Y...
Y
me vino con amenazas,
grandes, peludas y gordas
y si venía, además,
con cuatro de ellas
de las más tordas.
De bajo mi saya de cuadros,
dos esqueléticas piernas
vibraban sin frenado,
en un cacareo incesante,
en un estremecer de veras.
Y me marcó la cara
con cinco sudorosos dedos,
me la marcó con ganas,
en dejando una herida tierna
para olvidar mis frustrantes miedos.
De entre mis pelados labios
no salían más que medias palabras
de impertinente odio,
que suplicaban otra buena bofetada.
Y me insultó
con sus palabras de filo oxidado,
rebanando mi inocencia
de pequeña niña buena.
Y me pegó una patada
entre costilleta y costilleta,
dejando a mi rivera,
la suave manada
de pueriles ideales
que colgados llevaba.
Y me golpeó contra la pared
dándome en mi punto flaco,
para dejarme verle
desde un poco más abajo,
en rozando su puntera.
Y descuajó algunos de mis pelos,
según decía,
los quería,
para llevarlos a modo de recuerdo.
Y trató de arrancarme
en sometida prisa
mi última y preferida posesión,
pero por mucho que frotaba,
maltrecho se indignaba,
sin borrarme la sonrisa.