| LOS ADOQUINES DESTEÑIDOS
Se agota la luz que guardaba en un armario. Mi alegría sabe a polvo mordido de esperanza, a zarpazos olvidados en un callejón de mi vieja ciudad, que miro con el color desteñido de la nostalgia. Se quiebra la noche entre espejos. Dejo mis huellas en un precipicio sin broches. En el filo de una navaja que le abre el pecho a la memoria. Qué frágil eres mariposa ya sin alas, prisionera alucinada de la sangre, luciérnaga ya sin espacio para dejar un sobre escrito de plegadas alas en el pergamino del mar. ¡Qué frágil eres! Hace tiempo se destiñeron los adoquines de mi infancia en los espejos del alba. |