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Proyección del
humanismo tecnológico Pablo Mora “Recae sobre el hombre la
responsabilidad de asignarle a la ciencia metas humanizantes; lo importante
es humanizar la ciencia. Tal vez, entonces, se podría hablar de un humanismo
tecnológico en proyección.”1 Pablo Mora. “Proyección del humanismo
tecnológico”. En: Revista Divulga. U.N.E.T. Marzo, 1979. I. HACIA EL HUMANISMO TECNOLÓGICO El futuro del hombre ¿Seremos víctimas de nuestros propios inventos?
¿Será la tierra víctima de sus propios hijos? ¿Habrá desembocadura posible?
Ciertamente aquello que es imprevisible encierra siempre una amenaza latente
y potencial. En este orden de ideas, se presentan tres alternativas. La
primera consiste en creer que el destino del hombre está infaliblemente
garantizado por la evolución cósmica o por el progreso tecnológico. Bergson
sostenía que el mundo está construido como “una máquina para hacer dioses”.
Teilhard de Chardin, que el hombre es como una flecha que indica la dirección
inevitable de su desarrollo biológico hacia una Unidad de Pensamiento de
Dimensiones Planetarias; es decir, una comunidad espiritual que acoja a todos
los hombres de la tierra. Otros científicos creen que las máquinas mismas
terminarán por ocuparse atentamente del hombre y harán para él toda clase de
proyectos, hasta resolverle sus propios problemas. La segunda alternativa es aquella de la
protesta permanente o endémica, de la denuncia indiscriminada de todas las
estructuras del saber y de la sociedad, y de la renuncia a todo proyecto o
proyección, porque no se puede confiar en los datos existentes ni utilizar
sus posibilidades efectivas a mediano ni largo plazo. La tercera, la de la
responsabilidad. Así como el hombre ha creado técnicas instrumentales,
mecánicas y organizativas, puede crear las que le permitan la previsión
probable de los efectos colaterales o indirectos de todas sus iniciativas o
proyecciones logradas en cualquier campo. A través de nuevas técnicas
interdisciplinarias el hombre podría controlar su incesante proceso de
proyección, pararlo en un momento dado, extenderlo en otro, coordinarlo de
manera de poder evitar los peligros que representan para la supervivencia o
la dignidad humana. En este caso, sus selecciones -responsables-, en el campo
del saber y de la actividad práctica, estarían preventivamente orientadas por
el cálculo, al menos aproximado, de las ventajas y desventajas que ellas
podrían ocasionar. Si se lograse disponer de tales
técnicas, el futuro del hombre podría ser previsto a corto plazo con una
cierta probabilidad, y los peligros más graves e inminentes no nos
encontrarían desarmados o impreparados. Es de esperar que esta última
postura, la única adaptada a las dimensiones humanas, acabe por prevalecer.
Su predominio sobre las demás no puede ser producto de la autoridad o de la
violencia, sino de la libre búsqueda y decisión de la gran mayoría de los
hombres. Antes que esclavitud, hemos de exigir "un desarrollo ético y
moral por encima de la innovación tecnológica" (Davis, Gregory H.). Con
Ricardo Fernández Muñoz, Miguel Ángel Davara y tantos otros, compartimos “la
esperanza de un humanismo tecnológico donde el hombre acierte a
utilizar la técnica y la tecnología al servicio del hombre,” donde no se
separe “como día a día se va haciendo, tecnología de humanismo; por el
contrario es conveniente unir ambos términos para lograr una interrelación
que justifique el progreso de la sociedad junto a su característica básica: el
carácter humanitario de la persona”; donde “el desarrollo tecnológico debe ir
así avanzando, en paralelo, haciendo siempre referencia al bien del género
humano.”2 Donde, definitivamente, se comprenda y acepte que
“la especialización mata la inquietud humanística hasta casi producir
verdaderos analfabetos funcionales... que la ciencia ejercida al margen de un
sentido humano y fuera de su servicio es una ciencia muerta... y que lo que
importa es que el centro de la preocupación sea el hombre y su destino.”3
Entonces, se podría hablar de una Democracia Universal a medida de hombre. De
un Fondo Humanitario Internacional, retomando el camino del humanismo,
ante la desbocada violencia global. ¿Es previsible el futuro del hombre? ¿En
qué medida es previsible? Preguntas presentes en toda discusión de
futurología, entre científicos, sociólogos, políticos, industriólogos y
filósofos, sin que exista para todos una misma respuesta ni una misma
significación. A los políticos industriales, a los tecnólogos, interesa obviamente
el futuro del hombre a corto plazo, en cuanto responda a sus proyectos
inmediatos y específicos. Para otros, en cambio, el futuro del hombre es algo
mensurable a largo plazo, indefinido, y se relaciona estrechamente con la
suerte misma del hombre, sus transformaciones eventuales, biológicas y
mentales, es decir, con los modos de vida, los sistemas sociales, en fin, con
la supervivencia o no del hombre mismo en el mundo. Ciertamente el humano siempre ha deseado
conocer su propio destino. Los antiguos creían en la “mántica”, en el arte de
predecir el futuro, y todavía los astrólogos, adivinos, quirománticos, hacen
su agosto tratando de responder a estos deseos. Pero cuando se discute sobre
el futuro del hombre, no nos referimos a este ámbito solamente; sino a
aquellas transformaciones que el género humano podrá completar y vivir en un
futuro más o menos lejano, si ciertas tendencias, campeantes ya, continúan su
empeño y su éxito a un ritmo acelerado. En efecto, jamás la ciencia había tenido
tan vertiginosa avanzada. Es en este sentido en el que el futuro del hombre
es todo un problema contemporáneo. Y nos demuestra cómo el hombre es algo
todavía -en parte al menos- por hacer. De ahí que esté evolucionando a
diario. Su mérito principal lo constituye la cultura: el conjunto de
instrumentos que él ha construido para responder a sus responsabilidades.
Claro está que tales instrumentos no son sólo las máquinas y útiles para el
trabajo o la producción, son también los medios de comunicación, las
hipótesis y teorías científicas, las diversas doctrinas filosóficas, las
nuevas tendencias morales y religiosas. Instrumentos estos en rápida
transformación. Y es esto lo que inquieta, lo que hace presente la pregunta
sobre el futuro del hombre. Frente a un hombre que parece caminar a
la extinción o autoextinción, sea que, en orden a las alternativas humanas,
preveamos demasiado en forma optimista, dentro de “un destino aparente”; sea
que no preveamos nada y nada dejemos al hombre para hacer a modo de nihilismo
irracional; hemos de pensar seriamente en la responsabilidad de un auténtico humanismo
tecnológico, entendiendo por humanismo “la doctrina que pone al hombre en
el centro de la reflexión y la filosofía que asume al hombre como su
preocupación fundamental... la doctrina en virtud de la cual se confiere al
ser humano un lugar central en el universo.”4 Es indudablemente cierto que toda
transformación que se produce en un determinado campo de la actividad humana,
tienda a modificar, en alguna medida, la mayoría de los otros. Las nuevas
técnicas del trabajo y de la producción influyen en las maneras de vivir, en
los usos y costumbres, en los comportamientos morales de los grupos humanos.
Toda modificación en un cierto campo del saber no permanece en una sola área,
sino que en un determinado lapso es utilizada en otras esferas; y así tiende
a turbar o cambiar el equilibrio siempre inestable del ordenamiento general
de la vida humana. Es relativamente fácil para el hombre
utilizar sus posibilidades y facultades para proyectar nuevos instrumentos
mecánicos, nuevos medios de producción, de distribución y de comunicación,
nuevas formas de organización social que respondan a tal o cual objetivo. Se
trata en estos casos de servirse de las técnicas adaptadas por sus propias investigaciones
científicas. Es decir, todo es producto de la selección adecuada de las
combinaciones posibles. Sobre estas bases, el éxito o el fracaso de cualquier
proyecto se puede prever con suficiente probabilidad. Lo que no se puede
predecir con la misma probabilidad es el feedback, la retroacción o
retroalimentación que tendrá el proyecto, no sólo en el campo mismo en el
cual se ha realizado, sino en los otros campos más o menos conectados.
Porque, en general, las técnicas que han hecho posible un determinado
proyecto no están en grado de orientarnos sobre su retroacción. Así sucede
que el logro de un nuevo plan influye en menor o mayor cuantía sobre los
proyectos ya en acto, y de una manera imprevista o imprevisible sobre la vida
del hombre. Estando así las cosas, mientras
pareciera que el futuro del hombre se tornase cada día menos previsible y más
abrumador, tremenda es la tarea que le espera al científico hoy ante el
futuro de la humanidad. Los avances tecnológicos obligan a reestructurar los
pensa de las más calificadas disciplinas o facultades universitarias. Muchos
de los problemas contemporáneos pueden hacer del Ingeniero -entre otros
profesionales- un responsable inmediato. De donde se precisa una atención a
los contenidos programáticos universitarios. En efecto, los más destacados
estudiosos del asunto piensan en un nuevo tipo de Ingeniero: el Ingeniero
Social, quien a través de una formación intertransdisciplinaria de lo más
variada y eficaz logre diseñar mejor el cambiante mundo en que se desenvuelve.
