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Las Arenas de Afrodita (5) La amenaza del sátiro I Un sátiro en la noche se asoma a tu ventana acechando traicionero para robarte el alma. Impotente en acciones, se limita a palabras hirientes y dañinas que acosan tu calma. No temas, mi señora, que la diosa de plata me dejó en el escudo el reflejo de su cara. En la fragua de Vulcano forjaré una espada y espantaré a ese sátiro de nariz aplastada. ¡Qué difícil es la noche! ¡Qué difícil esta playa cuando en el horizonte los barcos amenazan y las caracolas negras susurran una alarma! Ven conmigo, ven gentil reina, sé mi Helena. Ven conmigo, ven a mi reino, a mi morada. Que esos barcos llenos de fantasmas mutilados quedarán allí lejos en las aguas, y si avanzaran, contra sátiros vengativos y faunos amargados lucharía como un Héctor heroico por mi amada. Ven conmigo, mi sangre, mi señora y bella dama; mi reino y mi ciudad te ofrezco, y mis murallas. Cerraremos las puertas, el puente, las ventanas; no entrarán sátiros celosos, ni dioses, ni nada. Y así, los dos unidos, como lo desea Diana, volveremos a gozar de una divina calma. Ven… -Arcángel- II Traicionero, el sátiro estampa sobre mi piel el frío de la noche y con pérfidas risas rompe la armonía de la hora. Como augurio, de infierno, brillan cuernos en su testa... que ensartan mil furias de infames ideas. Yo temo del fauno, sus funestas quejas... que arañan con ira estos muros de arena. No quiero escucharlo mas él... ¡no da tregua! Y siembra en la noche muy negras tinieblas... augurio que temo, fantasmas que alienta. Yo corro a tu lado... ocultando mi pena, por no desvelarte si duermes y sueñas. Mas veo en tu mano la espada guerrera y sé que estás pronto a luchar, si se acercan los feroces faunos y sátiros que acechan. Miro, asustada, la profundidad de tu mirada y allí, en su reflejo, se mece una calma que me inunda. Me sumerjo en tus ojos, al adentro, en tu conciencia... y allí encuentro: la diferencia. Y voy… -Ninfa- |