Un día, una madre…

 

(Diario Popular – 13/10/81)

 

    Antes la querían consigo, la tenían consigo; no la dejaban ir. Ni siquiera de paseo por un rato. La amaban como a su propia vida. Ella los llevaba a la escuela; les enseñaba a comportarse, los cuidaba, los corregía; les embellecía la existencia. Pensaron entonces, muchas veces, que sucedería si llegara a faltarles. Pero los años transcurrieron y ya no les es indispensable. Resignadamente la ven vivir. Ya no les sirve ni para ayudar a cuidar a sus propios hijos; ha comenzado a ser un estorbo.  No sabe que pensar, ni quiere pensar siquiera. Se da cuenta que ser madre no es una hazaña. Que no ha hecho meritos extraordinarios y que ni aquello mas sacrificado, rayano en heroísmo, es considerado, como tal, y que además, en la agenda de sus hijos, esos hechos ya se borraron hace mucho tiempo.

 

    No puede morirse cuando ella quiere; Dios no la deja, y  no sabe cómo explicarles que su longevidad no es culpa suya. Además no desea herirlos, permitiendo ver que se da cuenta de su impaciencia. Llega un momento en que espera lo peor, que no será precisamente la muerte. Advierte un movimiento extraño; una casi imperceptible cosa que le dice que en cualquier instante  se desharán de ella; la separarán  de sus nietos, de su sillón junto a la estufa, de su costumbre de sentarse a la ventana en las tardes de verano. Sabe, ha leído la sentencia en el rostro culpable de su hijo, en la irritabilidad de su nuera. Se da cuenta. De noche, comienza a revisar sus ropas, a doblarlas, y para que no ocupen tanto lugar – finge-, ha comenzado a colocarlas en una vieja valija. No dirá nada. Esperará simplemente. Cree no haber perdido la memoria como otras ancianas, ni decir disparates; cree no dar trabajo tampoco.; por el contrario, teje para los nietos y ayuda en cositas pequeñas. Las cositas pequeñas de las que todavía se cree capaz.

 

    Y no los juzga mal. Con todas las ancianas, piensa, sucede lo mismo. La vida moderna, las casas modernas, el espacio estrecho. Y una tarde le dicen que irá a pasar unos días a una quinta. Unos días nomás, le hará bien. Ni siquiera pregunta quien la acompañará, ni si quedará sola.; ya sabe, está segura. La dejarán y nunca más volverá a la casa.  Primero la visitarán todos los días, luego solamente los feriados y domingos, después solamente los feriados, y mas tarde, solo cuando le avisen que esta enferma. Y luego solo cuando le digan que esta grave. Finalmente para llevársela a su descanso definitivo.

 

    Y está empequeñecida y triste la ancianita  No les dirá que su valija esta hecha. A la nuera, le regalará el prendedor que heredó de su propia abuela, porque con el trajín puede perdérsele. A la nieta mayor, el collar de perlas que no son legitimas, pero que ella llevó toda su vida. Al hijo le dirá  que ella necesita poco, que de la pensión que cobre, solo le entregue lo que a él no le haga falta.

 

    No se despedirá de sus amigos, ni vecinos, porque le dará vergüenza. No dejará nada; sabe que no ha de volver.

 

Es la madre; la madre vieja; la “nona”, la bobe. Llorarán los nietos despidiéndola. Y ella llora, pero dulce, resignadamente. En esa quinta, será un trasto entre los otros trastos, ancianitos todos; todos solos.

 

    Sus hijos, las nueras, los yernos dirán cuando pregunten por ella: "esta muy bien, usted sabe, entre viejitos se entienden”. Su agobiado corazón, en tanto, estará esperando ya nada más que el momento de dejar de latir.-