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Lectora por horas
Hacía un sol frío; salí a la calle, aún
era invierno, me azotó una ráfaga de viento cargada con polvo seco. Levanté
el cuello de mi abrigo de franela gris y me dirigí calle abajo. Desde el cierre de la fábrica
andábamos todas desorientadas, sin saber qué hacer con nuestras vidas. Algunas
paseaban horas y horas por el parque, sin hablar con nadie, sólo meditando,
ensimismadas en sus propias cosas. Estando todas en los primeros cursos
de la escuela, un hombre de negocios había conseguido embaucar a casi todas
las madres para contratarnos como mano de obra. Nuestros deditos, ágiles y aún diminutos
eran el arma perfecta para enhebrar una aguja. Nos pagaban poco, y a pesar de
que casi todo eran ingresos para la familia siempre caía algo para nosotras,
con que comprarnos chucherías, o algo de ropa. Así nos tenían contentas a las
niñas y a sus madres. A lo largo de los años la fábrica se fue
especializando, en ropa de la buena, cara, artesana, muy bien pagada, por lo
que muchas dejaron la escuela sin pensarlo. Yo seguí yendo a clase, mi padre
me obligó a terminar el colegio, " y luego. luego, niña, ya
veremos", decía esto rascándose la cabeza. Y fue gracias a él que no
tuve el mismo desolador futuro que mis compañeras, prácticamente analfabetas.
Incluso nos habían hecho cambiarnos a la sección masculina porque habían
decidido que no merecía la pena hacer venir a la maestra por tres que
quedábamos. La quiebra de la fábrica supuso un duro
golpe para todas. Ninguna había hecho nada distinto en su vida, y de repente
no teníamos sobre qué sostenernos. Algunas, ya desesperadas se marcharon, con
el petate y la familia, a la capital. Yo preferí quedarme. La primera semana
no llamó nadie. Yo veía que otras habían conseguido trabajo de
camareras, o dependientas, aunque en condiciones casi infrahumanas, a causa
de la falta total y absoluta de experiencia. La segunda semana tampoco llamó nadie. Por el parque
seguían estando las mismas, siempre paseo arriba, paseo abajo. Yo las miraba
desde mi ventana, diciéndome que no quería acabar así. La tercera semana lo mismo. A Juana, de
la sección de bastillas, la ingresaron en el Juan Carlos II, aquejada de
desorden mental. Contaban que había empezado a caminar por la cornisa de su
casa, gritando a viva voz que se iba matar. A la cuarta llamó un hombre. -
¿Si? Hola, buenos días. -
¿Quién es? -
Mi nombre es Don Miguel. -
Don Miguel Estévariz de Castro, vivía en
la calle Ancha, en el 65. A las tres le venía bien. Fui a las tres. Don
Miguel Estévariz de Castro Enjuto de rostro y escaso de pelo; me abrió el
enorme portalón de hierro sin descorrer la cadena, después de un minucioso
análisis, decidió que era de fiar: -
Pase. -
Pasamos al salón, donde un retrato de
una dama presidía la estancia. Adiviné que sería su mujer. Con un gesto más
bien escueto me invitó a sentarme en un rígida silla de madera, mientras él se
acomodaba en un mullido sillón. -
Coja, señorita, un libro. -
Claro, ¿Cuál desea? -
Elija usted, haga el favor. -
¿Yo? -
Por favor. -
Me levanté y observé que entorno a mí
había miles de millones de libros. Me aproximé a una montaña y empecé a
limpiar las tapas para leer los títulos. Había de todo. -
Lo que a usted le guste. -
Pero, tendrá alguna preferencia, ¿No? -
Yo prefiero lo que usted prefiera. -
De acuerdo. dejé Madame Butterfly
y cogí de mi bolso el folletín de la telenovela de aquella semana. -
Don Miguel alzó las cejas, extrañado, y
asintió bajando la cabeza. -
¿Qué sucede?, continúe, por favor. -
Sí, claro, perdone. ¿Por donde iba? Ah,
sí. "Luis José era un atractivo hombre hijo de una rica familia del
Norte. Su romance había durado lo suficiente como para que Rosa Lucía se
quedara en estado de buena esperanza, y justamente ahora él la abandonaba.
" -
Me paré de nuevo, y eché un vistazo a mi
alrededor: grandes escritores me estaban observando, con sus magníficas
obras, mientras yo leía aquella bazofia. Casi me sentí avergonzada. -
¿No prefiere que le lea otra cosa? -
- Ya le he dicho que quiero que me lea
lo que ustedlee normalmente. -
- Pero. con tanta literatura buena que
tiene a su alrededor, no sé. -
Le pago para que me lea, no para que me
juzgue. -
Me callé y seguí relatando la historia
de Rosa Lucía y su ex - amante, Luis José. Habíamos convenido que sería una
sesión de una hora, así que a las cuatro en punto le informé del
acuerdo. Nada de eso,
señorita, usted se queda hasta relatarme el final de Jazmines Marchitos,
aunque sea le pago un extra, supongo que no estará usted tan ocupada como
para no poder quedarse otro rato, ¿cierto? A decir verdad no tenía nada qué
hacer, no solo en las próximas horas, sino en los próximos años. Terminé el
folletín, tras tres largas horas de devaneos amorosos, y ya con la lengua
seca, pude leer la palabra FIN. -
¿Ya está?. ¿Entonces la señorita Rosa
Lucía aborta y ya está?
-
Sí, ella aborta porque Luis José se lo
paga para que su imagen no quede ensuciada en la alta sociedad. -
Tremenda estupidez. Ella es una mujer
cargada de pasión, no entiendo porque la deja. Ese hombre no vale lo que un
hombre ha de valer. Usted, señorita, ¿Qué haría si un hombre le obligase a
matar al hijo que lleva dentro? -
Yo. bueno, no sé, supongo que no le
dejaría. Lo que digo yo. Si es
que hoy en día se han perdido todos los valores que se tenían antaño. hora
nada vale nada. Ni siquiera una vida humana. Me quedé en silencio, mientras se me nublaban las letras
del folletín, el sol se empezaba a acostar y la estancia se quedaba sin luz.
Me miró, o eso intentó hacer, y me dijo que estaba bien por hoy. -
Puede usted marcharse, y vuelva la
semana que viene, la misma hora, el mismo día. -
¿Quiere que traiga poesía para leerle?.. ¿O tal vez teatro? -
- Nada de eso, Jazmines Marchitos es una
publicación semanal, ¿verdad? Pues la semana que viene usted me trae la
siguiente parte. Arreglamos
cuentas, y yo me marché a casa, aún pensando en Don Miguel. La semana pasó
lentamente, hasta que por fin llegó el miércoles de nuevo. Y yo con mi
folletín. Así semana tras semana, y después de cada lectura Don Miguel
discutía conmigo acerca de la cobardía de un supuesto galán llamado Luis
José, y de lo profundidad de alma que poseía Rosa Lucía. Acabé
acostumbrándome a aquellas charlas, hasta que un miércoles nadie contestó
cuando, a las tres, llamé a la puerta.Insistí un par de veces, hasta que una
vecina, en bata y zapatillas salió a informarme. -
Se lo han llevao hoy por la mañana,
¿sabe? Tenía el corazón mu débil desde lo del aborto de su hija, el año
pasao, creo que ella se llamaba Lucía, murió con el bebé. Era su única
familia y ya sabe como son esas cosas de duras. |