Carta a Fidel
Fidel Amigo: El mundo está con Usted y con su Cuba,
nuestra Cuba, más bandera que nunca desplegada a la esperanza. A pesar de
todas las interferencias en estos días de noche oscura, el mundo sintoniza,
está pendiente del Territorio Libre de América. Quienes sabemos del camino,
del viento, del Moncada, del Che, de la sierra, de la muerte y la arboleda -
los mejores testigos de sus sueños -, rogamos para que Martí los acompañe y
nos recuerde que la inteligencia se ha hecho para servir a la patria y que la
libertad es la religión definitiva, mientras la poesía de la libertad el
culto nuevo. La voz de Europa, la del mundo, la de América y América Latina
esperan a cada instante por su voz, por la voz de Martí y la de Bolívar, las
voces certeras del encuentro en Libertad. Porque nunca la tierra más firme ni
más azul el mar que desde la garita de las islas. Desde estos ventisqueros de Los Andes,
de donde partiera el Héroe a liberar sus patrias, pedimos a la gallarda
cubanía, empuñada entre sus manos, ilumine la noche que se cierne sobre
América. Que la espada de su isla no cese en la trocha que nos falta por
abrir. Que las manos de Bolívar fuljan en sus manos, hasta que América
alcance su destino al fragor de sus hazañas, mientras vibre su espada en el
camino. Que el ejército rojo, insomne, vele por nosotros en esta noche de
América, al lado del barco mercenario que nos mira, nos apunta, nos vigila. En esta suprema encrucijada de historia
y liderazgos, donde cada quien quiere su imagen agigantar, decida Usted,
Amigo, como los héroes, entre el destino y el poder. Usted que tiene la
palabra, el destino y el poder, díganos: ¿Cómo subsanar el hambre en
Libertad? ¿Cómo sobrevivir? ¿Cómo trascender en sobrevida? ¿Cómo grabar el
sueño entre los árboles para que vaya andando en el aire, como ellos, hacia
arriba? ¿Cómo compartir la luz del mundo al mismo tiempo que la noche oscura?
¿Cómo condenarnos juntos o salvarnos todos con las mismas manos y las mismas
sombras? Comandante Amigo: Cada uno tiene su
Moncada, su encuentro con la historia. Ojalá, entre los reales dominios de la
violencia, sepamos ajilar esta caña, abrir este camino entre los dioses y los
lobos que asechan la esperanza. Salud, estrella de cinco puntas, estrella de
todos los justos. Salud, Sol solitario, Sol de José Martí, Sol del 26 de
Julio. Sol de América, Sol del Mundo que haremos, los que vamos a vivir le
saludan. Prohibido llorar sobre los vivos. Préstenos su esperanza, ternura y
arrechera; sus montañas, sus morteros: su magia, soledad, naufragio y suerte;
sus planos, sus trincheras, sus secretos, para empuñar fusiles nuevamente. Mientras tanto, al calor del merensón,
de la música caribe en que se esconde el diapasón del Tiempo, señálenos Usted
el rumbo, el ritmo, el paso, el viraje, el aire que nos falta, el necesario,
para andar en alta mar, en alta vida. Sólo, entonces, el hombre peregrino, en
medio de esta horrenda polvareda, marchará alegre y sin ningún sonrojo.
