APRENDER A JUGAR


No son quejas, ni lamentos,

lo que yo pueda decir,

simplemente, sentimientos

que, me gustaría escribir.


Hace tiempo, de muchacho,

fui callado y soñador.

Al pasar de varios años

me sentía emprendedor.

Comenzaba a darle vueltas

algo que, a  mi alrededor,

infiltraba ideas inquietas

de atrevido  jugador.


Jugador, que, de esta vida,

mucho tiene que aprender

de esas cartas y partidas

que debemos conocer.

Sin saber de la baraja,

me senté, solo, a jugar.


Con prisas, seco y en frio,

sin dejarme de enseñar,

los consejos de un amigo

no escuchaba al barajear.


No perdía, ni ganaba,

me llegué a desengañar,

tan sólo, el tiempo pasaba

sin poderlo remediar.


Al jugar y más jugar,

de partidas me sacié.

A las cartas llegué a dar

con la punta de mi pie.

Como en esta poesía,

sin darme cuenta encontré;

no sabía lo que hacía

y del juego… me aparté.