Importante, entonces, en aras de un humanismo
tecnológico, humanizar la ciencia. Recae sobre el hombre la clara
responsabilidad de asignarle a la ciencia definidas metas humanizantes. “Un
saber comprometido con lo humano, en el que también deberíamos incluir una
nueva manera de entender la ciencia, una ciencia comprometida con lo humano.”5 Hacia el humanismo tecnológico Ante la “era del conocimiento” y los
nuevos lenguajes de la modernidad tecnológica, delante del “saber
tecnológico” o nueva manera de pensar, estamos de acuerdo con Inés Aguerrondo
en que no queda sino redefinir la cultura humanística, teniendo en cuenta las
exigencias de la nueva sociedad, del pensamiento tecnológico, que supone
modos específicos de operar la mente y cuyas disposiciones, según Tishman,
son: la disposición a ser amplio y aventurero, a tener capacidad de
asombro, a la búsqueda de problemas y a la investigación, a construir
explicaciones y comprensiones, a hacer planes y a ser estratégico; a ser
intelectualmente cuidadoso, a buscar y evaluar razones, a ser metacognitivo.
Lo que implica, entre otros propósitos: ir más allá de lo obvio, encontrar y
definir enigmas, misterios e irregularidades; estimular la capacidad de
inquisición, construir comprensiones profundas de tópicos, ideas, objetos y
eventos a través del uso activo del conocimiento; establecer estándares y
metas y perseguirlas estratégicamente, ser responsable de la gestión y de la
evaluación del propio pensamiento.6 “Este estilo de pensamiento -en decir de
Aguerrondo- supone modos específicos de operar la mente, y también modos de
aprender. Es la base que redefine la manera de entender el aprendizaje en el
paradigma clásico y también la base que hace posible el desarrollo de las
competencias. Requiere, también, el desarrollo de adecuadas propuestas de
enseñanza y de organización de la tarea de aprendizaje dentro y fuera de la
escuela.”7 Por todo ello, es necesario plantearse
un nuevo paradigma educativo. Toda la sociedad en cuanto atañe a la educación
se ha de proponer una mirada a largo plazo, de cambio de paradigma, en cuanto
supervivencia del modelo de nueva sociedad que se está gestando. Paradigma
que en mucho ha de fincar los saberes, las competencias, el nivel
político-ideológico, el nivel técnico-pedagógico, el nivel organizacional, el
servicio educativo en general, la responsabilidad profesional, y toda otra
transformación posible, integral y consensuada, en el humanismo
tecnológico, en cuanto línea maestra capaz de estructurar el porvenir de
una sociedad volcada hacia el futuro, hacia las fronteras del posible con
miras a una reconstrucción o edificación histórica, donde verdad y praxis
liberadora sean razón del tiempo y tiempo de la razón. Ciencia y humanismo Antes que seguir confiando en el
desarrollo tecnológico y en las reformulaciones meramente políticas o
económicas como geniales panaceas, se ha de pensar en el proyecto de un
hombre que quiere salvarse a sí mismo, reconocerse a sí mismo, en función de
una convivialidad creadora. “La medida humana es una regla de vida con
la que cada quien debe contar en el momento en que “proyecta” para realizarse
en el concreto de la comunidad a la que pertenece”.8 La “finitud” humana hace que caigamos en
cuenta de los otros, con quienes debemos establecer una relación que
al tiempo que corrobora nuestra existencia, nos obliga a buscar un modus
vivendi con el prójimo, con el otro, antes que límite y confín,
dilatación y propuesta de infinito. Se trata de “meterse de frente con la
realidad, analizarla, interrogarla, de encontrar en ella elementos que puedan
constituir la plataforma sobre la cual construir la alternativa concreta”9
de nuestra realización personal, colectiva, generacional. En decir de Abbagnano, “frente a la
amenaza de una alineación de masa de la cual nadie se salva, el hombre ha
redescubierto aquella que yo llamaría su vocación existencial, es
decir, la necesidad de proyectarse en una medida individual, autónoma, que
obviamente considere todos los factores constitutivos de la propia
existencia”.10 En el encuentro del hombre consigo mismo,
con su propia medida, con el sentido del propio existir en el mundo, comienza
lo que Abbagnano llama la “tercera vía”: “el reconocimiento del hombre
en la dramática y exaltante ambigüedad de su destino finito”.11 Se trata de que cada hombre enmarque su
proyecto personal dentro de un real proyecto colectivo donde, encontrándose a
sí mismo, se encuentre con el aliento histórico proveniente del
hormigón humano, el cual le permita conquistar el Nuevo Tiempo inserto dentro
de un genuino Humanismo Científico Creador. En este orden de ideas, hoy por hoy,
dentro de la mejor weltanschauung, hemos de proponernos una visión del
mundo enmarcada en el Humanismo Científico Creador adscrito a la
naturaleza humana, dentro de las óptimas posibilidades y proyecciones del
hombre; que implique la plena consideración de sus capacidades para
perfeccionarse a través de sus propios esfuerzos, perspectivas y proyectos.
Humanismo que a su vez requiere que el hombre desarrolle sus virtualidades y
que trabaje para convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su
libertad. Ciencia del hombre Existen dos tipos de ciencias: Las
ciencias naturales o naturwissenschaften y las ciencias del espíritu o
geistwissenschaften. La palabra alemana geist, que no es
traducible a otros idiomas adecuadamente, significa “espíritu”, “cultura”,
“civilización”, pero todo ello a la vez. Las ciencias naturales se ocupan de
los fenómenos repetitivos de la naturaleza. Aquí se somete a un número finito
de variables, a un análisis cuantitativo -caso de la física. La mente, en
cambio, no es lo mismo que la naturaleza. De aquí que el estudio de la misma
no puede abordarse con la metodología propia de las ciencias naturales. El
mejor ejemplo de una ciencia mental o espiritual quizás sea la historia. A
diferencia de la física que se ocupa del estudio de las partes de aquellos
fenómenos repetitivos, la historia estudia el fenómeno en su totalidad, es
decir, estudia de una vez por todas el geist. Las ciencias naturales
son un estudio de las partes, mientras que el estudio del geist consiste
en la contemplación o abordaje del todo. Cuando se hace un estudio
experimental o estadístico del geist se está revelando una
incomprensión básica del tema abordado. En psicología, por ejemplo, cuando se
insiste en aplicar sólo técnicas de las ciencias naturales, lo que se está
haciendo es limitarse a los fenómenos periféricos de la neurofisiología y de
la anatomía. Para estudiar la mente, el espíritu, etc. se requiere de cierta
capacidad para ver el significado, la estructura -la gestalt- y la
configuración del mundo de los fenómenos, lo que no deja de exigir una
habilidad para aprehender las cosas y los fenómenos simbólicamente. De lo anterior, se colige que tanto las
ciencias naturales como las del espíritu son ciencias del hombre; de donde
mal se puede hablar de “ciencias del hombre” sólo para aludir a las
ciencias del espíritu. Investigar en ciencias sociales o del
espíritu es más difícil que investigar en las ciencias naturales, porque mientras
en éstas la estructura está patente, delante de la experimentación; en las
primeras la estructura se presenta encubierta a través de símbolos que irán
revelándose paulatinamente mediante percepciones mucho más depuradas o
audaces. Generalmente, las ciencias sociales exigen avivar un sujeto que
puede ser histórico, colectivo, intangencial, a manera del élan vital bergsoniano,
lo que implica un rescate simbólico. Así que deben preocuparse los estudiosos
de las ciencias sociales por ver debajo del pavimento, por descubrir los
segundos significados, lo subterráneo. Por abordar interdisciplinaria,
holísticamente, sus objetos de estudio. Sin embargo, una nueva ciencia abre sus
puertas hoy: la ciencia de lo superficial, según investigaciones de un
grupo de importantes expertos, con patrocinio del Massachussets Institute of
Technology, bajo la dirección de Herbert A. Simon, Premio Nobel de Economía
de 1978, a partir del concepto de “inteligencia artificial”. Ciencia de lo artificial que como la ingeniería y la arquitectura “no se ocupan de lo
necesarios sino de lo contingente” -no de cómo son las cosas, sino de cómo
podrían ser-. En resumen: del diseño o proyecto”. De hecho, “el mundo en el
que actualmente vivimos es más un mundo creado por el hombre, un mundo
artificial, que un mundo natural. Casi todos los elementos que nos rodean dan
testimonio del artificio humano”. Así que mientras la ciencia natural tendría
como estudio el conocimiento de los objetos y fenómenos naturales, la ciencia
de lo artificial se ocuparía del conocimiento de los objetos y fenómenos
artificiales. Es decir, que “el ingeniero se ocupa de cómo debieran
ser las cosas para conseguir unos fines y funcionar”.12 Ciencia del diseño A partir de Humanismo Científico
Creador propuesto, convendría apuntar hacia un equilibrio entre lo
utilitario, entre lo pragmático y lo teórico. Entre la ratio técnica y
la verdad o razón alezéutica en el sentido de alezeia. A
sabiendas de que la ciencia de lo artificial es una ciencia en cierne
que puede consolidarse o esfumarse, preferible sería hablar de la ciencia
del diseño, en cuanto “un cuerpo de doctrina intelectualmente ardua,
analítica, parcialmente susceptible de ser formalizada, parcialmente
empírica, que permita ser enseñada en relación con el proceso del diseño”.13 En una palabra, se trata de abogar por
la ciencia como elemento del humanismo, como parte integrante del humanismo.
