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Jardinera
A Josefa Teresa Quintero de Mora en sus
noventa años
Vas por el mundo porque existe el hombre antes del grito de la
eterna entraña, velas callada el fuego de la vida, madre te llaman por llamarte
hermana. Hermana de la lumbre en la ternura, desmoronas la angustia de
los hombres y mantienes su pulso en pleno vuelo ante la dura ramazón del
odio. Compañera de siempre, compañera, únicamente necesito vida para llamarte
siempre jardinera. Quédate, no te vayas tan temprano que solamente tú sabrás
colmarnos, camarada de siempre, jornalera.
Desde el pulsar profundo del latido emerge tu presencia campesina y el eco de
tu gracia se adivina cuando surge entre el aire florecido. Acorralas conmigo
tu gemido en la choza abrazada de neblina y, entonces, tu recuerdo se
encamina tras el fogón tiznado del olvido. A pesar de la lluvia y los
zarzales sigo con tu orfandad en mi aventura, al lado de tu sombra en los cañales, porque mi esfuerzo siempre te figura entre
riscos de sol y peñascales pulsándole la cuerda a la amargura.
Madeja embrujadora de mis años envuelta en el redil de la inocencia, qué
lejos el primor de tu presencia de la cumbre mortal de tus peldaños. Imagen
de los místicos rebaños trenzados en la infancia de la ausencia con neblina
de luz y transparencia, ¿dónde el azul de tantos desengaños? ¿Dónde, madre,
estrecharte entre mi beso sino en tu tierno abrazo campesino bañado por la
luz del candelabro? ¿Dónde, madre, encontrar nuestro regreso sino en la
soledad de nuestro sino mientras hurgo la tierra en que me labro?
En la aldea de noche un reverbero, un anafre azulando madrugadas, un sueño en
cierne, en lumbre, en alto, en alas, un camino, un aprieto, a solas yendo. El
camino extendió sus manos lejos, el sueño acompañó la siembra alada, el anafre fue dicha soberana, en tanto el
reverbero iba fulgiendo. Camino, anafre, reverbero y sueño tejieron la
esperanza cristalina donde toda mañana fue llegando. Con la tarde afloraba el
azulejo, la noche toda infancia devolvía desde mil novecientos quince y
tantos.
¿Dónde el anafre en fresca madrugada, dónde el sueño zurcido en el camino,
dónde la cumbre deshojada en sino, dónde la siembra en dicha engalanada,
dónde el anafre en calma tersa, albada, dónde la aurora desafiando trino,
dónde borrasca, duende, peregrino, dónde la siembra en dulce fogarada, dónde
el azul de tantos desengaños, dónde la antigua luz del candelabro, dónde la
paz en místicos rebaños, dónde lluvia, zarzales y quebrantos, dónde la tierra
en que de azul te labro, dónde este dos mil cinco y cuántos tantos?
Cosías presagiosas serranías desde la orilla más pura de tu alma;
con toda la paciencia, en santa calma, mil colchas conocieron de tus días. En
cordajes bordabas sinfonías, bordabas sueño, lontananza, palma, segura de que
en vida todo empalma nunca tus manos del amor vacías. A pulso de donaire y
gallardía, coqueta entre coquetas, bien oronda, tu vida enarbolabas muy
erguida. Venada, intacta, atenta, en lozanía, gozas del fruto de tu enhiesta
fronda desde este dos mil cinco bien venida.
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