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Borges ante el espejo de su sombra A veces en las tardes una cara nos mira desde el fondo de un
espejo; el arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia
cara. Aquí también esa desconocida y ansiosa y breve cosa que es la vida. Más
allá de este afán y de este verso me aguarda inagotable el universo. Dejo que
me sucedan los días, acostado en la oscuridad. Aún, siquiera parcialmente,
soy Borges… no sabré quién fue Borges. ¿Quién es el mar, quién soy? Lo
sabré el día ulterior que sucede a la agonía. Piensa que de algún modo ya
estás muerto. Si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos
y qué es el mundo. Oh destino el de Borges, haber envejecido en tantos
espejos, haber buscado en vano la mirada
de mármol de las estatuas, haber examinado litografías, enciclopedias, atlas,
haber visto las cosas que ven los hombres, la muerte, el torpe amanecer, la
llanura y las delicadas estrellas, y no haber visto nada o casi nada sino el
rostro de una muchacha de Buenos Aires, un rostro que no quiere que lo
recuerde. Oh destino de Borges, tal vez no más extraño que el tuyo. Gracias quiero dar al divino laberinto de los
efectos y de las causas…por el fulgor del fuego que ningún ser humano
puede mirar sin un asombro antiguo… por el hecho de que el poema es
inagotable y se confunde con la suma de las criaturas y no llegará jamás el
último verso… por la música, misteriosa forma del tiempo. La mano jironada de un mendigo agrava la
tristeza de la tarde. La noche es una fiesta larga y sola. La calle es una
herida abierta en el cielo. Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y
cuyas piezas cambian como en un sueño y sobre el cual me inclinaré después de
haber muerto. Los días son una red de triviales miserias, ¿ y habrá suerte
mejor que la ceniza de que está hecho el olvido? Qué importa el tiempo
sucesivo si en él hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde. Creo en el alba
oír un atareado rumor de multitudes que se alejan; son lo que me ha querido y
olvidado; espacio y tiempo y Borges ya me dejan. Dios ha creado las noches
que se arman de sueños y las formas del espejo para que el hombre sienta que
es reflejo y vanidad. Por eso nos
alarman. Ver en la muerte el sueño, en el ocaso un triste oro, tal es
la poesía que es inmortal y pobre. La
poesía vuelve como la aurora y el ocaso. Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que
mis días merezcan el olvido, que mi nombre sea Nadie como el de Ulises, pero
que algún verso perdure en la noche propicia a la memoria o en las mañanas de
los hombres. Yo que soy el que ahora está cantando seré mañana el misterioso,
el muerto, el morador de un mágico y desierto orbe sin antes ni después ni
cuándo. Hay una línea de Verlaine que no volveré a
recordar, hay una calle próxima que
está vedada a mis pasos, hay un espejo que me ha visto por última vez, hay
una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. Entre los libros de mi
biblioteca (estoy viéndolos) hay
alguno que ya nunca abriré. Este verano cumpliré cincuenta años; la muerte me
desgasta, incesante. Las cosas no sabrán nunca que nos hemos ido.
Morir es una costumbre que sabe tener la gente. A todos, tarde o temprano,
nos va entregando la vida. Los gauchos aprendieron los caminos de las
estrellas. Fueron pastores de la hacienda brava. Eran sufridos, castos y
pobres. La hospitalidad fue su fiesta. Alguna noche los perdió el pendenciero
alcohol de los sábados. Morían y mataban con inocencia. No dieron a la
historia un solo caudillo. Vivieron su destino como en un sueño, sin saber
quiénes eran o qué eran. Tal vez lo mismo nos ocurre a nosotros. Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave, a mi
espejo A veces en las tardes una
cara nos mira desde el fondo de un espejo. Pronto sabré quién soy. Quiero ser
recordado menos como poeta que como amigo. Quiero morir del todo; quiero
morir con este compañero, mi cuerpo. Agua, te lo suplico, acuérdate de Borges, tu nadador, tu amigo. |