Lectora por horas



"Se ofrece lectora por horas, interesados llamar al tlf. 567 44 32", así se leía mi anuncio entre un mar de cortadoras de césped de segunda mano, griegos con vírgenes y pisos con maravillosas vistas al mar. Cerré el periódico con fuerza y lo reposé sobre la barra del bar. Se había quedado pegado a una masa viscosa, probablemente café de días atrasados.

Hacía un sol frío; salí a la calle, aún era invierno, me azotó una ráfaga de viento cargada con polvo seco. Levanté el cuello de mi abrigo de franela gris y me dirigí calle abajo.  Desde el cierre de la fábrica andábamos todas desorientadas, sin saber qué hacer con nuestras vidas.  Algunas paseaban horas y horas por el parque, sin hablar con nadie, sólo meditando, ensimismadas en sus propias cosas.  Estando todas en los primeros cursos de la escuela, un hombre de negocios había conseguido embaucar a casi todas las madres para contratarnos como mano de obra.

Nuestros deditos, ágiles y aún diminutos eran el arma perfecta para enhebrar una aguja. Nos pagaban poco, y a pesar de que casi todo eran ingresos para la familia siempre caía algo para nosotras, con que comprarnos chucherías, o algo de ropa. Así nos tenían contentas a las niñas y a sus madres. A lo largo de los años la fábrica se fue especializando, en ropa de la buena, cara, artesana, muy bien pagada, por lo que muchas dejaron la escuela sin pensarlo. Yo seguí yendo a clase, mi padre me obligó a terminar el colegio, " y luego. luego, niña, ya veremos", decía esto rascándose la cabeza. Y fue gracias a él que no tuve el mismo desolador futuro que mis compañeras, prácticamente analfabetas. Incluso nos habían hecho cambiarnos a la sección masculina porque habían decidido que no merecía la pena hacer venir a la maestra por tres que quedábamos.
 

La quiebra de la fábrica supuso un duro golpe para todas. Ninguna había hecho nada distinto en su vida, y de repente no teníamos sobre qué sostenernos. Algunas, ya desesperadas se marcharon, con el petate y la familia, a la capital. Yo preferí quedarme. La primera semana no llamó nadie.  Yo veía que otras habían conseguido trabajo de camareras, o dependientas, aunque en condiciones casi infrahumanas, a causa de la falta total y absoluta de experiencia.  La segunda semana tampoco llamó nadie. Por el parque seguían estando las mismas, siempre paseo arriba, paseo abajo. Yo las miraba desde mi ventana, diciéndome que no quería acabar así.

La tercera semana lo mismo. A Juana, de la sección de bastillas, la ingresaron en el Juan Carlos II, aquejada de desorden mental. Contaban que había empezado a caminar por la cornisa de su casa, gritando a viva voz que se iba matar.

A la cuarta llamó un hombre.

-         ¿Si? Hola, buenos días.

-         ¿Quién es?

-         Mi nombre es Don Miguel.

-         Don Miguel Estévariz de Castro, vivía en la calle Ancha, en el 65. A las tres le venía bien. Fui a las tres. Don Miguel Estévariz de Castro Enjuto de rostro y escaso de pelo; me abrió el enorme portalón de hierro sin descorrer la cadena, después de un minucioso análisis, decidió que era de fiar:

-         Pase.
Se trataba de un hombre arrugado, con dos ojos azul-grisáceos que empezaban a achacar unas cataratas galopantes, al hablarme no se dirigía a mí, sino que se le perdía la mirada en el infinito. La casa olía a cerrado; como las típicas casas viejas que no ventilan jamás. Era obscura, empapelada con motivos griegos y atiborrada de mil detalles de antiguos vestigios de vida. La luz se filtraba a través  de unas persianas, en hilos dorados, que semiluminaban a rayones montañas de libros empolvados.

 

-         Pasamos al salón, donde un retrato de una dama presidía la estancia. Adiviné que sería su mujer. Con un gesto más bien escueto me invitó a sentarme en un rígida silla de madera, mientras él se acomodaba en un mullido sillón.

-         Coja, señorita, un libro.

-         Claro, ¿Cuál desea?

-         Elija usted, haga el favor.

-         ¿Yo?

-         Por favor.

-         Me levanté y observé que entorno a mí había miles de millones de libros. Me aproximé a una montaña y empecé a limpiar las tapas para leer los títulos. Había de todo.
- ¿Qué le gusta. la ficción, lo romántico, la novela histórica?

-         Lo que a usted le guste.

-         Pero, tendrá alguna preferencia, ¿No?

-         Yo prefiero lo que usted prefiera.

