Sentado sobre los muertos
Sentado
sobre los muertos que se han callado en dos veces, beso zapatos vacíos y
empuño rabiosamente la mano del corazón y el alma que lo mantiene. Que mi voz
suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde
ahora y desde siempre. Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol
que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte con
la sangre y con la boca como dos fusiles fieles. Si yo salí de la tierra, si
yo he nacido de un vientre desdichado y con pobreza, no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte, y cantar y repetir a quien
escucharme debe cuanto a penas, cuanto a pobres, cuanto a tierra se refiere.
Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué ponerse, hambriento y sin qué
comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento
justamente. En su mano los fusiles leones quieren volverse para acabar con
las fieras que lo han sido tantas veces. Aunque te falten las armas, pueblo
de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños, uñas, saliva y te queden corazón, entrañas,
tripas, cosas de varón y dientes. Bravo como el viento bravo, leve como el
aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu
corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a
cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes. Canto con
la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus
desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple
y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu
dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece. Aquí estoy
para vivir mientras el alma me suene y aquí estoy para morir, cuando la hora
me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y para siempre. ¡Varios
tragos es la vida y un solo trago es la muerte! (Miguel Hernández). Está mi
corazón en esta lucha. Mi pueblo vencerá. Todos los pueblos vencerán, uno a
uno. Estos dolores se exprimirán como pañuelos hasta estrujar tantas lágrimas
vertidas en socavones del desierto, en tumbas, en escalones del martirio
humano. Pero está cerca el tiempo victorioso. Que sirva el odio para que no
tiemblen las manos del castigo, que la hora llegue a su horario en el
instante puro, y el pueblo llene las calles vacías con sus frescas y firmes
dimensiones. Aquí está mi ternura para entonces. La conocéis. No tengo otra
bandera. (Pablo Neruda). Ellos no
tienen lecho, pero sus manos son las que hicieron nuestras casas. Ellos comen
cuando pueden, pero por ellos comemos cuando queremos. Ellos son zapateros
pero están descalzos. Ellos nos visten pero están desnudos. Ellos son los
dueños del aire cuando manejan alas, mas son los limosneros del aire en
tierra. Ellos no hablan, tienen palabras vírgenes... Hacen nuevo lo viejo...
La mañana lo sabe y los espera... (Manuel del Cabral). Mientras
alguien padezca, la rosa no podrá ser bella; mientras alguien mire el pan con
envidia, el trigo no podrá dormir; mientras llueva sobre el pecho de los
mendigos, mi corazón no sonreirá... El rumor de un pueblo que despierta ¡es
más bello que el rocío! El metal resplandeciente de su cólera ¡es más bello
que la espuma! Un hombre libre ¡es más puro que el diamante! (Manuel Scorza). Vientos del
pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y
me avientan la garganta... Si me muero, que me muera con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los
dientes y decidida la barba. Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores
que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas. (Miguel
Hernández). |