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MANIFIESTO
2 Brindemos,
por el día. ¡Brindemos
por el escándalo! Aunque
estés triste brindemos por el día.
Lubio Cardozo Oír el llamamiento y presentarse. En el patio de honor tomar el
arma -la lumbre genital en la batalla -. Celarla antes, después y en la faena. Alistarse.
Entrenarse permanentemente. Partir de madrugada. Irse al frente. A primera línea o retaguardia, con trinchera
o sin trinchera, enfrentando al enemigo fuego a fuego, defendiendo, atacando,
resistiendo. Calada en el fusil la bayoneta, empuñar la destreza necesaria.
Sentir el apoyo del certero impacto de los misiles - los ángeles custodios de
la justa -. Oír rumores, nunca
divulgarlos. Saber que el arte es una guerra en grande. Hablar de vez en
cuando de temas menores. Ir formando gestos, lentamente. Usar la propia mano
como almohada. Trasplantar los recuerdos. Hacer correr un pedazo de oscuridad
sobre otro. Recortar el espacio que queda entre las cosas. Sacar de
circulación nuestra imagen. Cambiar la propia imagen periódicamente. Cambiar
de imagen cada tanto como se cambia de sueño cada noche. Crear un marco para
cada cosa. Cuidarse de poseer características ajenas a nuestro destino. Aceptar
el precio de la justicia por rápida, segura, funcional y ordenada. Oír todas
las verdades y todas las mentiras. Descifrar cuidadosamente cada una de las
sorpresas vespertinas o de fines de semana, fin de año o fin de siglo. Cambiar de voz, de nombre y de oficio
para averiguar lo imposible.
Comprender la semiótica de las iguanas y las lagartijas. Subir a la
locura por la parte más accesible. Evitar aparecer en las páginas sociales de
los diarios. Preparar el pensamiento para a los escamoteos de las cosas. Escapar
de las miradas de los otros; después, de la propia mirada; luego, de la
mirada de las cosas. Aprender a olvidarse del recuerdo. Desmadejar las líneas
de la mano. Entremezclar los ojos y las cosas. Desencajar el silencio del
sueño. Recoger lo poco que existe y crear lo que no existe. Empezar a no
reflejarnos ya en los charcos. Disolver para siempre nuestro grotesco oficio
de encuadernar la nada. Rechazar cualquier condecoración.
Adorar hasta la demencia la rebelión de Adán y Eva. Dar una vuelta
a la palabra cuando haya moros en el
cable. Tomar en cuenta las
notables diferencias entre un Pontífice y un Poeta de la Liberación. Valerse de la ocasión para renovar
las seguridades de alta y distinguida consideración. Aprender afinar la guitarra
con la puntería exacta del fusil para marchar al combate con el pueblo.
Conocer los secretos de la lluvia y sus modales. Quebrar el hipnotismo de las
cosas. Desenfrentarse de la vida y mirar hacia un ojo que no nos hipnotice.
Inventar respiraciones nuevas. Inventar el regreso del mundo después de su
desaparición. Llevar una mirada
de repuesto o comprar alguna en el mercado: inventar otra mirada. Y si aún
faltare algo, inventar también otra forma más concreta del hombre.
Reconquistar nuestro origen. Reconocer que no hay quejido mayor que el del
amor. Estar atento al parte de guerra. Saber que existen caminos que no hay
que seguir, ciudades que no hay que asediar o atacar, ejércitos que no
conviene hostigar, preguntas que no hay que contestar y hasta órdenes que no
hay por qué cumplir. Saber lo estrictamente indispensable. Participar en el
engaño, en el ardid, la situación o la apariencia. Llevar la astucia al
máximo posible. Adaptarse a la
situación, sobre todo a la situación ajena. Avanzar por caminos tan insólitos que nunca el adversario logre
descubrir. Dar con el más vulnerable de los puntos. Batirse
en retirada o perseguirla. Contar con la moral, el ánimo, el terreno, el
clima, el mando, la ocasión y la doctrina. Descubrir el esquema general del enemigo. Como el agua, adaptarse a las formas
nuevas. Usar ataques directos e indirectos. Pulsar la ventaja y desventaja de
la hazaña. Protegerse del árbol
que se agita, del pájaro que se
espanta, del polvo alborotado, del llanto de la bandera en el contrario
frente. Distinguir claramente entre terreno accesible, deleznable, angosto,
accidentado, fronterizo, clave, convergente, difícil o mortal. Conocer al enemigo como a sí mismo para que nunca la victoria
sea amenazada. Conocer las
fuerzas naturales: el fuego, el risco, el agua por la escarpa. Contar con el agente secreto
inevitable. Administrar pertrecho y proyectil. Adelantar, vivir, sobrevivir.
Resistir hasta el último combate.
