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Vidente en Nueva York Arquitectura
extrahumana, ritmo furioso, geometría, angustia, crimen, bandidaje. Nieves,
lluvias y nieblas subrayan, mojan, tapan las inmensas torres, pero éstas,
ciegas a todo juego, expresan su intención fría, enemiga del misterio, y
cortan los cabellos a la lluvia o hacen visibles sus tres mil espadas a
través del cisne suave de la niebla. Hay un dolor de huecos por el aire sin
gente. ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! La sangre no tiene puertas en
vuestra noche boca arriba. Sangre que busca por mil caminos muertes
enharinadas y ceniza de nardo. ¡Hay que huir!, huir por las esquinas y
encerrarse en los últimos pisos, porque el tuétano del bosque penetrará por
las rendijas para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse. ¡Oh
salvaje Norteamérica!, ¡oh impúdica!, ¡oh salvaje! ¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa! Ni el rey, ni el millonario de ojos azules, ni las
bailarinas secas de las catedrales. Que ya las cobras silbarán por los
últimos pisos. Que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas. Que ya la
Bolsa será una pirámide de musgo, y muy pronto, muy pronto, muy pronto. ¡Ay, Wall Street! Cuando empiece el tumulto de la guerra dejaré
un pedazo de queso para tu perro en la oficina. Nueva York de cieno, Nueva
York de alambres y de muerte. ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de tus anémonas manchadas? Agonía, agonía, fermento
y sueño. La guerra pasa llorando con un millón de ratas grises. Urbe
aulladora, el cielo tendrá que huir ante la revuelta de las ventanas.
Manzanas
levemente heridas por finos espadines de plata, mundos enemigos y amores
cubiertos de gusanos caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula que unta de
aceite las lenguas militares. Los maestros enseñan a los niños una luz
maravillosa que viene del monte; pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera. Yo vi dos dolorosas espigas de
cera que enterraban un paisaje de volcanes y vi dos niños locos que empujaban
llorando las pupilas de un asesino. Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y una sombra, porque es la guitarra donde el amor se
desespera, porque es la demostración del otro infinito que no es suyo y es
las murallas del muerto y el castigo de la nueva resurrección sin fusiles.
Los muertos odian el número dos, la luz tiembla delante de los gallos y los
gallos sólo saben volar sobre la nieve, tendremos que pacer sin descanso las
hierbas de los cementerios. Pero el viejo de las manos traslúcidas dirá:
amor, amor, amor. Dirá: paz, paz, paz, entre el tirite de cuchillos y melenas
de dinamita. Mientras tanto, la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro, ha de gritar frente a
las cúpulas, ha de gritar loca de fuego, ha de gritar loca de nieve, ha de
gritar con la cabeza llena de excremento, ha de gritar como todas las noches
juntas, ha de gritar con voz tan desgarrada hasta que las ciudades tiemblen
como niñas y rompan las prisiones del aceite y la música. Porque queremos el
pan de cada día, flor de aliso y perenne ternura desgranada, porque queremos
que se cumpla la voluntad de la Tierra que da sus frutos para todos. Extractos de
"Poeta en Nueva York" de Federico García Lorca.
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