Doce lustros
A doce lustros de luz, cargo entre mis ojos el primer
reverbero, todavía azulando mis insomnios. También el corredor desde donde
veía pasar las recuas camino a las haciendas. El camino real donde, pajarito
entumecido, escondía mis nervios mientras pasaba el toro desgaritado hacia el
matadero. La rueda con que acortaba el
tiempo en los mandados. El animalito que espanté en alguna de mis veredas. El
tremendo susto cuando salí corriendo por las calles de mi pueblo, creyendo
haber contraído enfermedad mortal. El atrio de la Iglesia donde barajaba mi
destino entre milicia o sacerdocio. La
tarde en que cogí camino con mi madre para nunca más tornar a casa apenas a
los doce años. Las locuras, letanías y latines del Seminario. La monjita
española que lucía tanto camino del altar. La noche en que me sugirieron
colgar los hábitos por muy enamorado. Los doce años bajo el mismo techo
descubriéndole a la sombra su abecedario. El Martes Santo, por la Calle 4,
cuando de tarde me fui en busca del amor y me encontré el Monumento de la
Francia. La estela vespertina, cuando dejé a mi novia y a mi madre camino del
mar para alcanzar la nieve. Los dos años en el Alpe, allá en Turín,
templándole la cuerda a la esperanza. El grito del Mayo Francés 68 junto a mi
puerta. Los dos años nevados en Monza. El encuentro con Teresa de Jesús,
haciendo el amor con Dios —o a Dios— gracias a Bernini. María
quinceañera, Virgen, haciendo el amor con Jesús —o a Jesús— a los
ojos de la tarde, gracias al piadoso
Miguel Ángel. Giulio Girardi queriendo encuadrar a creyentes y no
creyentes desde una y otra fábrica, haciendo brotar la fe de la praxis
revolucionaria. Ernesto, el Che,
desfilando como Pedro por su casa en calles italianas. Fidel, “el
que encendió la historia y se lanzó de cabeza contra el dolor contra la
muerte”. Simón, el tal Bolívar, un nudo más en el alambre de la
historia. El burundés, enseñándome que el campo es el rey. El camerunés, que
el campo no es de uno solo y el gol, de todos. Un junio sentí pasar el tiempo
a ras de piel. Otro día oí que sollozaba mi lamento. Fui amaneciendo en
muchos puertos. Lejos de los bajeles de la infancia. En medio de hojarascas y
desiertos. Cerca de la tristeza trashumante. Bajo un trémulo sol de cafetales. Oí amanecer el
Mediterráneo. Vi gatear al Sol sobre las aguas. Supe de maldad, locura y mezquindad humanas. Con pavor, por
cinco lustros, entré y salí de muchas aulas, donde el canibalismo torpedeaba
a cada instante; donde incertidumbre, inseguridad, desconcierto, apremio,
sumisión, a sus anchas galopaban. Tan sólo en un gracioso, apacible bosque
mis morrales, mis versos, escondí por
un par de años. Libre ya de ataduras,
de horarios, presiones y prisiones, conmigo voy arreando sueños, horas,
“pasando el tiempo a la orilla del mundo”. La aldea sigue
guindando en mi conciencia como la música del Alpe en mi nochura. Las notas
del camino persiguiendo asombros. El amor acurrucado estruja el mediodía que
falta. La lluvia sabe mi tristeza. La
muerte no ha inventado nada. Sólo marcha la guerra por los lados. Un vaivén
de enredos sepulta la victoria. La guerra agazapada reta la esperanza. En
grito eterno el hombre implora Paz tras los pálidos ojos de los dioses. Sigo
en abril, seguro de que existo. Limito por el norte con mi madre. Por el sur
con la luz de mis luceros. Por el oriente azul con mi mujer. Por el oeste con el mundo entero. Y
no he podido limitar conmigo. Sólo sé que en cinco formas verbales cabe el
trajín del hombre sobre tierra: hundirse, hurgarse, ser, sentirse,
serse... más eso de los meses y
aquello que regresa de los años. |