Cuidar con tiento cada retirada. Huir de frente, atacar de retirada, volver
caras, triunfar en la derrota. Ir entre escaramuza y sorpresivo encuentro
halando la explosión del lauro. Rechazar la sentencia de la muerte. Asumir
alto el triunfo de la vida. Blandiendo diapasones subversivos, llevar hasta
la cima la bandera y desplegarla en
rancho en cada
aldea hasta colmar la lágrima del pueblo. Coronada la lucha, asegurar la militancia plena por la
belleza y la verdad del hombre, como un golpe de amor en cada miedo, como
un claro de
tierra en la mirada de
cada madre que se muera. Palabra por palabra, decir lo que pensamos, con la seguridad del
sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al
encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar
a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda.
Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula, ramazón o ramalazo; las
palabras compiten, competen y complotan. Únicas capaces de recuperar al
hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar al vino. A pesar de la
miseria o la grandeza humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o
incrédulos, tímidos o temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar
nuestra impotencia, hablar de una vez para mañana. Pronunciar la palabra
decisiva que la vida y la historia nos vayan enseñando. Envueltos en
subversiones y versiones, marchas
y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Decidirnos por la libertad de
la palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la
noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al
hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura. Lugar por excelencia
de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en
desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive. Hacer
buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad,
salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia
represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética,
en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión
real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa.
Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias.
Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el
soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar, antes que la
pólvora, la palabra, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia,
su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria
cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle
conciencia conflictiva, desgarrada. Empuñarla, fulgurante, solar y duradera.
A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano,
volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera
alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva.
Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro,
el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias.
Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por
las sendas urticantes. ¿Hasta cuándo la calificación de las palabras? Alma arriba,
alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias refulgentes. Lejos de
tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir
caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria,
vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; dar palabra,
corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños,
manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta. Frente a
una palabra enmascarada, fantasiosa, una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra
activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada,
insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre.
Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso
corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo! El corazón, los ojos
de los hombres se llenaron de letras, de mensajes, de palabras. Letras que caminaron
y encendieron, que navegaron y vencieron, que despertaron y subieron, letras
que libertaron, letras en forma de paloma que volaron. Y el hombre fue otro y
otra fue su palabra. El canto, el himno ardiente que reúne a los pueblos de
una letra agregada a otra letra y a otra de pueblo a pueblo fue sobrellevando
su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la
claridad del canto. La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella.
Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos los
relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para lo
que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija para
ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre, al
mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A
presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz. Somos la
palabra que está naciendo, la misma que se detiene y volcará como campana su
acero y su sonido hacia todas las mañanas. Basta un lucero para que haya
noche. Basta un quejido para que haya día. Construyamos el porvenir y el amor
telúrico desenfadado y sin banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra
sola, labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra
espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra.
¡Y si después de tántas palabras, no sobrevive la palabra! Entonces...
¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra! Ebrios de soledad, la copa nos ampare, albergue nuestro sueño.
Tal el comienzo de la fuga, de la espera, del delirio. La fiesta nos aguarda.
Gozo de la vid. Gozo de la vida. Gozo de vivir por encima del abismo. La
cisterna contiene la furia del sediento. Brillan las estrellas. Aprendamos
con el cuerpo. Flotemos en la noche. Gocemos sin vergüenza. Saciémonos.
Fluctuemos como el mar. Soplemos como el viento. Amemos sin malicia, ni
horario, ni fronteras. Así el amor en el flujo espontáneo de unas venas encendidas
por el hambre de no morir, así la muerte; la eternidad así del beso, el
instante concupiscente, la puerta de los locos, así el así de todo después
del paraíso: Dios, ábrenos la puerta de una vez. En esta quebrazón de copas
lo que va a estallar es el mundo. Definitivamente, el vino fortalece. Lo
saben los libros y los sabios. ¿Qué vida la de los que del todo carecen de
