|
Sobrevivencia
Desplazándose entre un mundo difícil, obviando toda vicisitud,
logró encontrar las llaves. Entre la bondad, el amor, la amistad; el odio, el
egoísmo, la inhospitalidad; la furia de la tempestad y la paz idílica; el
hambre, la sed y la alegría de los banquetes revestidos por el vino y los
cantos, Ulises, humano y generoso, fiel a sus amigos, no hizo sino rendir
honor a la inteligencia, el privilegio que tenía sobre los demás mortales,
verdadera protagonista de la mayor novela del hombre, la Odisea. Sólo su inteligencia explica, fundamenta el gran deseo de Ulises
por retornar a casa. Perfectamente sabe que su felicidad, el bien que ninguno
puede quitarle salvo la muerte, está en la casa que ha dejado, en sus
afectos, en la vida serena que allí lo espera. Sobre el complejo mundo de
hombres, de dioses, de héroes que la Odisea nos describe, sobre el mundo
creado por Homero, sobresale, como gran advertencia: la felicidad consiste
sólo en estar y sentirse en la propia casa. Ciertamente, la decisión más inteligente pero, como las travesías
de Ulises, la más difícil de alcanzar. En todo caso, nos diría Eduardo Dalter: “La felicidad es una idea abierta.”
¿La felicidad que muy pocos conocen, la ciencia de la felicidad consistirá en
huir? ¿Cuántos, entre los hombres que existieron, existen y existirán,
lograron, logran o lograrán de verdad sentirse en el mundo como en su propia
casa? Con todo, tras la omnipotencia e impotencia del hombre en las
relaciones con su entorno, hemos de reconocer que éste encuentra en el mundo
natural en que vive los “datos” de sus problemas mas no siempre
sus soluciones; que puede, con su poder de selección y proyección, modificar
sólo dentro de ciertos límites su situación, su porvenir, las modalidades
mismas de sus relaciones con el mundo. A tal punto, que en sus manos
pareciera estar su digna sobrevivencia o destrucción final. Con mi nieta, decía, di una vuelta a la manzana, afortunadamente
regresé con vida, convencido de que por ahora, con sus escasos meses, no sabe
un comino de su sombra, bañada por el sol de este aciago octubre. Entre tanto,
me digo, no queda sino verse pasar, ver pasar, llegar a conocerse, caminar,
navegar y prosperar a contracorriente. De ser posible, hablar con el apamate, el araguaney. Con el
bosque, con el jardín, con la tierra, con el cielo. Dialogar con el universo.
Oír los pájaros, hablar con los árboles, las estrellas. Juntar y deshacer
orillas. Saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes.
Tratar de seguir existiendo. Así sea en la propia casa por cárcel. Recuperar |