Caer en cuenta que ninguna ciencia puede valerse por sí sola, que ninguna de
ellas por sí sola tiene finalidad y valor. Sólo todas a la vez, si van
unidas. De hecho, “el saber aislado, conseguido por un grupo de especialistas
en un campo limitado, no tiene ningún valor, únicamente su síntesis con el
resto del saber, y esto en tanto que esta síntesis contribuya realmente a
responder al interrogante: ¿qué somos?”14 La especialización antes que una virtud
parece ser un mal inevitable. “Se va imponiendo el convencimiento de que toda
investigación especializada únicamente posee un valor auténtico en el
contexto de la totalidad del saber”15,
interdisciplinariamente entendido. En definitiva, una weltanschauung,
una concepción del mundo y de la vida, al interior del Humanismo
Científico Creador y de la experiencia vital (lebenswelt),
requiere de una integración racional de las distintas ciencias en que
discurre el acontecer científico contemporáneo en aras del reinado del mejor Humanismo
Tecnológico. Estructura del ingeniero Para sólo tomar un ejemplo que nos
ilustre la concreción pragmática de lo planteado, sea que nos refiramos al
ingeniero de investigación, de concepción, de realización, de gerencia o de
docencia, todo ingeniero ha de estar en capacidad de resolver problemas de
carácter multi e inter-transdisciplinario; revestido de aptitudes para lograr
lo concreto con lo abstracto; capacitado para la invención e innovación, es
decir, para forjar ideas nuevas a partir de un espíritu particularmente
dotado de imaginación creadora. Los proyectos industriales cada día
están requiriendo un ingeniero de concepción con sobresalientes capacidades
de inteligencia creadora; antes que de virtudes para la producción o
fabricación solamente. Cada día se precisa más de la invención de una
solución original que facilite la concepción de los medios para ponerla en
práctica y realizarla. Así que la cuestión de que si un ingeniero se puede
formar como a un poeta, cobra importancia, si es que a los poetas se les
forma o puede formar. Pudiera pensarse que si en el porvenir
cada hombre será un creador, un poeta; con más razón el ingeniero tendría que
serlo, en una “metamorfosis del destino en poema”. Si bien es respetable la
secuencia natural de una concatenación de conceptos que no pueden ser
aprendidos sin una jerarquía; sin embargo, estamos convencidos que antes que
debilitar la estructura del ingeniero o introducir alguna frustración en su
formación, la poesía, en cuanto esfuerzo y ejercicio de la imaginación
creadora; en cuanto creación, creatividad en sí, es más que pertinente en la
formación del actual ingeniero. A partir de la raíz “ingenium”, el
ingeniero tiene que ver básicamente con inteligencia, talento, genio,
fantasía, invención, inspiración. De donde, el ingenio tiene más
fuerza productiva respecto a la razón que lo que comúnmente se piensa. De tal
modo que si al “hombre” hoy se le exige dar todo lo que tiene, todo lo que
es, al ingeniero lo mínimo que se le podría pedir es dar lo que él implica: el
poeta que lleva en sí. Más pronto que tarde, el ingeniero se las
ingeniará para ser y hacer el “ingenio” de los tiempos por venir,
hasta que la “ingeniación” dé con el verdadero ingenio que la imaginación
creadora reclama y reclamará. Indudablemente, entre productividad,
acumulación y creatividad ha de establecerse un vínculo racional, capaz de
realizar la liberación del hombre, a través del justo rango que recobra la
ciencia y la creación frente a la tecnología y la comercialización. Lo que preocupa es que, en nombre de la
“eficiencia”, nuevos managers de la educación, de la ciencia de lo
artificial o ciencia del diseño, sustituyan el Humanismo Integral, la
Educación Integral, por la relativa “productividad”; que en aras de una
“pedagogía de la eficiencia”, la autonomía académica, universitaria, pueda
verse supeditada a “ofensivas pedagógicas” descontextualizadas de la
realidad, donde la “producción” reemplace a la “concepción”, a la
“inteligencia creadora” a la altura de las necesidades inmediatas. A sabiendas de que la planificación
inteligente y la previsión de futuros desafíos son “bienes” fácilmente transables
en mercados utópicos, aislados de los parámetros de crecimiento, cualquier
proceso de innovación universitaria debería estar enmarcado dentro de un
nuevo tipo de “significación social”, capaz de explorar los futuros
colectivos deseables y sus respectivas acciones, dentro de una auténtica medida
humana, fincada en el pensamiento creativo, antes que en un cómodo
“aprender a emprender” a modo de trampolín de insignificantes aprendizajes en
función de “producción” tan sólo, a todo costo. Esencia del valor artístico Conviene que nos preguntemos si la
óptica científica cabe en la razón poética o viceversa: si la razón poética
tiene que ver con la razón científica. Trátase de cotejar el pensamiento
científico con el pensamiento poético, si se quiere. Observar sus
características y complejidades en cuanto realidades, ambas, inmersas en el
proyecto creador del individuo y las organizaciones, por ende, al interior de
un campo intelectual, con la intencionalidad de aprehender
omnicomprensivamente el universo entero. En efecto, desde tres ángulos diversos
puede concebirse la Poesía: como estímulo o participación emotiva; como
verdad o como modo privilegiado de expresión lingüística.16 A modo de presupuesto conjetural, o
avance hipotético, preguntémonos si el non sense -el no-sentido-,
la sinrazón, el disparate generalizado, característicos del clima epocal, no
representan acaso razones primarias del deterioro lingüístico, manifiesto en
el comportamiento diario de nuestra juventud actual, donde creatividad, anormalidad
y desviaciones convergen en una patogénesis conductual que se refleja
directamente en el acto lingüístico, desde el coloquio cotidiano hasta la
vida testimonial de los mass-media. Mientras todo acontece de modo patente a
nuestros ojos, hay quienes como Burgess que sostienen que “hay tanto sentido
en el no sentido, como no-sentido en lo que creemos que tiene sentido”.17
Siendo, pues, la obra de arte un
fenómeno multilateral, multifacético, el valor artístico que de ella
se origina, derívase de la interacción de diferentes funciones a
partir de diferentes aspectos, angulaturas. Brevemente, analicemos cada uno de
éstos. En primer lugar, en el arte podemos señalar un aspecto reflejo-informativo
y un aspecto creador. Ellos dos expresan de manera distinta la
interacción del objeto con el sujeto y su unidad. La unidad de entrambos, los
principios reflejo-informativo y creador, forma lo que podríamos llamar modelación
artística de la realidad. En el sistema individuo-sociedad se
descubren, en el arte, aspectos distintos, aunque interconectados, tales como
el psicológico y el social. La psicología del artista, su
percepción del mundo, constituyen el “prisma” que refracta el haz de
información procedente de la realidad, y forma un peculiar “espectro” de
valoraciones. Por tal razón, el aspecto estimativo del arte puede
representarse como interacción de lo psicológico y lo reflejo-informativo. También el arte ejerce una influencia
educativa sobre el hombre, siendo el aspecto educativo del arte
resultado de la unión de lo social y lo reflejo-informativo. Al igual, la creación artística da
origen al “lenguaje” penetrando en la conciencia del lector, espectador u
oyente, a través de un aspecto sígnico (semiótico), en cuanto
expresión de un determinado significado social en el producto de la creación. Aún ha de señalarse otro aspecto del
arte, el hedonista, la capacidad que posee la obra artística de
proporcionar alegría, placer, satisfacción estética.18 Yendo al plano funcional, tenemos que
los aspectos del arte reflejo-informativo, psicológico y estimativo apuntalan
la función cognoscitivo-estimativa. Los aspectos social, creador y
sígnico originan la función comunicativa. Los aspectos psicológico,
hedonista y creador determinan la función creadora-educativa. Mientras
los aspectos reflejo-informativo, educativo y social responden por la función
social-educativa. (Cfr. Fig. 1.)
Fig. 1. A pesar de todos estos supuestos
teóricos, con relación a la esencia del valor artístico, sus aspectos y funciones,
si bien las emociones, en el arte, son precisamente la expresión de la
relación estimativa en el mundo, sin “emociones humanas”, según palabras de
Lenin, “no ha habido, no hay ni puede haber búsqueda humana de la
verdad”. Aunque en los resultados de la investigación científica ésas no
entran de manera necesaria, sin embargo, con todo ello, para muchos
científicos, la sensación de la belleza de la verdad tiene un gran valor
heurístico para el conocimiento de esta última.19 Como a muchos poetas, al físico, por
ejemplo, le parece estar buscando la “verdad”. Claro que define la verdad de
acuerdo a su propio sistema de reglas, y no piensa mucho en cuáles son éstas.
