el dolor

de verse acabadas.

Como en un cuento de hadas,

aquel efecto llegaba al fondo del corazón.

En las afueras del pueblo,

casi pegadas al cielo,

se veían montañas

aposentadas

en alarde de esplendor.


Los peñascos se alzaban de orgullo

como soldados romanos

de antaño,

mientras que la ladera deslizaba por su piel;

olas de vegetación

y sombras pronunciadas

de inesperado rubor.


Era una visión perfecta, entrega de inspiración

y pureza;

entre la luz y caricias

de un intermitente sol.


Aun pasado el medio día,

aquello me parecía

como un sueño encantador.

San Ildefonso, permanecía

empedrado… enladrillado,

de historia incustrado

en el tiempo,

centinela de la sierra, cuya falda extendía
magnetismo, admiración

junto al hechizo del día;

y un frío viento de invierno

con armas de cacería

para captar el momento

y hacerlo presa del alma.


(Poema inspirado en un viaje a la Granja de San Ildefonso, Segovia, Diciembre 1999.)