INMOLADOS
Era
tarde ya, para la súplica, para la razón, para esgrimir el
llanto. Para
todo fue tarde; desde antes todavía fue tarde. Madre
nueva y su niño, hondo en la sombra, un
latido recién inaugurado, escondido
en su sangre, balbuceando
su nombre, y era tarde. Madre
apenas, y una madre total en el
suplicio, la
mataron mucho antes de matarla, mucho
después de muerta, la
mataron, la siguieron matando, y la
mataron. Y los
ojos dulcísimos del niño, que
no habían mirado todavía, y las
manos sin mano de su
niño, y la canción de cuna
ensangrentada. Los
más crueles, sanguinarios de
todas las edades, de
todas las historias, de
todas las prehistorias, de
todas las cavernas, congregaron
su fuerza bruta en ella; ultrajados inermes veinte años. La
vencieron, disfrutaron
del deleite del odio, mil
veces la vencieron, la sepultaron, la exhumaron,
le borraron los ojos, le
bebieron la sangre, le
arrancaron el nombre, la
inhumaron de nuevo, se
instalaron en el hambriento diente del
gusano. Ella,
todavía respira en el ocaso, cuando vuelven los pájaros al nido. Ella
y su niño, los inmolados nuestros, callan
y gritan a un tiempo, y nos
perdonan; nos
absuelven de todos los pecados de
impotencia que acaso cometimos, nos perdonan de veras y nos aman. En
una aurora, imprevistamente, sin
que nadie comprenda ni
imagine, en
una aurora de color durazno, reencenderán
el canto en nuestro pecho, y nacerán recién, y para
siempre. |