SUICIDIO



Hacía frío allí. Menuda corriente desde el octavo. Miré para abajo, unos gatos maullaban hambrientos acostumbrados a las sobras de las marujas del primero. Las cosas no habían ido bien últimamente. Carmencita . ay Carmencita. Carmencita ya no quería rosas por su cumpleaños, ahora, decía, prefería las joyas. Mira que era tonta ella, joyas, no te jode, como que la diferencia de precio entre una cosa y la otra solo radica en unas cuantas docenas de ceros.  La fábrica la habían cerrado, por orden judicial, ante una demanda por intoxicación. El aceite no guardaba todos los requisitos, y al parecer ya había varios casos semejantes de gente con problemas gravísimos intestinales. Eso había sido el Eusebio, con esa manía suya de apagar los cigarrillos en las grandes cubas. "Total, una colilla, ¿quién lo notará?". Pero es que se había convertido en costumbre, y todos apagábamos allí los cigarros. La policía había investigado el tema, se entrevistaron con todos y cada uno de nosotros, pero cerramos el pico. Y temblábamos, como las gallinas, arrinconados en una esquina. Al final, lo temido: a la puta calle. Apareció en el pueblo un galán de cine, o al menos parecía. Engominado hasta las cejas y con un diente de oro. Eso a Carmencita la encandiló. Por un diente de oro, me dejaba por un diente de oro.

Quitaos, gatos, quitaos que aún os voy a aplastar: misi, misi. Me colgaban los pies de la ventana. Veía a mucha distancia la gente pequeñita, haciendo aspavientos con brazos y cara. Seguía haciendo frío, me cerré la chaqueta de pana, rotas ya las coderas, y deshilachada, pero aún era mía. Carmencita ya no. Los bomberos llegaron, con sus carros rojos de combate. Y me gritaban que no me asustase. Asustados estaban los gatos, ya no quedaba ni uno: misi, misi. Carmencita tardó un poco en llegar, se bajó de un coche negro, con un flamante vestido rojo, escotado, y pintada como una cualquiera. Probablemente estaría codeándose con la jet set y yo la había interrumpido.Bueno, sólo quería que supiera que aquello iba por ella, como los toreros. Me puse en  pie en el alféizar. Santa María Purísima. que llena eres de gracia. perdona mis pecados y. Un petardo con un megáfono disparaba consejos  a una velocidad increíble. Coño, deja que termine mi oración. y líbranos del mal. "¡No lo haga!.. Carmencita está dispuesta a volver con usted!" Mire para ella, me sonreía como si tuviera dos pinzas de colgar la ropa sujetándole los labios a las orejas.

Rosmaba algo. Hablaba igual de bajo que siempre, me sacaba de quicio: no la podía oír. Y líbranos del mal, amen.  Solté mis manos y caí al vacío. En esos segundos  se me pasó todo por delante. Mi vida. Las lentejas de mamá. Las palizas del colegio. Los calcetines sin puntera, y un dedo gordo saliéndose. Sanxenxo. Cerveza en la pausa de la fábrica; cerveza-erupto-risas. Ramona con los cupones. El 67450 premiado. Ramona con chofer. La Luna. Ser astronauta. No ser astronauta. Pero los segundos eran pocos (dicen que la velocidad de la gravedad es de 9.78 m/s, y ya le llega) y Carmencita no aparecía por mi mente: el suelo llegó antes contra ella.