EN
EL TRONO DE MADRID
Teníamos que salir,
un asunto imprescindible
por el centro de Madrid.
La tarde era calurosa.
Naturalmente, un atasco nos detuvo.
Sin aire acondicionado,
el coche era confortable,
con lujo, muy bien cuidado.
Bueno, también eran otros
parados alrededor:
un Mercedes, un Peugot,
tres Volkswagens y dos Fiats
junto a un hermoso Renault.
Pasaron 20 minutos y el atasco proseguía.
De allí nadie se movía
con un infernal calor
Por la acera nadie había.
Si no fuera por los coches,
aquello me parecía
una calle abandonada,
que, de acequias adornada,
perecía
bajo el sol.
Nosotros en nuestro coche,
con ese aire de grandeza, típico del español,
nos mirábamos mutuamente,
como dueños de automóvil, que, solo
lleva un señor.
Por fin, nos movimos.
No fue más de siete metros,
suficiente para ver a la derecha,
a la sombra que ofrecía un hermoso portalón;
había un hombre dormido,
con su litrona*, buen libro y estirado en un sillón.
".El portero de la casa.."
Mi acompañante gritó.
En ese preciso instante,
me di cuenta del sudor,
y angustia de nuestras caras.
La del hombre del sillón;
era serena., angelical
y soberana expresión.
Nosotros,
éramos los príncipes del automóvil,
él era el rey de la siesta
en el trono de
Madrid.