Ay de la niña que quiso cortar una rosa blanca
cruzando el cerco prohibido.
Su corazón de amapola en chispas de azul morado
como un cristal se deshizo.

 

Quedo la niña pegada, sus alas de mariposa
contra el alambre plomizo.
Un soplo habría bastado, pequeña de rubios rizos
y cien rayos y centellas calcinaron su latido.

 

Su cabecita doblada sobre el pecho sin sonido,
perfuma para ella sola la rosa que tanto quiso.
Y en el jardín que protege el alambrado encendido,
hay un duelo de corolas y una protesta de trinos.
Con la manito extendida quedaron sus dedos fríos,
sus párpados transparentes como pétalos de lirio.

 

Una mañana de gloria, de sol y olor a junquillo,
puso mortaja a la niña blanca de rubios rizos.
En el cielo azul intenso, las claras nubes formaban
ramos de rosas y mirtos.

 

Desde la hamaca cayeron sus mañanas al vacío,
y con cortejo de alas, el sueño de la pequeña
penetró en el infinito.
Aquella noche la luna cortaba como un cuchillo.

 

En las venas de la niña sangre y cobre derretido,
y la visión de la rosa como dos lotos de armiño,
flotando está en el estanque de sus pupilas de vidrio.
Las luciérnagas se turnan para alumbrar el camino.

 

El viento gime una ronda, y sollozan las estrellas
una canción de rocío.
Ay, de la niña que quiso cortar una rosa blanca,
cruzando el cerco prohibido.