Convencido de que roja será la rosa que recuerde su paso. De que roja será la
rosa en el azul del sueño. Hasta que vuelva el fantasma a recorrer el mundo y
nosotros le sigamos llamando Camarada. ¡Hasta la empuñadura! ¡Hasta la Victoria
Siempre, Comandante! ¡Hacia la esperanza! ¡El laurel y la luz del ejército
rojo a través de la noche de América con su mirada mira! Pablo Mora San Cristóbal, Táchira, Venezuela, 26 de
Julio de 1998. A 45 Años del Moncada. (Por su importancia social, política histórica y literaria incluimos
la respuesta de Fidel Castro a esta carta de Pablo Mora)
“El Ebro”
Respuesta de Fidel Castro
Sr. Pablo Mora. Estimado amigo: Mucho agradezco su amable carta, que me
fuera entregada durante la ceremonia de conmemoración del 26 de Julio; como
usted sabe, el Protocolo constituye uno de los peores tormentos a que todo
Jefe de Estado debe someterse. Su misiva, señor Mora, me permitió sustraerme
durante un buen rato a la recepción ofrecida por nuestra Cancillería al
Cuerpo Diplomático; con el pretexto de leerla - mis ayudantes la anunciaron
como correspondencia de Estado - pude retirarme por largo rato a una discreta
sala privada. Allí aproveché para descabezar un breve pero profundo sueño; es
que los años pesan, señor Mora, y no puede pretenderse que el cuerpo de este
septuagenario Comandante mantenga intacta la fortaleza física de aquel
impetuoso abogadito que, hace hoy 45 años, dirigiera el casi suicida ataque
contra el cuartel Moncada. Debo y quiero ser cuidadoso en mi
respuesta, señor Mora. Usted me es absolutamente desconocido; por tanto,
estoy obligado a creerlo no sólo un compañero sino, además, un compañero bien
intencionado. Por esa razón, no debo ni quiero dejar sin comentar algunas de
sus expresiones, que me parecen peligrosamente equivocadas en un
revolucionario. Me alegrará que estas modestas reflexiones atraigan su
atención. Dice usted, señor Mora, que el mundo
está conmigo, y con "mi" Cuba. ¿Lo cree usted realmente? ¿Cree que
en ese mundo dominado por las transnacionales de la desinformación, los
pueblos tienen acceso a los datos reales del proceso que sigue nuestra isla?
¿Cree usted que continuamos viviendo bajo el manto de la mística, como
ocurrió en la década de los sesenta? No se equivoque usted, señor Mora; no
cometa el error de subvalorar al adversario: hoy por hoy, las más descarnadas
apetencias del discurso liberal campean desde Fairbanks hasta El Cabo, desde
Punta Arenas al Mar de Laptev. Y no serán los ruegos a ningún héroe los que
nos ayudarán a sortear las dificultades del camino, por más que ese héroe se
llame Martí, Bolívar o Espartaco. Nuestro objetivo, señor Mora, no se afinca
en la implantación de ninguna religión definitiva, que eso pertenece a la
conciencia libre y soberana de cada cual. No luchamos por religión alguna,
sino por crear, paso a paso, un orden más justo, más libre, más pleno, que
permita que cada cual, respetando la de los otros, pueda seguir su propia
religión. Tampoco intentamos afirmar nuevos cultos; ya ve usted, nuestros
propios ritos patrios siguen el esquema de los ritos nacionales burgueses.
Eso no nos preocupa, naturalmente, porque en definitiva sabemos que los ritos
no son más que herramientas que ayudan a mantener el entusiasmo y el fervor
tan necesarios en los momentos duros que nos ha tocado vivir. Las voces de América y del mundo, señor
Mora, las voces de Bolívar, Martí, San Martín, Moreno, Túpac Amaru, Lumumba,
Albizu Campos, Aquino, Durruti, Sandino, Artigas, Guevara y de tantos otros
héroes no necesitan esperar por la voz de nadie, mucho menos por la mía. Los
pueblos, téngalo por seguro, saben escucharlas. No para obedecerlas sin más,
ni adherir a ellas como si fueran nuevas Tablas de la Ley; pero sí para
escucharlas con espíritu crítico, desechando de ellas lo desechable, y
aprovechando de ellas lo aprovechable. El mensaje del combatiente, señor
Mora, deberá cumplirse un día y quedar, entonces, vacío de virtualidad
