Mi vida como arcángel

 

Mi vida como arcángel tiene muchas realidades. Una, espesa y gris como tu ausencia; otra, la alegre metáfora de tu esencia que, cuando presente, a mi cuerpo etéreo da sustancia.
¿Qué me importa si pierdo algún planeta o algunos años eternos de existencia?
Si en un breve momento, con el roce de tu alma y el goce de tu cuerpo, aprendo más que en esos largos siglos de divino limbo.

 

Yo también tengo cosas que darte y miles de misterios que contarte. Un regalo por otro yo te ofrezco, una ventana a lo divino, a lo que fui un día y aun recuerdo sin añoranza alguna.
Ya no tengo más poder que el de adorarte, y no puedo visitar a las estrellas como antes; pero de ellas... de ellas sé que tiemblan en concierto, protestando el castigo de reposo que le han dado, cuando allá todos los demás teníamos órbitas y nombre.

 

Una estrella me dijo que lloraba y quería que la llevase a una fiesta. Mas un dios no la dejaba y quedó titilando su tristeza. La creación estaba terminada y pecado sería el ponerla en movimiento.


Y todos pretendían… Mas no yo, y dije en mi osadía que prefiero ser mortal, sentir y amar.
Y entonces tú llamaste a mi puerta y te tomé de la mano. Yo sé que buscabas al amigo solamente. No es mi culpa que me enamoré y ahora quiero amarte para siempre.


Cambio pues el aburrimiento de los dioses por una vida efímera pero dulcemente humana.
Como espíritu puro, sin manos, sin palabras, nada deseaba. Porque hasta el resplandor de un dios llega a enfadar si es permanente; y la costumbre de verlo lo hace indiferente.
No, no sacrifico nada y gano un todo: Tu amorosa mirada y el tacto de tu alma.
Quedo contigo, pues, hecho materia pero alegre, y por fin entendiendo qué es la vida. Que sin ti es como el efluvio perdido de una estrella moribunda; y a tu lado, una perenne catarata de ricas emociones.

 

Ven conmigo, mi ninfa. Quiero que tú también conozcas mi universo.


-Arcángel-