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Yo no tengo la culpa
de amar tenaz la
sombra de las cosas que fueron,
y sentir la impaciencia
del misterio que ronda,
y vibrar la certeza de
la luz que fulgura.
Yo no tengo la culpa
de quedarme conmigo
en la hora del
brindis, del laurel, de la espiga,
en refugio de
infancia, en retorno de escuela,
en regreso a la tierna
canción adormecida.
Yo no tengo la culpa
de sumarme a la noche,
de soltarme en los
techos en congoja de lluvia,
de morir de vergüenza
con aquél que se humilla,
de quemarme en la
fiebre mortal de los enfermos,
de dolerme en las
hojas pisoteadas de otoño,
de gemir en las ramas de
bramar con el viento.
Yo no tengo la culpa
de ser una partícula
del cuerpo de la
pena,
del coraje, del
sueño, del amor por la eterna
tristeza de los hombres.
Sólo tengo la culpa
de reunir en mis
versos el dolor que rezuman
esas cosas amargas
que remuerden y acusan,
de eso tengo la
culpa...!
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