vino? La verdad en el vino. En el vino la verdad. El vino alegra el corazón del
hombre. El vino dadlo a los afligidos; que bebiendo olviden su miseria y no
se acuerden más de sus afanes. Da bebidas fuertes al que debe morir y vino al
corazón amargado: que beba, que olvide su desgracia, que no recuerde ya su
pena. No bebas agua sola, sino mézclala con un poco de vino. Venido de la
noche, con pies de púrpura y sangre de topacio, hijo de los dioses, sonrojo
de la tierra, mueves a los hombres, los alientas, iluminas. La tierra
sonrojada - toda maravilla - al hombre
sacia toda sed. Surge, entonces, la verdad del hombre. Venimos como el agua y
como el viento vamos. Bebamos, pues no sabemos de dónde venimos ni por qué;
por qué nos marchamos ni hacia dónde. La música valiente de un tambor
distante nos invita al viaje hacia la noche. La brisa nos ofrece la copa del
misterio. Los umbrales de la noche nos sorprenden en vigilia. Una cosa es
cierta, mentira el resto, como a la flor, la muerte nos acecha. En noche
oscura, en oscuras, en tinieblas, dejemos a la muerte al descubierto, al pie
de todo asombro. Ardamos de alegría en agua, sombra, montes, flores, hierbas,
fuentes, eco, aire y vientos. Mientras alguien padezca, la rosa no podrá ser
bella; mientras alguien mire el pan con envidia, el trigo no podrá dormir;
mientras llueva sobre el pecho de los mendigos, no sonreirá el vino. Matemos
la tristeza, poetas. El rumor de un pueblo que despierta ¡es más bello que el
rocío! El metal resplandeciente de su cólera ¡es más bello que la espuma! Un Hombre
Libre ¡es más puro que el diamante! A punta, a copa de vino, libertemos al
fuego de su cárcel de ceniza. Encendamos la hoguera donde se queme este mundo
sombrío. Seamos un relámpago perpetuo. Dios hizo el sueño; el hombre, el
vino. Cabalguemos sobre el vino. Partamos sin espuelas y sin freno rumbo al
azul. Por el azul huyamos sin sosiego al paraíso de los sueños. Demos de
beber a las botellas. Roguemos porque a las noches no les dé sueño. Bebiendo
cielos, como copas de árboles, lleguemos a los dioses. Bebamos nuestro júbilo
de ser del vino orfebres. En esta hora incierta de los hombres, entre la herida
universal del orbe, golpe a golpe, hacia adelante, rema y rema. Subsanemos
hambre en libertad. Sobrevivamos. Trascendamos en sobrevida. Grabemos el
sueño entre los árboles para que vaya andando en el aire, como ellos, hacia
arriba. Compartamos la luz del mundo, el pan del mundo al mismo tiempo que la
noche oscura. Condenémonos juntos o salvémonos todos con las mismas manos,
con el mismo vino y con las mismas sombras. En trepidante juglaría, por entre los espinares del río o los
herbazales del viento, perdido en el laberinto del enigma - la realidad -, en
la romería de la vida, convencido de que la materiapoesía significa mínima
sencillez, simpleza máxima, materia absoluta del mosaico del mundo, libertad,
la exacta libertad que sólo al lodo conduce, al agua, al aire diáfano, al
silencio, el poeta nos confirma que echarse a errar, existir, es asomarse a
la eternidad. Seguro de que podemos aún equivocarnos, nos convoca, aunque
tristes, a que brindemos por el día, por el escándalo, desde la afueridad del
mundo. Sobre la colina de las reminiscencias arrulladas por el vahaje marino
del atardecer, sobre el humus de la cotidianidad, nos reta a subsistir en
este pedazo de siempre desde la inhóspita afueridad del nunca. Extravíase en el estupor por el goce de errar mientras avientan
los días destellantes las afables fábulas del cantor. Siempre la brújula de
la poesía se extraviará ante la numinosa rotundez del silencio en dulce,
irremediable, perpetuo naufragio, mientras el azar, el ser de la aventura de
ser en el mundo remonta el espejismo de la eterna colina. El impertinente
viento del hado al peregrino, en erradumbre, impulsa. Roba el alma el brillo,
el fulgor, mientras pasa por la estancia del mundo. Íngrimo, el solitario, la
Torre de Segismundo abandonada habita. Palpa ( ¿disfruta? ) el prodigio en la
errancia el ser en la mirada. De pronto te asombrarás que un hombre rompa a carcajadas su
sarcófago, mientras de este lado el tronido de la realidad ilumina, el
estridor del todo. Ni por más que alarguemos nuestra vida algún tiempo
robamos a la muerte. Allá, la yermitud del canto. Únicamente la poesía nos
concierne más allá y más acá de todo sobre el reino de gea frente a la ínsita
mudez de las cosas donde toda sed o el amor nacen, toda desesperanza o la
locura. Venidos del receso,
de regreso erramos camino a aquellas tres estrellas que hacen fila allá en el
cielo. Nada sin embargo desciframos al retornar. Queda sólo el retumbo en la
turbación de la mirada. Remolino de ceniza de las lometas calcinadas del verano.
A veces la muerte de nosotros se olvida. Oh calma, reto y evasión mientras
Ella emprende de nuevo su voraz rutina. Venimos del vino y hacia el vino vamos. ¿En qué reino, en qué
siglo, bajo que silenciosa conjunción de los astros, en qué secreto día que
el mármol no ha salvado, surgió la valerosa y singular idea de inventar la
alegría? Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya
fuera ceniza en la memoria. Vino del mutuo amor o la roja pelea, alguna vez
te llamaré. Que así sea. Ah risco, pulpa del universo, la vestedad misma encarnas, lo
excelso en sí, la opulenta morada circundante, la certeza del silencio. Todo
te pertenecerá cuando obedientes al clarín de tu llamada se realicen las
nupcias con el humus. Entonces ver, mirar como cualquier animalejo silvestre.
Contemplar se puede llamar el existir. Ver. La mirada. El azar del magnífico
naufragio en esta pequeña isla ínsita, sin rumbo, sin certidumbre, con los
foscos pedruscos del silencio confundirse. Parido cada quien en su
encrucijada, aliméntase de la trafagocidad y lo fortuito, prebendas del sol y
de la noche. Sin embargo me detengo y digo ¡alto! Amo esta parcela de locura.
Por el espejismo del encanto mi estandarte de emoción enarbolo ante la
tempestad del caos. Tiempomirada, horizontes del infortunio de este sílex
vagabundo en el dédalo del sueño. ¡Ah solar sabor! ¡Oh instinto enamorado de las cosas! |