“Por eso acaso se sorprendería tanto como el poeta al saber que algunas de
esas reglas tienen que ver con la belleza. Una idea tiene que ser más que
cierta, tiene que ser también bella, si ha de causar mucha excitación en el
mundo de la física.”20 A la luz de este cúmulo de principios,
pudiéramos sostener con Stolovich que, a pesar de las diversas concepciones
acerca de las posibilidades cognoscitivas de los juicios de valor que
expresan una relación estimativa, sabido es que Kant y así los célebres
pensadores, niegan categóricamente el carácter cognoscitivo del juicio del
gusto, del juicio estético, si bien suponen que son el juego y la armonía de
las facultades cognoscitivas del hombre lo que da origen al placer estético.21 Educación y valores estéticos Indudablemente que una de las funciones
sociales capitales de la educación estética, y así de la educación en
general, estriba en la formación de una relación estética del hombre con la
realidad natural y social. La educación -particularmente la estética- ha de
avivar y formar en el hombre cualidades y propiedades tales que ellas mismas
posean valor humano. Diríamos que en la vivencia estética que
es vivencia en razón de creación, en razón de imaginación, actúan en orgánico
entrelazamiento todas las facultades espirituales básicas del hombre: las
sensaciones, las emociones, la voluntad, el intelecto y la imaginación. El arte, y el arte implícito en la
ciencia educativa, en el acto creador educativo, ha de ser capaz de realizar
las dos funciones capitales de la educación estética: la de orientación
estimativa y la de valoración creadora. Lo importante, lo ideal es que,
interrelacionadamente, se puedan cumplir tanto los intereses de las personas
como los de la sociedad: es decir, el desarrollo de las potencias creadoras
al interior de un Humanismo Científico Creador; así como la orientación
estético-estimativa de los individuos en nombre del fortalecimiento de la
integridad social. Gracias a que la relación estética del
individuo con el mundo une armónicamente todas las facultades espirituales
del hombre, la educación estética, y así la educación en general, en razón de
creación, constituye un importante medio de formación de la personalidad
íntegra y armónicamente desarrollada, supremo valor estético, que viene dando
la razón a la convergencia de la razón poética con la científica y de ésta
con aquélla.22 II. HACIA UNA UTOPÍA CONCRETA ¿Por qué utopía? El sentido de la gran metáfora -metáfora
latinoamericana al menos- que somos es pensarnos en la dimensión de futuro;
rescatar el valor movilizador de la utopía, en cuanto integrador de todo
discurso de futuro, puesto que el pensamiento social latinoamericano, en
cuanto proceso de conciencia para sí, ha estado signado por una tradición
utópica significativa. En este sentido, para Yohanka León del
Río: ”Si nos ubicamos desde lo que conocemos como América Latina: un gran
mosaico étnico, social y político, y lo tomamos como una totalidad concreta
construida y constituyéndose en el curso de una polémica y controvertida
historia, y su expresión en el pensamiento social, podemos determinar dos
formas generales y centrales, dos figuras, en las que se ha expresado la
utopía al interior de este pensamiento, las que han estado y son subyacentes
a la complicada conformación y evolución de las sociedades latinoamericanas:
La utopía de la unidad latinoamericana y la utopía de la
liberación latinoamericana. La utopía de la unidad latinoamericana: Es el
ideal que define el sentido de América Latina a partir de su unidad como una
sociedad identificable en su identidad (lingüística, religiosa, cultural e
histórica) y es el medio eficaz para enfrentar a las fuerzas foráneas,
agresivas y destructoras, históricamente identificadas como la colonia
española y hoy la presencia económica del capital norteamericano. Es el sueño
de una gran comunidad de pueblos unida por el espíritu de la libertad y en el
cual la diversidad de razas y culturas haga olvidar todo odio entre naciones
al ser el sedimento donde crezca la convivencia humana... La utopía de la
liberación: Otra figura que adopta la utopía en América Latina es la utopía
de la liberación. Ella ha caracterizado básicamente todo el pensamiento y la
acción social y política en las diferentes etapas de la historia de América
Latina. La liberación como ideal, horizonte de sentido de la praxis y la
teoría, se ha visto como proceso de humanización general del hombre
latinoamericano desde el plano político, económico, cultural y espiritual.
Esta utopía ha encontrado diferentes mediaciones en proyectos de emancipación
tanto de las estructuras sociopolíticas, como del pensamiento y la cultura.
Los movimientos políticos emancipatorios de América Latina han promovido y
promueven hoy en la emergencia de los nuevos movimientos sociales un espectro
amplio de dimensión utópica que ameritaría un profundo estudio histórico de
la permanencia y revitalización de lo que podríamos calificar, con Hellio
Gallardo, como utopías populares. Estas dan cuenta de un testimonio de
esperanza, compromiso y sentido de la utopía muy compleja, que se vincula
estrechamente con un estudio y análisis de la problemática de la
subjetividad.”23 Indudablemente la utopía, en cuanto
clave de lectura, en el ámbito de la racionalización de la vida social,
ubicada siempre dentro de los lindes del análisis histórico social, según
Arturo Roig, cuenta con tres funciones, dentro del pensamiento
latinoamericano: crítica, reguladora y liberadora en cuanto
anticipadora del mejoramiento humano y la vida futura, en cuanto búsqueda de
la unidad y de la liberación latinoamericana.24 Universidad, técnica y humanismo En este orden de ideas, entra la
Educación Humanista al interior de la Universidad, corroborando cómo el
movimiento humanista se ha manifestado, en los últimos tiempos, en todos los
aspectos del pensamiento humano y de la interacción humana, además del
aprendizaje experiencial y vivencial más significativo para la persona,
enfatizando de modo particular el cultivo de cualidades tan profundamente
humanas como la conciencia, la libertad y elección, la creatividad, la
valoración, la autorresponsabilidad y autorrealización, en cuanto opuestas a
un pensar sobre los seres humanos en términos meramente mecanicistas y
reduccionistas, preocupándose ante todo de la Profesión del Hombre: del
hombre como tal, tratando de llevarlo hacia la más alta y noble profesión que
es la de ser hombre25. En una palabra, haciéndose eco de un
real Humanismo Científico Creador, enfatiza las posibilidades y la
potencialidad que lleva consigo cada ser humano: trata de identificar estas
potencialidades y ayudar a desarrollarlas al máximo, ya sea en sus aspectos
personales como de interacción social. Educación Humanista que, en nuestro caso
latinoamericano, hará siempre honor al “nuevo espíritu” enarbolado por la
ideología reivindicadora de la histórica reforma universitaria de Córdoba de
1918: espíritu nuevo, entendido como espíritu revolucionario, con una
universidad capacitada para el cumplimento de su “función social”, en donde
el hombre y su destino sea el centro de toda preocupación, en cuanto razón
misma de su existencia. Todo porque ante una época en la que la práctica
revolucionaria conduce a la construcción de un nuevo orden, la educación
correspondiente a un Humanismo Integral, debe ayudar a construir un nuevo
futuro al servicio de las fuerzas sociales que levantan el nuevo orden
social. Humanismo pedagógico integral que
resulta de la simbiosis entre la utopía y el orden -y orden nuevo-, entre la
lógica racional y lo fantasioso, que pretende hurgar en la cara desconocida
de la verdad y del universo. La supervivencia y evolución del hombre
requieren que se profundice en la comprensión del universo interior y del
universo exterior. (R. Walsh). Puesto que: “La evolución es un ascenso hacia
la conciencia... El hombre ocupa la cresta de la ola evolutiva. Con el se
produce el paso de la evolución inconsciente a la consciente”. (Teilhard de
Chardin). “La evolución de la conciencia es el motivo central de la
existencia terrestre”. (Aurobindo). Así que nunca como hoy, la humanidad
entre la psicosis y el despertar, reclama una educación al servicio de la
conciencia del hombre. Sólo una inteligencia capaz de captar la dimensión
planetaria de los conflictos existentes puede enfrentar no sólo la
complejidad de nuestro mundo sino también el desafío presente de una posible
autodestrucción material y espiritual de la especie humana, mediante un sano humanismo
tecnológico, mediante una idea compartida del enriquecimiento humano a
través de múltiples aplicaciones de plataformas virtuales, uniendo
tecnologías con experiencia humana, con dignidad humana, antes que oponiéndolas.26 Conviene, entonces, establecer los
deslindes necesarios entre el humanismo y la técnica, entre el
hombre y la técnica, dentro de una universidad ubicada en un mundo
tecnológico y empeñada en la creación de un hombre nuevo. A la luz del pensamiento de Ernesto Mayz
Vallenilla, “en lugar de individuos que entren en posesión de un saber
que los capacite para enfrentarse con auténticos problemas, y lejos de
fomentar e impulsar en ellos un verdadero pathos por los enigmas que
la verdad plantea, la universidad intenta exclusivamente formar
“profesionales” -valga decir, tecnitas- homo technicus o tecnita que
reviste y protagoniza “una profunda y radical alineación” en cuanto hombre
“portador, agente y usuario de la ratio technica, convertido en un
simple medio para el propio hombre, transformado en un simple instrumento al
servicio de la voluntad de dominio de otros hombres.”27 Entre tanto, la universidad, respetando
“los cometidos técnicos que le impone la época, debe luchar para que ello no
signifique la pasiva entrega y sumisión del hombre a la alineación que lo
amenaza.” 28 La universidad debe anteponer los deberes y
fines éticos de una conciencia que está más allá de los efectos meramente
técnicos. La universidad debe preocuparse por dotar al hombre de una formación
integral que le permita reconocer y entender su entorno, a partir de la
