HOMENAJE A LA MADRE
La madre es una sombra, ¿lo sabes? La madre es una sombra acostada a los pies.
Antonio Arráiz MIRADLA Vino quizás de la loma o del aljibe nomás; del llano largo hacia
adentro, de la montaña hacia el cielo o del viento en descontento. Un día
alcanzó la luz; otro, alargó misterios; desde muy de madrugada, amasa el pan
en la casa. Camino de la quebrada, se empeña en lavar tristezas. Las chamizas
de la aldea dejaron huella en sus piernas: amor ardiente en recelo, le da por
mecer los sueños. Cosechó cafetos, extendió atarrayas, bailó entre los
maizales y hasta el barbasco se acuerda de ella. Enlazaba potros, calentaba
eneldos. Primera en saludar el día, última en cerrar la noche. Libro sin
índice siquiera. Agenda sin líneas vacías. Tango sin queja y sin letra. Llama
en asombrado vuelo. Miradla llena de honor y de ceniza. Miradla en
los collados del amor delirante junto al lirio de tallo celestial, junto a
los grandes bueyes de la tierra. Miradla naciendo desde un vientre de espigas
misteriosas, desde un túnel de cálidas penumbras. La misma, la tremenda, la
del mohín en los labios; la guaricha, la pícara, la Imelda, Cecilia,
Gaudencia, Florinda, Lucrecia,
Rosenda o Emeteria. La que se entendió con las flores, el luto, el llanto y
el gozo. La simple, la cotidiana, la del humo de leña. La que ara el amor y
cosecha su trigo, la que sabe el lenguaje de las cosas y el tierno frío del
amanecer. La que se va con la neblina, apacentando sueños detrás de los
rebaños. La oliente a piso de tierra, a musgosas tejas. La pobre, la grande,
la hermosa; milenaria, aventurera del tiempo y del espacio; heredera del río
y del relámpago, millonaria de lumbres y tristezas. La que de espaldas a la
noche, vela con la estrella. La que entre barricadas de miseria, desgarra el
corazón a la amargura o la amargura le desgarra el corazón. Miradla, yacente sobre páramos helados, tendida
en la soledad de la cascada, en la llanura implacable de la vida, con una
rosa turbia en la mirada; a veces victoriosa, a veces en la esquina, sentando
su lagrimón en la maleta, camino de la guerra, con la sordina de la retirada.
Miradla, llama entre las llamas, lámpara,
estrella, para la angustia del hombre. Va por el mundo porque existe el
hombre antes del grito de su eterna entraña. Vela callada el fuego de la
vida, madre la llaman por llamarla hermana. Hermana de la lumbre en su
ternura, desmorona la angustia de los hombres y mantiene su pulso en plena llama
ante la dura ramazón del odio. Compañera del hombre, jornalera, únicamente
necesita él vida, para llamarla siempre compañera. Miradla, nacida en algún barrio triste del
pueblo oscuro o la ciudad remota. Miradla, camino de su trabajo, la pobre
piensa y piensa. Desde la calle de la melancolía, lluvia cantando de la
sonrisa a los pies. Miradla, cuando niña, zarrapastrosa, alrededor
del fogón, cargando sobre la cabeza haces de chamiza; sobre los cuadriles, a
los muchachos pequeños; pronto, unos pechos naranja brotan de su seno;
entonces, los hombres comienzan a rondarla. Al fin, cuando los grillos
chillan ensordecedoramente y el viento hace crujir las ramazones, se la
posee. Miradla, como a esta tierra, se la lleva en el
corazón cuando uno se aleja de ella, y a flor de la pupila cuando se marcha
en pos de ella por veredas y caminos. Después que el hombre la roza, se le
mete por los sentidos y sensualmente lo amarra a sus árboles. Se la quiere en
las sementeras, y se encariña uno con ella, abrazada al invierno de los
retoños y al verano de las flores cuajadas. Eduvigis, Gumersinda, Críspula o
como te llames, mujer de nombre infeliz que te puso el almanaque; india color
de la tierra que se ha chupado tu sangre, siempre callada y humilde,
concubina, bestia o madre. Flor de anónimo heroísmo, todo el color de esta
tierra en el corazón te cabe con fe que no tuvo nadie. Hembra, menuda y
cetrina de mis anchas soledades perdida en el triste olvido de un rancho
cualquiera. Tu nombre no importa; da lo mismo si eslavo, sajón, latino o el
que fuere. Vino quizás de la loma, de las uvas, de la montaña hacia adentro y
se fue en ascuas metiendo, ensortijada en el sueño; fondo de llanto al
acecho, bajo la luz redimida, bajo la luz de la pena; farallón de madrugada,
despertador de su pueblo. Miradla, a la orilla de las parvas consumiendo
su cigarro; junto a la cerca de piedra, cabizbaja; frente al hierático pino,
solitaria. A la orilla de las parvas, como naciendo de nuevo. Miradla,
miradla naciendo bajo la luz que la espera. (Poesía, Sociedad Anónima). Madre Vas por el mundo
porque existe el hombre
antes del grito de la eterna entraña, velas callada el fuego de la vida, madre te llaman por llamarte hermana. Hermana de la lumbre en la ternura, desmoronas la angustia de los hombres y mantienes su pulso en pleno vuelo ante la dura ramazón del odio. Compañera de siempre, compañera, únicamente necesito vida para llamarte siempre jardinera. Quédate, no te vayas tan temprano que solamente tú sabrás colmarnos, camarada de siempre, jornalera |