LA DANZA DEL TORO
a Carlos Díaz Loyola Difícilmente olvidarte porque la sangre
no se olvida no se olvida el volcán o el cuchillo de
tu boca o la barba desgarrada en el muro de los
siglos o el eructo de la tierra con su llanto de
trinchera y su color de mosca y su veneno anónimo Difícilmente la orina del mar con sus
alas marchitas y el grito funerario del cielo y el ojo
del relámpago y la muerte de los muertos y la vida de
los muertos y el mantel del infinito a saltos sobre los pechos del destino que devora,
araña rompe las cavidades del pubis y su
recuerdo ardiente de cada memoria fría, de cada aullido en
llamas terrible como la cópula de las entrañas o el latido de un trueno enfermo terrible en su plumaje de holocausto en su piel de cataclismo en su cintura trizada por la sed y el
hambre en los labios del otro, en los huesos del
otro en el gran animal que somos mientras la panza gime y se retuerce de
lombrices y las arrugas crecen y los bigotes crecen y crece también la muerte como una
muchedumbre la muerte diaria que nos acompaña,
oscura, macabra deforme en su legado de grietas, en su
acento de oruga en el perfil de las hogueras y de los
hipos del universo Difícilmente olvidarte en la cascada de
los sueños en el gran litoral del miedo o en la
vendimia de mi alma en el vuelo rasante de las letras y de
las piedras humanas en la anatomía del fuego y en las momias
recientes Difícilmente olvidarte cuando caen los bostezos
y la luna tiene un
raro parecido al aire
que sofoca las arterias y aparecen los ciegos y aparecen los
ciegos y aparecen los ciegos cantando con tu voz
de bestia con tus uñas ancladas, con tu eco de tren
deshabitado y con tu noche de
alambre y de esqueleto sonámbulo
Porque difícilmente podremos olvidarte,
difícilmente aunque no traigas regalos, aunque te
canses del viento aunque se apaguen tus muelas,
difícilmente en el rugido de un viejo corazón o una camisa de
fuerza, difícilmente en el olor a pólvora de los sesos, en la
saliva ausente y en el verso degollado a la luz de los
infiernos |