cual praxis y teoría concurran para su progresiva transformación y
enriquecimiento. Se trata de que el hombre, el
universitario, sin renunciar a su acción y pasión de tecnita, pueda
reconciliar el afán práctico que lo caracteriza e impulsa dentro de un
auténtico ámbito humanístico. Tarea de la universidad es la de encarar tal
misión de autognosis y autorrealización como su más elevada tarea humanista. Indudablemente el logos vertebral
que alimenta la nueva modalidad de la razón es la de la ratio technica,
dentro de una nueva weltanshauung: la tecno-logia y la tecno-cracia
que impregnan la realidad y el devenir del mundo contemporáneo. Ratio
technica que influye directamente en el proceso educativo en cuanto
formación del hombre -y hombre nuevo- de hoy. Es entonces cuando, a partir de la voluntad
de poder de la técnica, el hombre como una creatura más de la ratio
technica, corre el peligro de ser manipulado de acuerdo con los planes y
designios de ella misma, pasando a ser “objetivado como un simple medio cual
si fuera un instrumento, con el propósito de lograr potestad y control
sobre su vida.”29 Ante estas posibilidades, a sabiendas de
que, quiérase o no, se ha de vivir en medio de un mundo tecnificado, “debemos
innovar la técnica, sobre todo en aquella esfera -la educativa- donde
esa técnica asume un papel de extraordinaria importancia en la tarea de
forjar y modelar al hombre. Innovar significa, en tal sentido, cuestionar
la técnica y la educación tecnificada en sus propios fundamentos con
la expresa finalidad de modificar sus efectos y aprovechar el sentido de la
labor formativa hacia nuevos derroteros y horizontes.”30 La transustanciación del estado de
ser, creación marxista, la creación del colectivo a partir de la creación
social, implícitas en el humanismo integral, Mayz Vallenilla las
comparte, cuando invocando una conciliación de la técnica y su voluntad de
poder con la manifestación de una racionalidad superior que actúe a
manera de síntesis, encuentra que tal principio no es otro que el eros
o voluntad de amor, como fuente humanizadora del afán posesorio del
hombre.”31 Sentido de los estudios clásicos Se argumenta, en torno a los estudios
clásicos, la razón de que ellos, en una época cada vez más absorbida por la
técnica, proporcionan un equilibrio formativo dentro de los mejores
parámetros humanos. Al respecto, nuestro profesor de humanidades, el insigne
humanista Horacio Cárdenas, señala: “Al hombre contemporáneo, extravertido y
presuroso, la educación clásica le rescataría de su enajenación,
concediéndole ratos de sosiego, de diálogo consigo mismo, de
ensimismamiento... Complemento del ser humano, la cultura clásica arguye su
justificación también como modelo de conducta, de experiencia secundada por
el sentido de las cosas que los autores griegos y latinos infunden con su
pensamiento y palabra. El hombre actual, se piensa, puede apaciguar el
desasosiego de la vida mecanizada si recibe y asimila la herencia de la
cultura clásica antigua... Para no asemejarnos al robot autómata, la
educación clásica nos atempera contra las demasías del tecnicismo
automatizado y deshumanizador... Por tratar de saber mucho de un conocimiento
y pavonearse de su profesionalismo, el hombre ignoró lo más importante: el
saber vivir en paz consigo mismo... La mecanización de la vida, la tiranía
que impone la celeridad y el mito del rendimiento y del progreso, han hecho
olvidar todo cuanto de integridad existe en el hombre.”32 Insiste Horacio Cárdenas en que
justamente es la tradición clásica la marginada en todo reparto de
programas educativos. Mientras que cada vez más hay consenso en lo
fundamental e indispensable de la “Paideia” en cuanto ideal helénico de
formación del hombre: “La Paideia condujo al griego a la posesión de su
propio ser, lo erigió en dueño de su mundo y de su perfil inconfundible. En
ello radica el verdadero sentido de la cultura clásica, su renovado drama que
nos alecciona y admira, el impulso agonal entre la naturaleza y la acción del
hombre por humanizarla; el individuo con todo su yo libérrimo pero
conviviendo con su prójimo en el seno de la comunidad.”33 Horacio Cárdenas, al preguntarse
concretamente: ¿tienen sentido en Latinoamérica los estudios clásicos? y
consciente de la reiterada y viva discusión en el ámbito de la cultura
latinoamericana del tema en cuestión, concluye su ensayo taxativa,
categóricamente, consciente de anteponer al caos de nuestra tropicalidad las
bondades de la Paideia: “La Paideia nos plantea quizás el más inquietante y
hondo problema que asedia nuestra existencia personal y colectiva de
latinoamericanos: el advenimiento real de nuestro propio ser existencial y de
nuestra cultura.. La verdad de un ser es la verdad de poderse manifestar, de
hacerse patente y palpable bajo el arco de la luz cotidiana. De instalarse,
familiarmente, en su mundo; de dejar oír su voz sin parecerse a nadie y que
sus palabras sólo sean las de su más entrañable experiencia.”34
Entendida, así, la educación humanística
como la búsqueda de la mejor formación integral del individuo, con particular
incidencia en los ámbitos intelectual, estético y moral, es decir, como la
auténtica educación cuyo fin primordial es conseguir la plenitud del hombre
mediante el cultivo de los valores genuinamente humanos, el estudio de la
tradición -de las lenguas clásicas- representa un gran valor en la formación
académica, donde sobreabunda, por el contrario, dentro de nuestro torbellino
tropical el estudio de materias “útilmente” pragmáticas como el inglés y el
japonés, debido a las pretensiones imperiales de hoy. Se trata de volver la
mirada a las fuentes de donde brota el impulso creador, llegar a moldear el
verdadero hombre dentro del hombre, hasta hacer que triunfe el hombre dentro
del hombre. Sabemos que el problema fundamental de la cultura contemporánea
es el de conciliar las exigencias de la "especialización" con la de
una formación humana total o por lo menos suficientemente equilibrada. Al
respecto, entre nosotros, ha sido Andrés Bello uno de los defensores de los
estudios clásicos, argumentando a su favor los benéficos resultados que
acarrean en disciplina mental y en previo y correcto manejo del idioma. Hay
pleno consenso en que con un poco de cultura clásica tal vez se lograría
domeñar el lomo arisco de los ímpetus criollos que el propio Bello, en su
época, sentía arreciar en carne propia. En este orden de ideas, también nuestro
coterráneo, el ilustre maestro Mariano Picón Salas, al reflexionar acerca de
la Humanitas, sobre la concordia entre las Humanidades y la
Ciencia y la Técnica, pensaba que “semejante debate se colora del unilateral
prejuicio de que unos valores excluyen a los otros, como si el goce y
seguridad con que se maneja una máquina debiera inhibirnos de leer a
Cervantes... Y el sueño y añoranza de una "Humanitas" que consuele
la angustia del hombre, que lo haga partícipe, sobre los siglos, de la
sociedad de otras almas, no ha de desaparecer aún entre las más logradas
invenciones de la Cibernética. A través de bellos versos y bellos cuentos,
pensando de nuevo en Gilgamesh, en Prometeo, en Fausto, verá el hombre un
espejo de la eterna zozobra y tentación de la diáspora terrestre. Si el
hombre en comunidad necesita una máquina, el hombre en soledad acaso prefiera
un poema. Hasta el aséptico Mr. Babbitt cantaba una trivial canción al
afeitarse todos los días. Y los novelistas, los poetas, los dramaturgos y
hasta los psiquiatras, saben bien que por las calles de nuestras ciudades
populosas, todavía pueden encontrar Edipos y Orestes como en una tragedia
clásica.”35 Hacia una utopía concreta Producto de épocas en crisis social,
expresión de capas sociales desesperadas, ubicadas ya en el espacio, ya en el
tiempo de los deseos, en cuanto conciencia anticipadora de la realidad;
excluida hoy de las ciencias y de las letras; de la economía y de la
política; de la filosofía y de la teología; debatiéndose entre la antigua
pugna de la razón utópica versus la razón instrumental; la utopía,
fuerza de la transformación de la realidad, aparece como auténtica voluntad
innovadora que, estando en la base de toda renovación social, representa una
corrección o integración ideal de una situación político-social existente con
miras a un cambio en prospectiva positiva. Proyecto o ideal de un mundo justo
a partir de la crítica del orden presente, la utopía representa un modo
específico de conocer la realidad a través de la proyección ideal de la
misma, trascendiendo el presente mediante un modelo ideal de futuro,
constituyéndose en el sueño del verdadero y justo orden de vida. Siempre la humanidad se ha sentido
impulsada por anhelos de progreso, mejoramiento y perfección, alcanzando tan
ilimitado punto sus aspiraciones, que se han confundido con lo imposible,
desconocido e insospechable. La utopía: lo que no está en ninguna parte,
lugar que no existe, que no hay, podría, de la mano de Tomás Moro o de Ernst
Bloch, recordarnos hoy el sueño de un porvenir cuajado y labrado dentro de la
mejor prospectiva de nuestro proceso histórico renovador, dentro de una
humanización capaz de darle cauce a un desarrollo sostenido a medida de
hombre en cuanto proyecto factible de utopía concreta, donde teoría y praxis
se apuntalen, unifiquen o confundan a partir del principio de esperanza
(Ernst Bloch) puesto que vivimos rodeados de posibilidad, somos
seres-en-esperanza (J.J. Tamayo) con la suerte aún no echada, frente a las
infinitas fronteras de lo posible, oyendo, esperanzados, la melodía del
futuro. Como en la isla desconocida de Moro,
soñar en que todo puede ser común dentro de nosotros. En que todos deberíamos
trabajar. En que los ocios son enemigos del orden social como lo son
igualmente los ladrones y delincuentes. En que lo mío y lo tuyo son los
causantes de los crímenes, las injusticias, las desigualdades y maldades que
reinan entre los hombres. Soñar concretamente en que una de las principales
causas de la miseria pública la configura "el excesivo número de nobles,
zánganos, ociosos, que viven del trabajo y del sudor de los demás".
