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Hacia una
revolución constructiva Inocentes quienes pretendan cambiar el mundo sin cambiar la vida.
Quienes olviden que la verdadera revolución implica cambio de estructuras, de
conciencias, de cultura. Quienes echen de menos la formación de un bloque
histórico a través del cual el conjunto de fuerzas críticas toman conciencia
de sí mismas y del momento. Quienes pretendan el cambio sin contar plenamente
con la unidad sindical, la unión de las fuerzas del trabajo, las centrales
obreras y la cultura, antes que la mera huelga general o nacional, si
persiguen de verdad una revolución constructiva. Inocentes quienes desconozcan que la última utopía fue, a fines
del siglo XIX, la de William Morris, cuando evocaba un porvenir socialista en
el cual cada hombre sería un creador, es decir un poeta. O quienes,
pretendiendo inventar el futuro, dejen de pedirle al hombre algo más difícil
que dar todo lo que tiene: dar todo lo que él es, es decir, el poeta que
lleva en sí; redescubrirse, reinventarse. Inocentes quienes consideren sumamente fácil escoger entre
rebelión popular o rebelión legal; entre asaltar el poder —una guerra
de movimiento— o la guerra de trinchera. Apoderarse del Estado o tomar
trinchera por trinchera, comenzando por dirigir las organizaciones sociales
antes de la toma del Poder y, en última instancia, asaltar la Fortaleza o
fortalezas del Estado. En fin, quien crea que el asalto sea cuestión de horas
o que está a la vuelta de Carmelitas. Inocentes quienes desconozcan que el rol de un Movimiento
Alternativo de Convergencia Nacional consiste en percibir las iniciativas y
en estimularlas; en ayudar a tomar conciencia y elaborar teóricamente las
exigencias a largo plazo; en hacer brotar la cooperación como proyecto
consciente, como auténtica Pedagogía de la Revolución. Antes que no haya
tiempo para vivir, sino para sobrevivir como náufragos aislados. Más
inocentes todavía, quienes tilden de loca o desconozcan la revolución
necesaria, verdadera, establecida. Inocentes quienes pretendan que la política —universalidad
y solidaridad—, sea sólo legítima defensa. O quienes nieguen que hay
algunos hombres útiles, pero ninguno indispensable, puesto que sólo el pueblo
es inmortal, y del hermano al verdugo hay mucho yugo. Inocentes quienes no se
convenzan que la civilización es una injusticia armada. O pongan en duda que
el porvenir de todos debe ser obra de todos, inventado y realizado por todos,
partiendo no de ideologías que nos enfrenten, sino de problemas que nos sean
comunes. Inocentes quienes no sepan que, según los entendidos, vale más
ganar a los hombres con la buena fe, que dominarlos con las armas; que un
político es más grande cuanto más a menudo se contradiga, que los
experimentos en política significan revoluciones, que coalición es el arte de
llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos. O que si
hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de
política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él. |