PARA TU "SOLO CANTO DE HIERRO" Y TU PARTIDA

A Roberto Themis Speroni

 SOLO CANTO DE HIERRO

palpitante
nocturnal yunque al rojo y un martillo
todo dentro de sí mismo
y golpeando.

Una inerte materia, ya animada, con su barro
y ungida a un tiempo
en alas,
y un poeta de pie sobre la angustia
y triunfante en ternura y con su rostro
refugiado en las manos
de una lágrima.

La increíble proeza reiterada
de encender un sol propio, cuando el cielo,
denso en nubes, negaba a su pupila
ese nimio celeste a confirmarle
que fue todo verdad, lo de vigilia
de labrar y sembrar
y ver el fruto,
entre ocaso febril y madrugada.
Un Speroni de búsqueda y herido,
un apátrida entre hombres,
vagabundo
de universos desiertos tras sí mismo,
una selva Speroni inescrutable,
un intrépido y solo,
de improviso,
ya su huella en su huella, él
su abrazo, y también él
Speroni en regocijo de saberse consigo,
y él de nuevo, sin sí mismo y humilde,
arrodillado.
Ojos verdes, qué verde, verde cardo,
verde espina punzándole en el hueso,
verde fronda de paz inalcanzada,
verde estío y un verde ser en niño,
con estrofas a Paula y en aromas
recordadas de un patio, todo padre,
todo hogar, todo tiempo florecido
de caminos, preguntas,
y de pájaros.

Compartidas
horas diurnas de pan y vino espeso,
luego el trágico hachazo, un derribado
vegetal,
y un curtido dorso rudo
a manera robusta de pañuelo, y arrogante
de pronto y encrespado, y dispuesto
y expuesto, al fin
el manso,
detenido en la hormiga, en la corola,
y el guijarro, y la nada
entre sus manos.
SOLO CANTO DE HIERRO, tu criatura,
ya aprendió a caminar,
te está nombrando.
Te llevaron,
la torcaz aún dormida en el alero,
las espigas quedadas en el campo
vanamente maduras,
el misterio
de tus selvas insomnes, y el silencio,
el difícil, inhallable
silencio.
Qué pesado camino fue perderte,
cuántas leguas de bruma y cuantos lagos
de sollozo
formaron tu cortejo.
Porque fuiste a la tierra, compactada
tierra tuya de amor y de poesía,
con tu brazo gigante en torno al mundo,
y el corazón tatuado en golondrinas,
una dulce pupila, tu pupila,
te miró desde dentro de la hondura,
y te dijo que no;
que no partías.