Soñar en un Estado Futuro, en una Porvenir Posible a través de un Proyecto
Preciso, en espera de verlo realizado un día. En medio de la miseria y el
crimen, el engaño, la lucha y el sufrimiento cotidiano, soñar y proponernos
de veras, con nuestra imaginación creadora, un mundo nuevo, un hombre nuevo. Convencernos de que nuestro más grande
error fue el empeñarnos en entregar al Estado nuestro don más caro: la
libertad; de que a pesar de que la Libertad parezca utópica ilusión, la
utopía es la realidad, de la cual aquella nace; de que las raíces de la
utopía están en los propios hombres, provienen de lo más profundo de su
ser-en-esperanza; se originan en el alma humana, en la estructura fundamental
del hombre, de sus pueblos e ideales. Con muerte o sin muerte de las utopías,
la utopía -imagen movilizadora, horizonte orientador de la praxis, instancia
crítica de la realidad, visión dialéctica abierta- eternamente regirá el
destino humano y, así, el destino de los pueblos, puesto que sin utopía el
presente carece de futuro o de sentido. Con imaginación, "con qué
facilidad sacaríamos de la nada un mundo". Un mundo, un hombre, de
verdad, de justicia, de amor y de paz. Siempre habrá de haber tiempo para un
orden nuevo. No en balde Giulio Girardi enfatiza que "la paz no consiste
en la tranquilidad del orden existente, sino de un orden nuevo mediante la
acción solidaria de los hombres... En este sentido, la paz pasa a través de
la revolución, La revolución integral tiende a realizar una humanidad
nueva... un futuro nuevo, un hombre y un pueblo nuevos... No es cuestión de
explorar la tierra nueva, sino de crearla... Es la hora de la creación, de la
esperanza y del riesgo... La hora de asumir personal y comunitariamente el
riesgo de la aventura humana y afrontar con fortaleza la eventualidad del
fracaso... Sólo una tierra distinta hará menos increíble el cielo."36
Sólo una tierra distinta hará menos
increíble toda democracia o utopía. Sólo entonces la esperanza, alzada desde
el fondo de la caja de Pandora, podrá subir y esparcirse por todos los cielos
en la única paz que garantizan las transformaciones profundas y las
conquistas que nos faltan. Para Giambatista Vico, dentro de un
sistema cíclico por el que transitan las naciones, cada pueblo pasa por
distintas etapas (corsi) que modelan toda su actividad hasta llegar a la
decadencia, la que a su vez conduce a recomenzar el proceso (ricorsi) en un
plano distinto y superior. Antonio Gramsci, por su parte, acuñó el concepto
de "crisis orgánica", para referirse a esos momentos históricos en
que a las fuerzas dominantes se le fracturan las relaciones entre la sociedad
y el Estado, entre la economía y la política, y no pueden ejercer su
dirección del modo habitual: "La crisis consiste precisamente en que
muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo". Circunstancias en que el
bloque ideológico dominante tiende a disgregarse y a perder su capacidad de
impulsar el capitalismo hacia adelante, contando aún con fuerzas que pueden
moderar la situación e impedir un desenlace revolucionario. Al respecto, Jorge Alberto Kreyness, al
referirse a la crisis orgánica del capitalismo, basándose en Gramsci,
sostiene que el elemento decisivo de toda situación es la fuerza,
permanentemente organizada y predispuesta desde largo tiempo, que se puede
hacer avanzar cuando se juzga que una situación es favorable ( y es favorable
sólo en la medida que una fuerza tal existe y está impregnada de ardor
combativo). En tales circunstancias, se precisa la construcción de una
contrahegemonía, de un contrapoder, de un nuevo sistema de instituciones que
consoliden la direccionalidad de las fuerzas antagónicas a las de la
dominación, hasta darle cauce positivo a la espontaneidad y acumular y
redimensionar las fuerzas definidamente revolucionarias. Ante un capitalismo con patente de justicia
y eternidad, no queda sino construir las nuevas formas para arremeter contra
la injusticia, la desigualdad, el hambre, la opresión y todos los horrores
que asolan a tres cuartas partes de la humanidad. Nunca como hoy se justifica
un proyecto contrahegemónico que nos ayude firmemente a ponerle coto a tanto
"capitalismo salvaje", desenfrenado, hegemónico, invasor. La nueva realidad vendrá de un largo
dolor y un largo trabajo. Pavese nos recordaba: "El secreto de la vida
es obrar como si tuviésemos lo que más dolorosamente nos falta."37
No puede haber retorno sino medida e invención, constancia y creación,
construcción del porvenir. Nuestra mayor arma, el estar vivos. Estar vivos ha
de significar arrear nuestro destino. Entre flujos y reflujos, antes que el
pueblo se mantenga a oscuras, redescubrir nuestra propia patria, sentirla,
revivirla, hacerla; rehacerla, reorganizarla, reestructurarla, horadando las
tinieblas hasta que reflorezcan la vida y la esperanza. Subvertir un orden
viejo. Con el mundo entero por testigo, construir un orden nuevo en busca de
una humanidad nueva. III HACIA UNA RAZÓN POÉTICA Tras un nuevo humanismo Los estudios universitarios nuevos, el nuevo
humanismo, se deberán proponer la creación de espacios de silencio
con los cuales ayudar a los jóvenes a trazar mapas conceptuales de
convivialidad, conscientes de que la persona se construye en el diálogo con
las otras personas. Todo porque la universidad ha de considerarse el lugar
ideal de la madurez intelectual y crítica de los jóvenes, donde las ciencias
-repitámoslo- del hombre y las de la naturaleza se reencuentren, dentro de
una inspiración profundamente unitaria. En decir de Basarab Nicolescu,
Presidente del Centre International de Recherches et d´Études
Transdisciplinaires (CIRET): “L'Université est le lieu privilégié d'une
formation adaptée aux exigences de notre temps et il est le pivot d'une
éducation dirigée en amont vers les enfants et les adolescents et orientée en
aval vers les adultes. L'Université pourra ainsi devenir le lieu privilégié
d'apprentissage de l'attitude transculturelle, transreligieuse,
transpolitique et transnationale, du dialogue entre l'art et la science, axe
de la réunification entre la culture scientifique et la culture artistique.
L'Université renouvelée sera le foyer d'un nouveau type d'humanisme.”38 Al referirse concretamente a la creación
de “lieux de silence” y de meditación, Nicolescu advierte y subraya: “À
l'image des monstrueuses mégalopoles, certaines universités sont, du point de
vue architectural et de la distribution des espaces, de gigantesques
hypermarchés du savoir, au mépris de tout sens esthétique et poétique, si
nécessaire à une vie réelle. Dans de tels espaces l'esprit d'exclusion, de
mépris, d'ignorance de l'autre, d'indifférence par rapport à tout ce qui est
différent de soi-même ne peut que s'accentuer et se propager dans la vie de
l'adulte actif que l'étudiant va devenir à la fin de ses études... Dans ce
contexte la création de lieux destinés exclusivement au silence et à la méditation
pourront jouer un rôle important dans l'engendrement de l'esprit de
tolérance. Ces lieux doivent évidemment être, conformément à l'esprit laïque
de l'Université, des lieux transreligieux et transculturels, où chacun
pourrait communiquer avec l'autre dans le silence nourri par sa propre
religion et sa propre culture. Dans la perspective transdisciplinaire, le
silence met en jeu un niveau extrêmement riche d'information, à partir duquel
une communication et même une communion peuvent s'établir.”39 Éstas algunas de las más sobresalientes
ideas que, desde el Congreso de Locarno en 1997, ventilaron conjuntamente
CIRET y UNESCO en aras de una Universidad del Futuro, en cuanto lugar
de cultura, de arte, de espiritualidad y de alternativas, verdadero lien
social impregnado de “concepts nouveaux comme ceux de transculture,
transreligion, transpolitique ou transnationalité.”40 El encuentro es la clave En idéntico sentido, el Dr. Alfonso
López Quintás, catedrático de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid,
a propósito de La Formación Adecuada de la Configuración de un Nuevo
Humanismo, plantea ideas claras y precisas en torno al hombre en cuanto “ser
de encuentro”, cuya meta de vida no ha de ser otra que crear modos
elevados de unidad a través de la relación dialógica. Ideas que López Quintás
ha expuesto magistralmente en sus Cátedras así como en algunas universidades
latinoamericanas, las cuales nos permitimos reproducir de seguidas in
extenso. Un individuo, una sociedad sin ideal,
realmente están perdidos. A sabiendas de que el ideal del dominio, del tener,
tiene que ser cambiado por el ideal de la solidaridad, del ser. Elegir entre
destruir o construir. Entre amar u odiar. Elegir el ideal del servicio, la
cultura del servicio antes que la del poder, en actitud de solidaridad. El ser humano es un ser de encuentro.
Vive como persona, se desarrolla, se perfecciona, creando encuentros.
Encuentro con la madre, con el padre, con los hermanos, con el hogar. Con la escuela.
