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Niñez Nosotros, los de provincias, con
nuestros pantalones roídos por la rodilla, y descalzos los mirábamos a ellos,
ya hartos de ese buche de agua salada que nos rodeaba. Los primeros días de
sus vacaciones, sus casas eran como salas de exposición, donde no cejaba de
entrar y salir gente y más gente. Las piscinas eran de agua caliente, y
algunas hasta tenían un dispositivo para Sus casas estaban en primera línea y
gozaban de las mejores vistas, mientras que las nuestras se veían escondidas
en el pueblo, tras su sombra. Mansiones de piedra y cal, con ventanales de
madera y cortinas claras. Alguna vez había entrado en alguno de esos
palacetes, pero hasta poco más allá de la cocina. Lo mejor de su llegada era
que colocaban en la playa un trampolín, esto era, una plataforma de madera,
en el agua, a unos cuantos metros de la orilla desde la cual se erguía
majestuoso un tablón para saltar al agua y lucirse un poco ante los
veraneantes. Ellos sólo bajaban a la playa por la mañana, mientras nosotros
trabajábamos: Algunas veces de recaderos, otras arreglando los motores sedientos
de sus coches, quien más ayudando en el negocio familiar, y quién menos
haciendo sus chapucillas. Pero por la tarde, cuando era su hora del té
inglés, nos tocaba a nosotros el turno de bañarnos. Toda la playa para
nosotros, y por supuesto también el trampolín. Recuerdo que alguna vez, con
linternas y candelabros incluso cenamos sobre él, dejando atado a la
escalerilla el bote remendado de alguno de la pandilla. Empapados y tiritando
pasábamos horas en el agua, chapoteando, haciéndonos aguadillas, mientras los
niños bien, vestidos con duros cuellos blancos nos miraban desde las ventanas
de cristal de sus casas. Nunca adiviné que aquello eran miradas de envidia. |