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Hacia una utopía
concreta Gloria
a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad
Producto de épocas en
crisis social, expresión de capas sociales desesperadas, ubicadas ya en el
espacio, ya en el tiempo de los deseos, en cuanto conciencia anticipadora de
la realidad; excluida hoy de las ciencias y de las letras; de la economía y
de la política; de la filosofía y de la teología; debatiéndose entre la
antigua pugna de la razón utópica versus la razón instrumental; la utopía,
fuerza de la transformación de la realidad, aparece como auténtica voluntad
innovadora que, estando en la base de toda renovación social, representa una
corrección o integración ideal de una situación político-social existente con
miras a un cambio en prospectiva positiva. Proyecto o ideal de un mundo justo
a partir de la crítica del orden presente,
la utopía representa un modo específico de conocer la realidad
a través de la proyección ideal de la misma, trascendiendo el presente
mediante un modelo ideal de futuro, constituyéndose en el sueño del verdadero
y justo orden de vida. Siempre la humanidad se
ha sentido impulsada por anhelos de progreso, mejoramiento y perfección,
alcanzando tan ilimitado punto sus aspiraciones, que se han confundido con lo
imposible, desconocido e insospechable. La utopía: lo que no está en
ninguna parte, lugar que no existe, que no hay, podría, de la mano de Tomás
Moro o de Ernst Bloch, recordarnos a los venezolanos de hoy el sueño de un
país cuajado y labrado dentro de la mejor prospectiva de nuestro proceso
histórico renovador, dentro de una humanización capaz de darle cauce a
un desarrollo sostenido a medida de hombre en cuanto proyecto factible de utopía concreta, donde teoría y
praxis se apuntalen, unifiquen o confundan a partir del principio de
esperanza (Ernst Bloch) puesto que vivimos rodeados de posibilidad, somos
seres-en-esperanza (J.J. Tamayo) con la suerte aún no echada, frente a las
infinitas fronteras de lo posible, oyendo, esperanzados, la melodía del
futuro. Como en la isla
desconocida de Moro, soñar en que todo puede ser común dentro de nosotros. En
que todos deberíamos trabajar. En que los ocios son enemigos del orden social
como lo son igualmente los ladrones y delincuentes. En que lo mío y lo tuyo
son los causantes de los crímenes, las injusticias, las desigualdades y
maldades que reinan entre los hombres. Soñar concretamente en que una de las
principales causas de la miseria pública la configura “el excesivo
número de nobles, zánganos, ociosos, que viven del trabajo y del sudor de los
demás”. Soñar en un Estado Futuro, en una Venezuela Posible a
través de un Proyecto Preciso, en espera de verlo realizado un día.
En medio de la miseria y el crimen, el
engaño, la lucha y el sufrimiento cotidiano, soñar y proponernos de veras, con nuestra imaginación creadora, un
mundo nuevo, un país nuevo, un hombre nuevo. Convencernos de que
nuestro más grande error fue el empeñarnos en entregar al Estado nuestro don
más caro: la libertad; de que a pesar de que la Libertad parezca utópica
ilusión, la utopía es la realidad, de la cual aquella nace; de que las
raíces de la utopía están en los propios hombres, provienen de lo más
profundo de su ser-en-esperanza; se originan en el alma humana, en la
estructura fundamental del hombre, de sus pueblos e ideales. Con muerte o sin muerte
de las utopías, la utopía —imagen movilizadora, horizonte
orientador de la praxis, instancia crítica de la realidad, visión dialéctica
abierta— eternamente regirá
el destino humano y, así, el destino de los pueblos, puesto que sin utopía
el presente carece de futuro o de sentido. Con imaginación, “con
qué facilidad sacaríamos de la nada un mundo”. Un mundo, un país, un
hombre, de verdad, de justicia, de amor y de paz. Siempre habrá de haber
tiempo para un orden nuevo. No en balde Giulio Girardi enfatiza que “la
paz no consiste en la tranquilidad del orden existente, sino de un orden
nuevo mediante la acción solidaria de los hombres... En este sentido, la paz
pasa a través de la revolución, La revolución integral tiende a realizar una
humanidad nueva... No es cuestión de
explorar la tierra nueva, sino de crearla... Es la hora de la creación, de la
esperanza y del riesgo... La hora de asumir personal y comunitariamente el
riesgo de la aventura humana y afrontar con fortaleza la eventualidad del
fracaso... Sólo una tierra distinta
hará menos increíble el cielo.” Sólo una patria
distinta hará menos increíble toda democracia o utopía. Sólo entonces la
esperanza, alzada desde el fondo de la caja de Pandora, podrá subir y
esparcirse por todos los cielos en la única paz que garantizan las
transformaciones profundas y las conquistas que nos faltan. |