Con la patria, con la universidad, con la sociedad. La clave es la
comprensión del encuentro, de cada encuentro. Comprender bien el encuentro, a
fondo. Cada persona es un mundo, un campo de
realidad, un ámbito de realidad, va y viene entre proyectos, recuerdos,
talento, expectativa, desengaño, soledad, afecto. Campo de realidad que puede
y debe relacionarse. Fuente de posibilidades, con experiencias no sólo
lineales, sino reversibles. Así que el encuentro es un enriquecimiento mutuo,
voluntad de ir juntos. Creación de un campo de juego común, un campo de
libertad común. Fusión de gozos, alegrías y problemas. Mirada junta, en una
misma dirección. El encuentro es fuente de energía. Da
luz, sentido, madurez. Da alegría. Fuerza para vivir. Entusiasmo. Da
felicidad, plenitud. El encuentro es la clave. Todas las proezas, todos los
triunfos todas las fiestas vienen siempre de un encuentro. Puesto que el
encuentro es relación; como los valores, las virtudes, las capacidades y
posibilidades dependen de la relación. Tal como todo el universo está
interrelacionado, tal como la relación es el fundamento de la vida, así el
hombre tiene que vivir la relación, en relación, creando y multiplicando esa
relación. Definitivamente, el hombre es un ser de
encuentro. Vivimos como personas, nos desarrollamos y maduramos como tales
creando diversos modos de encuentro. A diario nos entretejemos y
enriquecemos. Entretejerse o entreverarse implica intercambiar posibilidades,
expectativas y proyectos, en lo físico, afectivo - espiritual, simbólico,
sociológico, político, cultural. Hemos de crear modos elevados de
realidad. Venimos del encuentro y nos sentimos llamados al encuentro. El
encuentro es un entreveramiento de ámbitos y valores. El hombre vive como
persona, se desarrolla, perfecciona como tal al entretejer su ámbito de vida
con el de los demás, con el de otras personas. Pudiéndose decir con sobrada
razón que el hombre no tiene un solo centro, como la circunferencia, sino
dos, como la elipse: el yo y el tú. La vida del hombre es encuentro. De donde se deriva y explica el carácter
dialógico del ser humano, homo loquens, por antonomasia. Tener el
sentido de la palabra significa vivir dialógicamente, mantenerse atento a la
llamada de los valores y estar dispuestos a asumirlos activamente. Vivir en
diálogo implica: ajustarnos a la condición de seres que deben realizarse en
un entorno de ámbitos: vivir de forma creativa, responsable, valiosa;
hallarnos siempre en camino hacia nuestro pleno desarrollo personal, prestos
a las posibilidades que se nos ofrezcan en orden a realizar nuestro verdadero
ideal. La vida dialógica, relacional, fuente de
paz y amparo espiritual, nos otorga una plena identidad personal, nos abre
horizontes de insospechada novedad y riqueza. La vida dialógica nos permite
una permanente actitud creadora, con posibilidades y horizontes inéditos,
siempre nuevos. Dentro del denso tejido de actitudes, anhelos, alegrías,
penas, situaciones de unidad solidaria o de soledad amarga, que forman el
proceso del hombre hacia la plenitud socio-personal. Ante la propia experiencia, áspera y
arriesgada; ante el apabullante desconcierto cotidiano; ante tantas
diferentes posibilidades, a menudo desgarradoras, que pugnan por imponerse, a
pueblos y hombres no les queda sino el encuentro como clave de existencia,
experiencia, sobrevivencia. Abrirse y crear unidad. Esta es la clave. Este el
camino. Este es el futuro.41 A modo de conclusión “Antes que una confrontación y
antagonismo entre la técnica y la libertad, lo que se impone en nuestra época
es una superación de semejante antítesis para lograr que ellas se fecunden
mutuamente y de su conjunción nazca un nuevo destino para el hombre. Ello
significaría sentar las bases y explicar el sentido de un nuevo humanismo -el
auténtico humanismo de nuestros días: el humanismo técnico- donde esa
técnica, como producto de la libertad humana, queda reconciliada con la
propia libertad que la origina y, en lugar de destruirla, la potencia y
multiplica como exponente del don más humano que distingue y caracteriza al
existir del hombre. Efectivamente: así como la tecnocracia, en tanto que es
producto de la ratio technica que la sustenta es orientada por una voluntad
de amor, aquella tecnocracia puede ser utilizada para ayudar al hombre y
a los pueblos en la difícil aunque irrenunciable tarea de ser dueños y
gestores de su propio destino mediante el ejercicio de la libertad.”42
Estamos plenamente de acuerdo con el Dr.
Joaquín Mª Aguirre en que “concebir la Ciencia y la Cultura como algo
separado es una contradicción que afecta a la raíz misma del pensamiento
humanista.” Igualmente, en que es preferible “considerar el Humanismo más
como un impulso que como un depósito, más como una energía que como un cúmulo
de conocimientos eruditos.”43 Con Antonio Pasquali, concluimos: “No
cabe dudas: el reto que ya se yergue ante nosotros, si queremos sobrevivir y
salvaguardar para nosotros y para la humanidad entera esa parcela de fecunda
diversidad cultural que encarnamos, es el reto del saber; es un reto de
investigación, de educación y de humanismo. Aferrarse aquí y ahora al
humanismo, por otro lado, no es un proyecto de trasnochados e inadaptados a
las nuevas realidades tecno-científicas; es una decisión estratégica de
latinidad, de poner a valer nuestras ventajas comparativas como guardianes
natos de un humanismo universal que otros vienen estragando, de conservarnos
autoconscientes y alerta, de pensar a quien nos piensa, de “perseverar en
nuestro propio ser” -según rezaba el supremo principio estoico- para
cohabitar un futuro mundo de diversidades en pacífica coexistencia.”44 Camino de una inteligencia cósmica,
planetaria -inteligencia colectiva y conectiva- "la era de la
inteligencia en Red es una era de promesas. No es simplemente una red de
tecnología, es una red de seres humanos por medio de la tecnología. No es una
era de máquinas inteligentes, sino de seres humanos que, por las redes,
combinan su inteligencia, conocimiento y creatividad para revoluciones en la
producción de riqueza y de desarrollo social. No es solamente una era de
conexión de computadoras entre sí, sino de la interconexión en red del
ingenio humano. Es una era de nuevas y amplias promesas y de oportunidades
inimaginables.”45 (Donald Tapscott). Homo habilis, homo sapiens, homo
digitalis, homo cybersapiens, el hombre, está forzado "a habitar
poéticamente la tierra, porque su inteligencia es poética, poietica, creadora."46
Es decir que a través de un enfoque zetético poiesológico, de búsqueda
creadora, el hombre signa cada vez más la proyección del humanismo
tecnológico en una verdadera autopoiesis de realización y completitud
humanas. Razón Poética “La palabra, nada, un poco de aire
estremecido que, desde la madrugada confusa del Génesis, tiene poder de
creación” Jirón de prado, nube pura, sol perfecto,
casa y universo y clarinada. Jungla de sueños, jaspes arrojados. Jaula de
cristal, hembra jadeante. Juego de garza, junco en la alborada. Jovial
esencia. Jubiloso asombro. Hurganza sintiendo el chasquido de los pasos, el
hambre, el pan, la soledad, la pena. Insomne noche rebelada. Magma
imaginario. Alarido. Angustia, crispación y grito. Vacío pleno de
inminencias, intersticios. Filos y fisuras del mundo y del lenguaje,
hendiduras. Configuración del inacabamiento, ruptura momentánea, pasajera
pregunta, ligereza de sílabas girando. Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara
en fulgor para el altar del tiempo, para elevarle al corazón sus bríos. Trino
con que cantamos a la vida cuando la suerte nos ofrece el huerto para sembrar
de estrellas el camino. Conjuro de la selva, compromiso, riesgo, desafío,
soplo de aire, poder de creación. Agua clara, rayo, ciego asombro, sol,
susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo. Génesis, memoria vegetal,
larga sombra de cópula y prodigio, fraternas potestades del insomnio. Apoyada
sobre el puente, sola y de pie, en la larga noche insomne. Forma de vida,
asombro deshojado, algún día oficio de los hombres. Bandera del milagro, borde de la luz,
torre de paz, lágrima del mar, espuma de la noche, temblor de espuma, piel de
sol enfurecido, piedra de los dioses, sueño de la piedra, piedra de los
sueños, fecunda entraña de la luz. Vasto rumor de plumas, adentro en la
espesura. Andadura, pasturanza, festín de sombra y llama. Plato de aromada
miel. Idilio, diosa aparejada, milagro del insomnio, azul tormenta desatada,
en la nochumbre, a vista del rocío amanecido. Blanca palomica en soledad
herida, en uno de los ojos de pronto reclinada. Flujo y reflujo en comunión
altiva. Relámpagos de sombra, adelantándose a los designios. Crepúsculos
desangrados al borde del ocio. Hondas navegaciones. Lumbre de la sombra
insomne, brotada de la noche un día que la luna estaba distraída. Larga
quemadura, pávida voz, diadema planetaria, hecha toda de cólera y ternura. Gira, sube, baja, se detiene; estremece,
vuela y vuelve. Viene de la nada. Viene del sueño. Toca tierra. Lleva sonidos
de metales, de sangre, amor, huesos, nervios; de hambre, guerra, horror,
pavura. Conoce el canto de las aves, el silencio del paraguas. La melancolía
del guanábano. El sitio del silencio. Las alas de la noche y de la lluvia. El
gemido de las nieves. Las voces de la sangre. El paso de los días. El regreso
del sueño. El rastro del celaje. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el
lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Su grito de cigarra
navega en la muerte y se cuida de lo vivo. Ronda en soledad por muchas albas.
Sale de su envoltura para asombrarnos. Un querer apoderarse de los sueños de
las cosas, de las luces de los pájaros. Rebelarse contra la muerte
bochornosa. Poner las cosas en su lugar, los signos en su lugar, las pausas
en el suyo. Asombrarse de tanto ayuntamiento cósmico entre los seres, objetos
y conceptos. Ir tras la polvareda del aire, las voces de la luna o de la lluvia,
la flora del variado enigma. Llegar al interior del hombre, a la mejilla
curtida de la tarde. Cambiar la historia. Amar la tierra y amar al hombre.
Alumbrar los montes por las noches, alumbrar los montones de hambre a la
intemperie. Preguntar por la alegría. Seguir preguntando. Rescatar todas las
preguntas de los otros. Preguntar por la rosa sin subvertir la rosa.