creadora. El ejemplo de esos hombres, en cambio, nunca se agotará. Y en eso,
nada tiene que ver mi voz. Ha de saber, señor Mora, que esa
"gallarda cubanía", como usted llama a mi pueblo, no admite ser
empuñada por nadie. El pueblo cubano comenzó su revolución a fines del pasado
siglo (lo de 1959 es, apenas, un jalón), y en ella continúa, por su propio
impulso, por su propia fuerza. ¿Cree usted, señor Mora, que los pueblos
admiten ser "empuñados"? La confianza en el pueblo, señor, es
imprescindible en todo revolucionario. Porque de nada sirven los dirigentes
si no son respaldados, seguidos y empujados por esas miles de anónimas
personas, mujeres y hombres, que conforman eso que llamamos
"pueblo". Pero no corresponde a Cuba iluminar
"la noche que se cierne sobre América". No corresponde a Cuba,
mantener su espada en la trocha que a otros corresponde abrir. No es rojo
nuestro Ejército Revolucionario, señor Mora, sino verde, muy verde, tan verde
como nuestras palmas. Somos solidarios, sí, y hemos dado suficientes pruebas
de serlo con todos los pueblos del mundo. Pero una cosa es la necesaria
solidaridad que entre todos nos debemos, y otra es el creer que estamos para
cumplir tareas que otros dejan de llevar a cabo. Más bien es Cuba la que
debiera hoy reclamar ajenas solidaridades. No una solidaridad expresada en
solemnes declaraciones o rimbombantes rimas; sino una solidaridad militante
que contribuya a modificar la relación de fuerzas y nos facilite el camino.
No escapará a su clara inteligencia, señor, que la mejor manera con que un
revolucionario puede manifestarse hoy solidario con nuestra Revolución, es
impulsar cambios progresistas en su propio país. Se equivoca usted, señor Mora, cuando me
asigna la "palabra, el destino y el poder". La primera la tengo,
claro está, en todos aquellos foros en que me es dado expresarme, por mandato
y autorización de mi pueblo. ¿Conoce usted, señor Mora, la hermosa frase con
que un latinoamericano héroe de la gesta independentista interpeló a su
propio pueblo? Permítame transcribirla: "Mi autoridad emana de vosotros,
y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Porque yo ofendería gravemente
vuestro carácter y el mío, vulnerando vuestros derechos más sagrados, si
pasase a decidir por mí un asunto reservado sólo a vosotros". Esto,
señor Mora, fue dicho en abril de 1813, por alguien a quien su pueblo había
conferido entonces la máxima autoridad; hoy, a 185 años de pronunciada, esa
frase sigue siendo un mandato para todo revolucionario. Yo tengo la palabra
de mi pueblo, por mandato expreso de éste, y la tendré hasta que los cubanos
no decidan otra cosa. Pero sólo soy su dirigente máximo; no tengo más poder
ni más destino que el que tal nombramiento me ha asignado. Ni tampoco quiero
otro. Que, como dijo Martí, "toda la gloria del mundo cabe en un grano
de maíz". Y como escribiera Steinbeck, "cuando el pueblo necesita
líderes, los líderes crecen como setas". No me formule, entonces, esas sus
interesantes preguntas sobre "cómo sobrevivir", ni como
"trascender en sobrevida", ni cómo "subsanar el hambre en
Libertad", "cómo grabar el sueño entre los árboles", o
"cómo condenarnos juntos o salvarnos todos con las mismas manos y las
mismas sombras". Interrogue usted a su pueblo. "Vete a mirar los
mineros, los hombres en el trigal, y cántale a los que luchan por un pedazo
de pan", pedía don Atahualpa Yupanqui. A ellos debe usted interrogar, no
a mí. En ellos, encontrará usted todas las respuestas. Como dijo en cierta
ocasión el Che: "Recurrimos --quizás demasiado seguido-- al pueblo. A
veces en asambleas, a veces en diálogos directos en las fábricas, con los
obreros, con estudiantes, pero siempre tratando de que nuestra voz y la voz
de la gente puedan intercambiarse y que las ideas se intercambien así, que no
haya limitación de categoría, limitación de estrados, ni ningún tipo de
limitación, para que las ideas vayan y vengan entre todo el pueblo y
