Niñez

Había arribado el verano a Canido, y con él toda esa masa ingente de turistas venidos de las grandes ciudades no dotadas de mar. Los más modernos optaban por dirigirse en época de vacaciones a la costa levantina, a oler el Mediterráneo, pero las familias tradicionales y algún despistado se escapaban hasta el Atlántico. Los veíamos llegar en sus largas hileras de coches caros americanos, luciendo equipaje y unas ropas a la última. En los primeros autos iban los hombres fumando gruesos cigarros  con sus  impolutas mujeres, y los solteros conducían las proles y a la servidumbre, ataviada hasta en la hora del descanso con esos uniformes negros y una cofia de encaje blanco. Nos colocábamos a ambos lados de la carretera, y boquiabiertos los veíamos relucientes, ansiosos por demostrarnos que este año se habían comprado lo mejor en electrodomésticos y lo más in en la música. Los niños-bien se agolpaban, eso sí, siempre con la compostura de los señoriítos, contra los cristales de las ventanillas, pegando la nariz, y rodeados de una nube de bao, miraban el mar azul.

Nosotros, los de provincias, con nuestros pantalones roídos por la rodilla, y descalzos los mirábamos a ellos, ya hartos de ese buche de agua salada que nos rodeaba. Los primeros días de sus vacaciones, sus casas eran como salas de exposición, donde no cejaba de entrar y salir gente y más gente. Las piscinas eran de agua caliente, y algunas hasta tenían un dispositivo para
masaje... ¡para masaje!... ¿a quién se le ocurriría?.

Sus casas estaban en primera línea y gozaban de las mejores vistas, mientras que las nuestras se veían escondidas en el pueblo, tras su sombra. Mansiones de piedra y cal, con ventanales de madera y cortinas claras. Alguna vez había entrado en alguno de esos palacetes, pero hasta poco más allá de la cocina. Lo mejor de su llegada era que colocaban en la playa un trampolín, esto era, una plataforma de madera, en el agua, a unos cuantos metros de la orilla desde la cual se erguía majestuoso un tablón para saltar al agua y lucirse un poco ante los veraneantes. Ellos sólo bajaban a la playa por la mañana, mientras nosotros trabajábamos: Algunas veces de recaderos, otras arreglando los motores sedientos de sus coches, quien más ayudando en el negocio familiar, y quién menos haciendo sus chapucillas. Pero por la tarde, cuando era su hora del té inglés, nos tocaba a nosotros el turno de bañarnos. Toda la playa para nosotros, y por supuesto también el trampolín. Recuerdo que alguna vez, con linternas y candelabros incluso cenamos sobre él, dejando atado a la escalerilla el bote remendado de alguno de la pandilla. Empapados y tiritando pasábamos horas en el agua, chapoteando, haciéndonos aguadillas, mientras los niños bien, vestidos con duros cuellos blancos nos miraban desde las ventanas de cristal de sus casas. Nunca adiviné que aquello eran miradas de envidia.