-         De acuerdo. dejé Madame Butterfly  y cogí de mi bolso el folletín de la telenovela de aquella semana.
-¿ "Jazmines marchitos"?- lo erguí y se lo mostré.

-         Don Miguel alzó las cejas, extrañado, y asintió bajando la cabeza.
Carraspeé. "Rosa Lucía  poseía  una extensa melena ondulada, negra y pulcra, que peinaba con su cepillo de nácar, regalo de su anciana abuelita, que descansaba enferma en la habitación contigua. A falta de dinero se había visto en la obligación de vender este preciado tesoro, su cabello de azabache,  para obtener unas monedas con que comprar las medicinas. Luis Miguel ya no la quería, y eso a ella le afectaba profundamente, como si una espina estuviera clavada en su corazón."- me detuve.

-         ¿Qué sucede?, continúe, por favor.

-         Sí, claro, perdone. ¿Por donde iba? Ah, sí. "Luis José era un atractivo hombre hijo de una rica familia del Norte. Su romance había durado lo suficiente como para que Rosa Lucía se quedara en estado de buena esperanza, y justamente ahora él la abandonaba. "

-         Me paré de nuevo, y eché un vistazo a mi alrededor: grandes escritores me estaban observando, con sus magníficas obras, mientras yo leía aquella bazofia. Casi me sentí avergonzada.

-          ¿No prefiere que le lea otra cosa?

-         - Ya le he dicho que quiero que me lea lo que ustedlee normalmente.

-         - Pero. con tanta literatura buena que tiene a su alrededor, no sé.

-         Le pago para que me lea, no para que me juzgue.

-         Me callé y seguí relatando la historia de Rosa Lucía y su ex - amante, Luis José. Habíamos convenido que sería una sesión de una hora, así que a las cuatro en punto le informé del acuerdo. 

Nada de eso, señorita, usted se queda hasta relatarme el final de Jazmines Marchitos, aunque sea le pago un extra, supongo que no estará usted tan ocupada como para no poder quedarse otro rato, ¿cierto? A decir verdad no tenía nada qué hacer, no solo en las próximas horas, sino en los próximos años. Terminé el folletín, tras tres largas horas de devaneos amorosos, y ya con la lengua seca, pude leer la palabra FIN.

-         ¿Ya está?. ¿Entonces la señorita Rosa Lucía aborta y ya está?


- Pues. - me desconcertaba, no daba crédito. ¿Cómo un  hombre tan docto en letras ( o al menos eso parecía por aquella biblioteca que tenía a modo de casa), se podía interesar en una historia de amor tan vacía?

-         Sí, ella aborta porque Luis José se lo paga para que su imagen no quede ensuciada en la alta sociedad.

-         Tremenda estupidez. Ella es una mujer cargada de pasión, no entiendo porque la deja. Ese hombre no vale lo que un hombre ha de valer. Usted, señorita, ¿Qué haría si un hombre le obligase a matar al hijo que lleva dentro?

-         Yo. bueno, no sé, supongo que no le dejaría.

Lo que digo yo. Si es que hoy en día se han perdido todos los valores que se tenían antaño. hora nada vale nada. Ni siquiera una vida humana.  Me quedé en silencio, mientras se me nublaban las letras del folletín, el sol se empezaba a acostar y la estancia se quedaba sin luz. Me miró, o eso intentó hacer, y me dijo que estaba bien por hoy.

-         Puede usted marcharse, y vuelva la semana que viene, la misma hora, el mismo día.

-          ¿Quiere que traiga poesía para leerle?.. ¿O tal vez teatro?

-         - Nada de eso, Jazmines Marchitos es una publicación semanal, ¿verdad? Pues la semana que viene usted me trae la siguiente parte.  Arreglamos cuentas, y yo me marché a casa, aún pensando en Don Miguel. La semana pasó lentamente, hasta que por fin llegó el miércoles de nuevo. Y yo con mi folletín. Así semana tras semana, y después de cada lectura Don Miguel discutía conmigo acerca de la cobardía de un supuesto galán llamado Luis José, y de lo profundidad de alma que poseía  Rosa Lucía. Acabé acostumbrándome a aquellas charlas, hasta que un miércoles nadie contestó cuando, a las tres, llamé a la puerta.Insistí un par de veces, hasta que una vecina, en bata y zapatillas salió a informarme.

-         Se lo han llevao hoy por la mañana, ¿sabe? Tenía el corazón mu débil desde lo del aborto de su hija, el año pasao, creo que ella se llamaba Lucía, murió con el bebé. Era su única familia y ya sabe como son esas cosas de duras.

 
Di las gracias y me marché