nosotros". Sí, buena cosa es que saludemos todos al
Sol. Bueno es que compartamos esperanzas, ternuras y arrecheras. ¿Pero por
qué habla usted de "empuñar fusiles nuevamente"? Los fusiles, señor
Mora, se toman y se cargan y se disparan cuando ello es necesario, cuando no
queda otra salida, cuando morir o matar es la única alternativa que resta
para reconquistar la dignidad. Pero la Revolución ha de hacerse, señor Mora,
para poder enterrar los fusiles, de una vez y para siempre. La Revolución es
Paz, y por eso cuesta tanto, justamente. Permítame usted que recurra a otro
concepto del Ché: "La fuerza --decía él-- es el recurso definitivo que
queda a los pueblos. Nunca un pueblo puede renunciar a la fuerza, pero la
fuerza sólo se utiliza para luchar contra el que la ejerce en forma
indiscriminada. Nosotros (y podrá parecer extraño que hablemos así, pero es
totalmente cierto), nosotros iniciamos el camino de la lucha armada, un
camino muy triste, muy doloroso, que sembró de muertos todo el territorio
nacional, cuando no se pudo hacer otra cosa (...) Hay algo que debe cuidarse;
que es, precisamente, la posibilidad de expresar las ideas; la posibilidad de
avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en
fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos se logren algún día en
América (...) Porque si esas aspiraciones del desarrollo económico –que son,
en definitiva, las aspiraciones de bienestar en cualquier forma que sea y
como quiera llamársele-- la aspiración del pueblo a su bienestar se puede
lograr por medios pacíficos, eso es lo ideal y eso es por lo que hay que
luchar. No seríamos revolucionarios, si
pretendiéramos señalar "el rumbo, el ritmo, el paso, el viraje, el
aire", como usted nos requiere. La Revolución, señor Mora, pretende que
cada uno piense con cabeza propia, enriqueciendo con sus ideas el patrimonio
colectivo. Sabemos que es éste un proceso que exige muchísimo tiempo;
"sabemos que no hay tierra ni estrella prometidas", que todo ha de
ser aprendido y vuelto a aprender, que debemos rectificar una y otra vez nuestras
ideas, para amoldarlas a la dinámica de un mundo que cambia aceleradamente
ante nuestros ojos. ¿Pero acaso el marxismo no nos señala, justamente, que el
desarrollo de las fuerzas productivas conlleva la transformación acelerada de
los marcos sociales? ¿Y qué es este cambio tecnológico al que asistimos, sino
un desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas? Quizá convenga olvidar el viejo fantasma
que hasta hace poco andaba recorriendo el mundo. ¿Puede sostenerse, hoy por
hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la
hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos
económicos para comprender que esa clase obrera --en el sentido marxista del
término-- tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No
será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos
del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a
convertirse en la nueva clase revolucionaria? No me pida respuestas, señor Mora;
soy apenas un revolucionario que tuvo la suerte de estar en el lugar
apropiado, en el momento apropiado y en las circunstancias apropiadas; no soy
un teórico. Confíe en el pueblo, y busque en él los nuevos marcos teóricos
ajustados a las nuevas realidades. Conocerá usted muchos fracasos, pero no
desespere; antes o después, los pueblos siempre encuentran su camino. Y nada de laureles, señor mío; nada de
empuñaduras, ni de ejércitos rojos. Si ha de haber laureles, será para honrar
la memoria de nuestros muertos; mientras deba haber ejército, entre nosotros
su color será verde olivo (y que cada pueblo elija el suyo); si ha de haber
empuñaduras, será en las manceras de los arados. Y ya que estamos, ¿qué tal si mientras
avanzamos, vamos dejando por el camino el lastre de tanto rimbombante
adjetivo? San Cristóbal de La Habana, 26 de Julio
de 1998. Por el Cte. Fidel Castro Ruz, y por su
orden, Fecha: 07/27/98 |