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Inocente diciembre en
desvarío "Como decíamos ayer..." Fray Luis de León
Inocentes
quienes crean que para correr se hizo la esperanza; que el Niño de Belén vino
por dinero o estuvo de parte del avaro, el prepotente, el imperial. Quienes
culpen a las rosas por darle de comer al pobre. Quienes sean incapaces de
sostener la luz o enarbolen, cobardes, la derrota. Los que incendien las alas
a la Paz o acaben con las huellas del camino. Los que no sepan de ningún
secreto o al soldado le escondan sus fusiles. Quienes pierdan su tiempo en
ventoleras o apenas si se acuerden de los suyos. Inocentes los Cristos sin
sus látigos. Aquel imperio en busca de amapolas o el pueblo cuando entierre
sus sudores. El soldado que atente contra el pobre o el pobre que arremeta
contra el viento. Inocentes los que olviden que la poesía de la libertad es
el culto nuevo; la libertad, la religión definitiva; los hombres, todos, los
nuevos sacerdotes. Quienes no reprochen al alba su tardanza hasta
abrazar el asombro de la muerte. Quienes desprecien la llama roja que flamea,
mientras el fuego azul del horizonte espera, mientras invita la bandera a
batallar. Inocentes quienes no atinen con el próximo jalón, inventen rutas
nuevas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Quienes dejen de
hurgarse, hundirse, ser, sentirse, serse, entre el alma de la patria en
gloria o ascuas, salvando noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón;
pena, chaparrón, vida o sobrevida. Inocentes el
aurinegro estiércol de los diablos; el pavoroso tesoro del hambriento
—el eterno basural de los zopilotes, los zamuros—; los que juntan casa a casa
y añaden heredad hasta ocuparlo todo; el monte sin bramido de ganado; el
aullido de la hiena, la salvaje cabra, el chacal o los hurones; los canarios,
los gallos, los grillos, los cristianos y los trompos tuertos; cualquier
unión patriótica, hideputa, unida, suprema, checa, eslovaca, ecuménica o
romana; la ponzoña, la maleza, la cizaña; los Smith y sus deudas indeseadas,
inmorales, indexadas; los Truman vagabundos de la guerra; el tísico pañuelo
de la guerra; las indómitas fieras de la guerra; la desolladura del barro que
seremos; el estridente relincho del rayo de los pájaros; los desvalidos
gritos de un pescado muerto; los ojos abiertos de los ciegos. Inocentes la clara
tempestad de los caminos, el tiempo fatigado de infinitos y el silente
lagrimón de la vereda —latigazo que a todos atribula, el que a la lucha sin
cesar nos lleva—. Aquel que ausente de su ser delire. El que no sepa de
ningún lucero. El simple labrador que sueña en ver crecer la flor de sus
plantíos. El que, lejos de su infancia, viva. La sombra de la aldea galopando
auroras, portachuelos, madrugadas, hacia la luz total de los fogones. El paso
de la lluvia en torrencial suspiro mientras la madre su bocado implora; el
niño que en harapos llanto apaña; el hombre entretejiendo llagaduras.
Inocente manera de sabernos vivos; de llegar a enero vivos todavía. El
inocente asombro del barranco. Diciembre, inocente, arrobo y fogonazo;
diciembre, claridad en la amargura; diciembre altivo en las fulgentes eras;
diciembre en el fulgor de la alegría, en los ojos azules de los ángeles y en
el hambre del pobre y sus quebrantos; diciembre, lumbre diapasón y canto,
alto para fijar el horizonte, cuando bajan los ángeles a tierra para sentirle
al hombre su quejido, inocente diciembre en desvarío. |