REFORMATORIO
 
Te traían a enderezar tu tallo,
reformatorio para tus nueve años,
para tus nueve pentágonos de risas
remontando al espacio.
Para tus nueve saltos, y nueve trepadoras
carreras por los árboles, y nueve pelotazos.
 
Te traían por malo, por sin madre, por padre sin trabajo.
 
Desnuda tu raíz para el trasplante,
sufrías en tu tallo, en tu futuro tronco, y en tus hojas,
tu fracaso de árbol.
 
Desandando, revirtiendo, fuiste siendo
semilla, surco, tierra,
y la chispa misma que encendió tu vida.
Roja herida manando roja sangre,
y qué piedad por la entraña caliente de tu madre.
En tu nido de miedo, casi nada, casi nadie, casi desierto,
imploraba sin voz tu transparencia,
gota de agua solísima,
resbalando su ruego por la piedra.
 
Y te reconocías en ese niño triste
de aquel cuento distante que lloraste en la escuela.
Prellanto de tu llanto.
En tu ardorosa frente, un mechón apagado
como un ala de cuervo
tendía su presagio,
y tú mirabas desoladamente las baldosas del patio.
Te mordías los labios, retorcías la gorra,
y tu corazón,
al borde mismo de tu pie angustiado,
raspaba contra el suelo su latido cansado.
Diez claras mariposas hacían polvo sus alas
en tus crispadas manos.
Y desde la niñez cautiva más lejana,
desde el primer acero que prestó barrotes
para encerrar infancias,
por la pupila abierta
del dolor doliendo,
te mirabas.
En la tibia cisterna de tus ojos, un niño hecho a carbón,
desdibujaba.
Allá afuera, a lo alto, donde el hombre no alcanza,
en un cielo de fiesta, derrochaban los pájaros
su libertad libérrima.
Ya mañana no habría en tu pupila
visión que no tuviera la cicatriz de rejas.
Luego al ritual,
lleno de pánico, tambaleante al borde de la pira,
como el cordero,
que presiente en el aire el olor de su sangre,
sucumbías.
 
Y firmas... firmas.... firmas...
Una jaula de trazos para tus nueve años.
Pobres tus ojos niños; pobres tus niñas manos.
Y oculto en el regazo que no tuviste nunca,
abrazándote en tu angustia gigante
a la esperanza última,
oh, promesa de sangre, tú serías más bueno,
jugarías apenas, harías los mandados,
y tu padre, de veras, trabajaría de nuevo.
 
Y te quedaste, con tu pobre plegaria entre los dedos.
Un muñeco cansado, tu corazón tenía tanto sueño...!
Y qué dolor tus amputadas alas.
 
Por el camino, acongojando el suelo,
tus pasos se caían,
como lágrimas.