Preguntar por los juegos, por los niños, por sus risas. Salvar las preguntas
de los niños para que el hombre no pierda jamás su asombro. Nombrar la
libertad. Inventar la vida en lo alto de los árboles para salvar los pájaros
de la tierra. Encender el fuego. Morir cantando. Vencer la muerte. Sacudir
asombros. Esparcir los altos sueños, la fuerza de los ríos, el color de los
pájaros, las canciones, las hierbas de las tardes. Devolverle vida a la tierra, color al
arcoiris, alegría bullanguera a la lluvia. Andar rompiendo cercas y levantar
en su lugar enredaderas de jazmines que convoquen el aliento del hombre hacia
su destino cósmico y vegetal. Dar con nuevos alumbrajes. Participar en la
fiesta de la vida. Preparar un manjar que alcance para todos. Ver morir a la gacela bajo los
tamarindos. Vaticinar, profetizar, bucear en las tinieblas de los tiempos.
Clamar contra la impiedad, la opresión, la codicia, la crueldad. Arrullar,
despertar, mecer, golpear, gritar, empujar. Medir, valorar. Saber bien dónde
hay barro, en qué lugar hay sangre, dónde queda la razón y dónde la justicia
o la injusticia. Ir al frente. Volver con la victoria.
Invitar al sol. Encender la luz. Profetizar contra los explotadores, los
bribones, los embaucadores. Interpretar los remolinos. Expresar al pueblo.
Reflejar cabalmente los más íntimos, sutiles y misteriosos anhelos del alma.
Implorar la clemencia de los cielos. Ir sobre la cresta de las olas. Avivar
el fuego. Sumar la voz al coro. Fundir los versos en acero. Amarrar el viento
viejo. Seguir al viento nuevo. Construir la nueva levadura, el nuevo
pan: la paz, el lauro, la memoria. Con la primavera, caminar al mercado entre
panaderías y palomas. Dar socorro a nuestros sueños, más allá de cruces,
lenguas, misterios, milagros o lejuras. Despertar la nueva madrugada. Entre
dioses, manglares, árboles y piedras, con las enredaderas, los torrentes, las
cerbatanas y todos los azules y caminos, agregarle estrellas a los cielos,
añadir, por fin, algo al mundo, despiertos con el despertar del viento, a
libertad por todos los caminos. Expresar asombros y nochuras. Enterrar
la muerte. Inventar la sombra. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los
ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio
salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las
creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus
cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo
enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los
mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus
luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus
vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la
rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del
hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco
que acecha nuestras costas. Dar con el ámbar del primer arroyo.
Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos.
Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Esperar a
que baile el arco iris. Oír todos los suspiros y proteger el pueblo con
palabras. Dar la mano y enseñar el camino. Expulsar el despojo mutilado. Ser
libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la
noche sin que nadie contradiga. Eludir la risa ensangrentada. Salvar la luz,
sin la cual la tierra gemiría de espanto. Dar con una migaja de soledad
marina. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías,
interrogantes y tragedias. Dar forma al vacío de modo que éste sea
posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que
pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la
arboleda. Mirar el cielo solamente en el momento necesario. Cruzar, no la
aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la
eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo.
Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a
la mirada final. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para
fraguar enigmas. Defender el milagro de la vida. La fogata que lleve al
alumbraje. A tiro limpio, la bondad del hombre. Acercarnos a la vida, al parentesco que
a las costas de la divina antigüedad nos ata. Pedir todo el corazón del mar
para la paz. Pedirle a la luz que nos espere. Reprocharle al alba su tardanza.
Correr el peligro de la vida. Abrazar el asombro de la muerte. Cantar, arder,
huir, como un campanario en las manos de un loco. Sentir el golpe de agua
dura y recogerlo en una taza eterna. Hablar consigo sin saber con quién,
deshojando el silencio de la altura. De alguna manera decidir dónde plantar
los árboles, de nuevo. Recibir en el alma las manos temblorosas de la lluvia
a plena luz, camino de la sombra. Preguntar si la palabra sirve, si sirve
para algo la alegría, si en el mundo no quieren a los tristes, si creen las
espigas en el hombre, si tienen los milagros descendencia, si es cuestión de
vivir contra morir. Defender la luz del mundo. Ver los
árboles. Oír los pájaros. Caminar entre la gente y saludar al sol profundo que
brilla en el corazón de los humildes. Mirar el llanto oscuro que hay al fondo
de todos los rincones. Verse en el que tiene más de mil años de pedir pan y
sueño, en el que no tiene camino que seguir, en ese corazón asomado al espejo
de sus enigmas. Detenerse a la orilla sangrante de una lágrima. Acercarse a
los que sueñan o sollozan, o tienen hambre y sed bajo el cielo. Adentro de
las pequeñas casas de cartón, escuchar el sonido de las lágrimas. Dar con la
definitiva claridad del hombre. Saber cuándo, con qué fuerza, de qué modo
asumir nuestro destino. Irse noche abajo perdido entre las piedras y las
flores. entre las sombras y las nubes. Limpiar el poder cuando corrompa.
Vigilar mientras todos duermen. Unir lo posible con lo imposible. Mantener
abierta la palabra. Sacar la flor de las cenizas. Llevar el infinito a
cuestas. Salirle al paso a la mirada. Alentar todas las formas. Alumbrar la
maravilla. Encender relámpagos. Asombrar al tiempo. Descubrir el secreto.
Sentir las sombras. Fundar los sueños. Salvar al hombre. Amar al viento.
Decir verdad. Seguir puntualmente al sol. Sentarse en
el lugar del hambre. Acordarse del viaje hacia la sombra. Dar tiempo al
camino a que regrese. Despertar a latigazos el silencio. Mantenerse como un
latido. Llevar a peso las palabras. Reinar sobre la muerte. Revivir cada día.
Salvarse juntos. Festejar la vida.
Cambiar la vida. Transformar la vida. Asolear la eternidad. Hacer más vivo el
vivir. Llegar vivos a la muerte. Hacer buena la palabra. Hacerla arado, paz,
combate, furente, empuñada, inextinguible. Dar con la antigua trocha de la
paz. Salvaguardar al hombre que florece, la lumbre lubricante de la piedra,
la huella que nos lleve al alumbraje. Sentir la muerte girando en los talones.
Sentirla girando en los Guantánamos. Sentirla cagando en los hambrones.
Hacernos solidarios. Morir de asombros. Descargar nuestros almácigos. Dar con
los sueños que inventamos. Vivir mientras el alma nos suene. Morir cuando la
hora nos llegue. Ver regresar la primavera. Pasar a tiempo la palabra.
Rebelarse contra la muerte. Florecer sobre la tumba. Celebrar la soledad, la
lluvia, los caminos... Querer hacer corpórea la nada -estupor
encarnado, relámpago que te ladra y se apaga, furiosa pasión por lo
tangible-. Ser a través del otro. Partirse y abrirse para el otro.
Desgarrarse con y para el otro, ser. Hundirse, hurgarse, ser, sentirse,
serse. Recoger la palabra. Reverenciar el silencio. Convocar la palabra del
otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva,
signo del ser, una palabra-ser. Indagar, buscar, inventarle explosiones a la
palabra. Darle rienda suelta a la palabra. Que la palabra revele el porvenir. Palabra por palabra, decir lo que
pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de
los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de
nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado,
la patria y la arboleda. Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula,
ramazón o ramalazo; las palabras compiten, competen y complotan. Únicas
capaces de recuperar al hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar
al vino. A pesar de la miseria o la grandeza
humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o incrédulos, tímidos o
temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar nuestra impotencia, hablar
de una vez para mañana. Pronunciar la palabra decisiva que la vida y la
historia nos vayan enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas
y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Confirmar que la civilización
no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que
el poeta no se ofende porque le llaman subversivo, cuando le dicen
insurgente. Decidirnos por la libertad de la
palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche
y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al
hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura. Lugar por excelencia
de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en
desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive. Hacer buena la palabra. Hacerla voz,
viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y
arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo
permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación,
asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión real,
irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra
en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las
victorias. Videntes, alucinados, intermediar la
fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta,
vagabundo. Recobrar, antes que la pólvora, la palabra, su encanto germinal,
su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera,
acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en
cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada. Empuñarla, fulgurante, solar y duradera.
A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano,
volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera
alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva.
Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro,
el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias.
Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por
las sendas urticantes. ¿Hasta cuándo la calificación de las
palabras? Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias
refulgentes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o
castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de
diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio,
alma y poesía; dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el
hombre, sus asuntos y sus sueños, manteniéndolos en pie de guerra por la paz
o el pan que hagan falta. Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa,
una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna,
apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne,
verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida,
llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso
corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo! El corazón, los ojos de los hombres se
llenaron de letras, de mensajes, de palabras. Letras que caminaron y
encendieron, que navegaron y vencieron, que despertaron y subieron, letras
que libertaron, letras en forma de paloma que volaron. Y el hombre fue otro y
otra fue su palabra. El canto, el himno ardiente que reúne a los pueblos de
una letra agregada a otra letra y a otra de pueblo a pueblo fue sobrellevando
su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la
claridad del canto. La palabra sólo es. Tenemos que fluir
con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos
los relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para
lo que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija
para ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre,
al mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A
presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz. Somos la palabra que está naciendo, la
misma que se detiene y volcará como campana su acero y su sonido hacia todas
las mañanas. Basta un lucero para que haya noche. Basta un quejido para que
haya día. Construyamos el porvenir y el amor telúrico desenfadado y sin
banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra sola, labra nuestra paz. Ordena
el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas
y después de todo, tú sola y para siempre la palabra. ¡Y si después de tantas
palabras, no sobrevive la palabra! Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni
palabra! (Poesía, Sociedad Anónima). NOTAS [1] MORA, Pablo. Proyección del humanismo tecnológico. En.
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inteligencia artificial y la humana. © Pablo Mora 2003 |